Viviendo con el enemigo

Época 905, junio 21, 2002

 

Conscientes de que la batalla más importante en guerra contra el terrorismo tomará lugar dentro de Estados Unidos, demócratas y republicanos se unen para defender a la sociedad estadounidense de la amenaza de la violencia.

 

Sólo unas semanas antes del 4 de julio, aniversario de la independencia y fecha favorita para los ataques terroristas en las películas de Hollywood, la iniciativa del presidente George W. Bush de reestructurar los organismos de seguridad doméstica ha sido calificada como insuficiente y temerosa. Pese a anunciar una ambiciosa ofensiva internacional contra el terrorismo, el presidente fue mucho más cauto a la hora de reformular la política doméstica para combatir el flagelo. Aunque republicanos y demócratas aprovechan cada oportunidad para sacar ventajas electorales, especialmente cuando se aproximan elecciones legislativas, el debate sobre cómo proteger al país de ataques terroristas ejecutados por extranjeros y nacionales que entren o residan legalmente dentro del territorio se ha convertido en una cuestión de verdadero patriotismo. Los líderes de ambas cámaras han intentado forjar un consenso que permita diseñar un plan efectivo y eficiente para evitar tener que aprender a convivir con el temor a nuevos atentados. El temor a que los terroristas aprovechen la libertad y privacidad, valores preciados de la sociedad estadounidense, para planear y ejecutar nuevos atentados es una gran preocupación de la opinión pública. Encontrar el balance adecuado entre la protección de la privacidad, la garantía de libertad y la necesidad de evitar nuevos atentados es el gran desafío actual.

 

Si el apoyo a la cruzada internacional contra el terrorismo nunca llevó a la opinión pública a seguir las actividades de las fuerzas de seguridad estadounidenses en Afganistán, Pakistán, Filipinas y otros países asiáticos, la convicción de que la batalla decisiva contra el terrorismo, y en particular contra la red Al Qaeda, se dará dentro del territorio ha llevado a la opinión pública a demandar la existencia de un plan ambicioso de seguridad doméstica. Tal es el consenso de la necesidad de una reingeniería profunda de los aparatos de seguridad, que demócratas y republicanos han ido mucho más lejos que el propio Bush en sus iniciativas de ley. El líder demócrata del Senado, Tom Daschle, anticipó que la nueva agencia de seguridad doméstica estará en existencia antes del 11 de septiembre del 2002. El líder de la minoría demócrata en el Congreso, Dick Gephardt, ha insistido en que, de recuperar ellos la mayoría en la Cámara en noviembre, la seguridad doméstica será prioridad legislativa. De acuerdo, para Gephardt la seguridad incluye también protección a los desempleados, programas de capacitación de empleo y mayor gasto en salud y educación. Pero la popularidad del tema ‘seguridad’ en la agenda pública es tal que los demócratas se esmeran en quitarle esa bandera electoral a los republicanos que eran los que más se identificaban tradicionalmente con el tema.

 

El gran ganador con esta nueva obsesión de la opinión pública debería ser el presidente Bush, que desde su campaña venía insistiendo en la necesidad de repensar las prioridades de defensa. Pero la situación de Bush se ve parcialmente complicada por la necesidad de conciliar nuevas iniciativas de seguridad con su promesa de reducir el tamaño del estado y disminuir el gasto. El presidente que se declaró enemigo de la burocracia estatal ha tenido que proponer la creación de un nuevo ministerio que, inevitablemente, resultará en un aumento del presupuesto y en la creación de nuevos puestos burocráticos. Todo esto en un contexto de un creciente déficit fiscal. Recientemente, la oficina del presupuesto del gobierno federal anunció que el déficit fiscal para este año excedería los 100 mil millones de dólares, más de un 30% sobre lo estimado originalmente. La vehemencia con que el presidente defendió su plan para reducir impuestos antes de los atentados y la lentitud de la recuperación de la economía estadounidense han transformado el tema del presupuesto nacional en uno de los más costosos políticamente para Bush. Al propiciar un aumento en el gasto, aún cuando sea para seguridad doméstica, la Casa Blanca tendrá que diseñar una estrategia defensiva contra los ataques demócratas que saldrán a apoyar la seguridad doméstica pero a la vez criticarán la irresponsabilidad fiscal de los republicanos y contra los propios republicanos que se oponen a ver crecer al aparato estatal, aún cuando se trate de seguridad doméstica.

 

A unos meses de celebrarse el primer aniversario del fatídico día, más que guerra en Afganistán, o incluso Irak, más que campañas para destruir el terrorismo de raíz, la gran preocupación de la opinión pública estadounidense es evitar que algo similar vuelva ocurrir. Aquellos que busquen fortalecer la seguridad doméstica tendrán el apoyo incondicional del electorado. Ante la cercanía de las elecciones de noviembre, demócratas y republicanos compiten por ganarse la confianza de una sociedad que desesperadamente busca evitar tener que vivir con el enemigo operando dentro del territorio nacional.

 

Hussein nuevamente en la mira

Aunque la intención de derrocar a Saddam Hussein fue una de las prioridades de George W. Bush desde la campaña presidencial del 2000, la respuesta militar a los atentados del 11 de septiembre ofreció una oportunidad inmejorable para llevarla a cabo. El gobierno estadounidense dio señales de que, una vez derrocado el gobierno Talibán, las fuerzas militares del pentágono comenzarían a preparar la guerra contra Irak. La crisis en Palestina primero y las tensiones entre India y Pakistán después, obligaron a retrasar los planes. Pero recientemente el presidente Bush autorizó a la CIA a iniciar acciones para derrocar al dictador iraquí y la prensa estadounidense especula que una campaña militar podría ocurrir incluso antes de las elecciones de noviembre.