Bush pierde la paciencia

Patricio Navia

Revista Época, #942, marzo 7, 2003

 

Anticipando la poca disponibilidad que espera encontrar en el Consejo de Seguridad de la ONU después que el jefe de los inspectores de la ONU Hans Blix entregue su nuevo informe el viernes 7 de marzo, Washington parece haber perdido la paciencia para lograr obtener la legitimidad de la ONU en su aventura bélica contra la dictadura de Sadam Hussein. Independientemente de lo que diga Blix, la Casa Blanca cree que será muy difícil lograr el apoyo de al menos 9 de los 15 miembros del Consejo de Seguridad. Por eso, aunque la diplomacia estadounidense realizará un último esfuerzo para lograr obtener el apoyo de la ONU, los preparativos ya están en marcha para iniciar la guerra independientemente de lo que decida el Consejo de Seguridad.

 

En parte la decisión de actuar es debido a que el tiempo no está a favor de Bush. Mientras más pasa el tiempo, más complicado parece el panorama internacional para el presidente estadounidense. Después que la Casa Blanca dedicara un importante discurso del presidente Bush para delinear sus planes post-derrocamiento de Hussein, las críticas contra la visión intervencionista de Washington no se hicieron esperar. Después del discurso de Bush, los medios de comunicación resaltaron el contraste entre el presidente que hablaba del proceso de reconstruir un país y el otrora candidato George W. Bush que se oponía firmemente a la idea de utilizar las fuerzas armadas estadounidenses para ayudar a construir una institucionalidad democrática. No pocos expertos cuestionaron la viabilidad del plan de reconstrucción de Irak delineado por el presidente estadounidense. Además de advertir que los costos monetarios probablemente sean sustancialmente más altos a lo reconocido oficialmente por la administración Bush, varios expertos criticaron duramente la viabilidad política del plan y advirtieron contra la posibilidad de una 'balcanización' de Irak. Peor aún, pese a los esfuerzos de Washington por sentar a la mesa de negociación a los principales líderes del exilio iraquí, la Casa Blanca no logró comunicar exitosa y creíblemente su plan de reconstrucción democrática para Irak después de terminada la guerra.

 

La frustración de Bush con el rechazo internacional a la aventura bélica en Irak se acrecentó después que el parlamento turco efectivamente bloqueara el ingreso de nuevas tropas estadounidenses a su territorio. Pese a las promesas de asistencia económica y apoyo político realizadas por Washington, el gobierno turco no logró alinear suficientes parlamentarios para ratificar la autorización de ingreso de las tropas estadounidenses. Aunque la Casa Blanca mientras existieran posibilidades de que se revirtiera la medida, el descontento en Washington era evidente. Aquellos que desde un comienzo argumentaron contra la estrategia de buscar la legitimidad de la ONU han contraatacado y su tesis de acción unilateral o en coalición con otras naciones decididas a ir a la guerra ha vuelto a cobrar fuerza.

 

La administración Bush incluso estaría dispuesta a renunciar a la posibilidad de que se vote la nueva resolución presentada por Estados Unidos, Gran Bretaña y España. Si Washington no logra amarrar los elusivos votos que faltan para alcanzar la mágica mayoría de 9 miembros del Consejo de Seguridad, el presidente Bush estaría dispuesto a asumir el riesgo político y unilateralmente iniciar la guerra. Ante la posibilidad de que aún si se logran los 9 votos, Francia de todos modos vete la nueva resolución, Washington parece haber adoptado una nueva postura frente a la ONU. Si la ONU no se pliega a la iniciativa bélica, Washington iniciará la guerra de todos modos y la Casa Blanca considerará que la ONU se ha convertido a sí misma en una organización irrelevante.

 

No obstante, el líder británico Tony Blair sigue muy interesado en lograr que el Consejo de Seguridad apruebe esta nueva resolución. Así pues, mientras el presidente estadounidense se dedica de lleno a preparar a su país para la inminente guerra y deja la diplomacia para concentrarse en los planes bélicos, el líder británico continuará bregando con la ONU para lograr darle la legitimidad internacional a este conflicto del que ahora también depende buena parte del capital político del premier británico. Washington, todavía dolido por la negativa turca de servir como base de operaciones para un ataque a Irak desde el norte, ha decidido señalar su determinación bélica al ordenar el despliegue de nuevas tropas y portaviones en el golfo pérsico. La señal es clara, Bush está decidido a destronar a Sadam Hussein. Para eso no precisa ni de la autorización de la ONU ni de la colaboración de Turquía.  Es más, incluso muchos dudan que una iniciativa del Vaticano sea suficiente para hacer cambiar de opinión al determinado presidente estadounidense.