El Triunfo de Bush

Patricio Navia

Época #932, diciembre 27, 2002

 

Si el 2001 entrará a la historia como el año de los atentados terroristas de Al Qaeda contra Estados Unidos, el 2002 necesariamente será recordado como el primer año en que Estados Unidos asumió activamente su rol de potencia imperial. Después de una década en busca de su nueva identidad, Estados Unidos, de la mano de un presidente que poco sabía de relaciones internacional antes de asumir el poder, ha adoptado una postura mucho más pro-activa motivado por su objetivo de combatir al terrorismo. Además de un cambio en su política internacional a favor de ataques preventivos que eliminen posibles amenazas antes de que éstas se materialicen, Estados Unidos presionó a la ONU para que ésta no se opusiera a su intención de derrocar al régimen del dictador iraquí Sadam Husein.

 

Con una Casa Blanca mucho más interesada en su cruzada internacional contra el terrorismo, Estados Unidos ha redefinido su relación con sus aliados históricos de la guerra fría y ha sentado las bases de nuevas alianzas con algunos de sus antiguos enemigos. Todo en aras de proteger al mundo de la amenaza terrorista, el nuevo orden mundial vaticinado por George H. Bush en 1990 se asemeja mucho a una visión de un Estados Unidos al control del timón mundial con organismos internacionales y multilaterales como la ONU y la misma OTAN ocupando un papel secundario y más bien ratificador de las iniciativas bélicas y de paz estadounidenses.

 

Pero los estadounidenses están más preocupados de la seguridad doméstica que de la seguridad global. Por eso, pese a su oposición inicial, el presidente Bush se apropió de la idea de la creación del Ministerio de Seguridad Doméstica, encargado de coordinar y unificar las tareas de una serie de servicios y agencias encargadas de velar por la seguridad del territorio y las fronteras estadounidenses.

 

Aunque los demócratas intentaron igualar el temor a la inseguridad económica con el miedo a nuevos ataques terroristas, las elecciones parlamentarias de mitad de periodo demostraron que el mensaje de seguridad del presidente Bush resonaba mejor con el electorado estadounidense. Los republicanos retomaron el control del Senado y ampliaron su ventaja en la Cámara de Representantes, avergonzando a una desorientado partido demócrata que aún no se recupera de la sorpresiva derrota de las presidenciales del 2000.

 

Pero el presidente no se ha quedado dormido en sus laureles. Apenas un mes después de las elecciones, decidió rearmar su equipo económico, nombrando a un nuevo Secretario del Tesoro y a un nuevo asesor económico de la Casa Blanca. El desempleo que se mantiene en un 6%, dos puntos más que cuando Bush llegó al poder, la deprimida bolsa de valores y las tibias expectativas de recuperación económica son las principales amenazas a la popularidad presidencial.

 

Al cambiar a su equipo, el presidente acertadamente se esmera en corregir su mayor debilidad. Pero muchos analistas creen que el nuevo equipo se parece demasiado al anterior. Más que dedicados a diseñar un plan que reactive la economía, el nuevo secretario del tesoro parece más interesado en profundizar la estrategia de rebaja de impuestos y aumento del déficit fiscal como remedios para sanear la economía.

 

Aunque los resultados de las guerras son siempre impredecibles, el poderío militar estadounidense y la hábil maniobra de sus negociadores internacionales han puesto a Estados Unidos en una posición inmejorable para sentar las bases del verdadero nuevo orden mundial, el de una América Imperial.

 

Pero las dudas que se mantienen sobre la salud de la economía, las preocupaciones sobre el creciente déficit fiscal y la obstinación presidencial en seguir rebajando los impuestos y esperar que eventualmente la economía se recupere, podrían arruinarle la fiesta al popular presidente estadounidense. Si en cambio cae Husein y la economía estadounidense vuelve a crecer con vigor, el 2002 también será recordado como el año en que George W. Bush pavimentó su re-elección a la Casa Blanca.