Estados Unidos, tímidamente al rescate

Patricio Navia

Época, #913, agosto 16, 2002

 

Después de evitar involucrarse en la crisis económica por la que atraviesa América Latina, el gobierno de George W. Bush ha decidido cambiar de estrategia y apoyar a los gobiernos de la región, pero muchos creen que la respuesta ha sido muy tímida y tardía.

 

Sólo una semana antes de los atentados del 11 de septiembre, el presidente estadounidenses George W. Bush ofreció su primera cena de estado al presidente mexicano Vicente Fox. Entonces, el líder estadounidense recalcó que para su gobierno la relación bilateral con México era la primera prioridad en política internacional.  Pero sólo semanas después, al declarar la guerra contra el terrorismo frente al congreso en pleno, el presidente Bush saludó al primer ministro británico Tony Blair y destacó que Estados Unidos no tenía mejor amigo que Gran Bretaña.

 

El cambio de prioridades estadounidense quedó en evidencia en octubre del 2001 cuando se iniciaron los ataques a Afganistán y se privilegió la relación con Pakistán, los países árabes y musulmanes aliados y los socios europeos de la OTAN. Salvo en referencias aisladas a las actividades terroristas en Colombia, y a la amenaza que pudiera representar el gobierno de Fidel Castro en Cuba, la región quedó fuera del nuevo orden mundial post septiembre. Ni siquiera la crisis política y económica argentina logró revertir la poca preocupación que brindó Estados Unidos a los países al sur de su frontera. La simbólica decisión del secretario de estado Colin Powell de abandonar rápidamente una reunión hemisférica en Lima el día 11 de septiembre anticipó la dramática caída de Latinoamérica en la agenda política de la administración Bush. La decisión posterior del presidente Bush de proteger la industria textil estadounidense, en desmedro de la producción de América Latina y el Caribe, y la protección a la industria doméstica del acero, que afectó a Brasil e indirectamente al resto de la región, confirmaron lo que muchos anticiparon el mismo 11 de septiembre: los atentados a las Torres Gemelas también derribaron la relación de cordialidad y trabajo coordinado que había existido entre Washington y Latinoamérica en los 90.

 

Cuando se desató la crisis argentina, las autoridades estadounidenses, encabezadas por el Secretario del Tesoro Paul H. O’Neill, culparon a Argentina, y en particular a la corrupción reinante en la clase política, por la crisis. Pese a los clamores argentinos y a los preocupados consejos de los líderes de países vecinos, Estados Unidos no lideró una campaña destinada a lograr que el Fondo Monetario Internacional diseñara un paquete de ayuda razonable para el gobierno argentino.

 

La decisión de Bush de intentar influir en los resultados de las elecciones presidenciales en Colombia y Bolivia, y el aparente apoyo al frustrado golpe militar en Venezuela terminaron de formar un paisaje de abierta hostilidad hacia la administración Bush. Lo único peor a ser ignorado por Estados Unidos es tener un gobierno en Washington que cuando decide involucrarse en la región lo hace mal, han dicho varios líderes y analistas latinoamericanos en meses recientes. El nombramiento de Otto Reich como secretario adjunto para asuntos hemisféricos en el departamento de estado tampoco ayudó a construir confianzas. La participación de Reich en la lucha anti-comunista en Centroamérica en la década de los 80 y la oposición que desató su nombramiento no pasaron desapercibidas. Al final, anticipando un posible rechazo del senado estadounidense a su confirmación, el presidente Bush le dio un nombramiento temporal por un año, esperando que en ese período Reich pudiera asegurar su confirmación en el senado. Su participación en el fallido intento de golpe en Venezuela probablemente cavó su propia tumba política. Pero la única conclusión posible que se podía obtener de esa seguidilla de errores y decisiones cuestionables es que Estados Unidos no tenía una visión clara sobre cómo privilegiar los dos valores que públicamente había anunciado como prioritarios para América Latina, promover el comercio y consolidar la democracia.

 

Aunque durante los primeros meses de este año el gobierno de Bush parecía poco interesado en involucrarse en la difícil situación argentina, cambió de parecer después de verificar el nerviosismo en los mercados emergentes cuando varios analistas y inversionistas, incluido el polémico hombre de negocios George Soros, advirtieron sobre los riesgos para la estabilidad monetaria de Brasil que representaba la candidatura del candidato presidencial del Partido de los Trabajadores, Lula da Silva. La dramática caída en popularidad del candidato oficialista José Serra aumentó el nerviosismo y la prensa estadounidense comenzó a reportear ampliamente sobre lo que ocurría en Brasil.

 

En ese contexto se produjo hace dos semanas la sorprendente caída del sistema bancario uruguayo. Uno de los países más estables de la región se transformó, en sólo seis meses, en la segunda víctima de la crisis de desconfianza que amenaza a los sistemas financieros del sub-continente. Afectado por la crisis argentina y por la incertidumbre generada por la elección presidencial brasileña, el sistema bancario uruguayo colapsó y el resto de los países de la región cayó en estado de pánico. Aunque el Fondo Monetario Internacional se apuró en acudir al rescate, el consenso generalizado fue que, a menos que Estados Unidos interviniera, otros países también serían contagiados por la crisis. El propio O’Neill viajó a Latinoamérica a calmar los ánimos. Después de su visita, el Fondo Monetario Internacional anunció un plan especial de blindaje por 30 mil millones de dólares para Brasil. Aunque los analistas consideran que el blindaje está especialmente diseñado para ayudar al presidente Cardoso a terminar bien su periodo y para proteger los intereses de importantes bancos estadounidenses en Brasil. Así y todo, la visita de O’Neill y el blindaje a Brasil han ayudado a calmar los ánimos en la complicada región.

 

Una segunda iniciativa también ayudó a mejorar parcialmente las expectativas. Aunque no se espera que los resultados se vean sino hasta un par de años más, la decisión del congreso estadounidense de otorgar la autorización para negociar tratados de libre comercio al presidente Bush debería abrir las puertas para que Washington logre llegar a un acuerdo con Chile primero y las naciones centroamericanas después. Si Latinoamérica sobrevive razonablemente bien a los vendavales actuales, la oportunidad de avanzar en lograr un mayor intercambio de bienes y servicios con Estados Unidos debería ayudar a fortalecer la recuperación. Pero la duda hoy es si la señal de apoyo enviada por el gobierno del presidente Bush logrará ayudar a evitar que la crisis se contagie de Argentina y Uruguay a Brasil y el resto de los países de la región. Los más cautos señalan que la visita de O’Neill y el paquete de ayuda a Brasil representa una señal positiva en la dirección correcta, pero advierten que tal vez sea una señal demasiado tímida.

 

 

Un secretario del tesoro ignorante de América Latina

Nacido en Missouri en 1935, este economista es uno de los más criticados miembros del gabinete del presidente Bush.  Después de obtener su título de posgrado en administración de empresas en la Universidad de Indiana, O’Neill entró al gobierno federal, trabajando primero en el departamento de veteranos de guerra y luego en la oficina de Presupuesto del Gobierno Federal, donde llegó a ser director asistente entre 1974 y 1977. En 1976, cuando Jimmy Carter asumió la presidencia, O’Neill se fue al sector privado, como vice-presidente de International Paper Company, empresa que llegó a dirigir entre 1985 y 1987. Allí pasó a ser gerente general de Alcoa, una poderosa empresa de aluminio. O’Neill renunció a fines del 2000 cuando el presidente Bush sorprendió a los analistas al nombrarlo Secretario del Tesoro.