Un precio demasiado alto

Patricio Nacia

Época 889, marzo 1, 2002

 

Aunque el establecimiento de un estado palestino autónomo sería suficiente para lograr acallar la oposición árabe a una campaña militar para invadir Irak, Estados Unidos no está en condiciones de lograr la aquiescencia de Israel.

 

 

El presidente George W. Bush es un líder de mensajes simples y objetivos claros, aunque no por eso incuestionables. Al dedicar los primeros meses de su administración a lograr la aprobación de un ambicioso recorte de impuestos, el presidente hizo caso omiso a advertencias de muchos moderados que temían volvieran los años de déficit presupuestarios. Su obcecación con lograr el recorte de impuestos le costó cara cuando el moderado Jim Jeffords abandonó el partido republicano y permitió que los demócratas recuperaran la mayoría del Senado. Después del 11 de septiembre, el presidente encontró un nuevo objetivo por el que luchar, la aniquilación del terrorismo. La inocencia del pueblo estadounidense sobre el tema, le ha permitido a Bush enmarcar el debate público en términos excesivamente simplistas, como 'eliminar a los terroristas del planeta' y terminar con el 'eje del mal' y los 'malignos.'

 

Aún está por verse si el presidente logrará convertir la fácil victoria en Afganistán en base sólida para extender la ofensiva militar contra el dictador iraquí Sadam Hussein o si lo difícil que ha resultado capturar a Osama ben Laden terminará erosionando el apoyo de la opinión pública, pero la posibilidad de éxito en la campaña contra Hussein disminuye a medida que escala la violencia en Palestina e Israel. Siempre es peligroso tener dos frentes abiertos en política exterior. Pero cuando los dos frentes están en el oriente medio, el riesgo es aún mayor.  Por eso que para poder abocarse a derrocar a Hussein--y lograr así lo que su padre no se atrevió a realizar hace una década--Bush necesita si no solucionar, al menos distensionar el conflicto entre Israel y Palestina.

 

Cuando llegó a la Casa Blanca, Bush no demostró mayor interés en el problema del oriente medio. Después de entrevistarse con Ariel Sharon en marzo pasado, Bush no hizo ningún esfuerzo por reunirse con Yasir Arafat.  Después del 11 de septiembre, la distancia entre la Casa Blanca y la autoridad palestina se hizo ya casi insalvable. La ola de atentados suicidas contra civiles en Israel dificultó todavía más las relaciones y de pronto Estados Unidos se encontró sin vías de comunicación fluida con Arafat. La cercanía lograda en los 8 años de gobierno demócrata se había perdido en menos de 12 meses de control republicano. La oportunidad fue inteligentemente aprovechada por Ariel Sharon para arrinconar a Arafat y, mientras insistía en su convicción de la necesidad de un estado palestino, cuestionar la legitimidad del líder palestino.

 

Arrinconado por la estrategia de Sharon, Estados Unidos tampoco ha sido capaz de diseñar una contraofensiva que le permita retomar el control del proceso de paz y hacerse cargo del descontento de sus aliados árabes. Mientras los blandos ('palomas') de la administración Bush liderados por el secretario de estad Colin Powell insisten en sentar a las partes en la mesa de negociación, los duros ('halcones') creen que es mejor dejar a Sharon a cargo del asunto y dedicarse exclusivamente a derrocar a Hussein.  Ya sea por convicción o por falta de espacio político para maniobrar, el presidente Bush parece haber optado por esa segunda opción. Pero la escalada de violencia y la incapacidad de Sharon para encontrar un interlocutor más aceptable en Palestina han llevado la situación a un punto de crisis que ha dañado ya también la credibilidad de Estados Unidos ante sus aliados europeos. 

 

Dada la inminencia del comienzo de la campaña contra Hussein, que se anticipa comenzará después de la visita del vicepresidente Cheney a la región a mediados de marzo, la Casa Blanca ha optado por poner en un segundo plano el problema de Palestina. Esperanzado en que la situación eventualmente mejorará, Estados Unidos no considera indispensable para derrocar a Hussein que el gobierno de Israel tome una actitud más conciliadora hacia Arafat. La movida es riesgosa, pues tanto sus aliados árabes como europeos pueden terminar abandonando a Estados Unidos en su política hacia el oriente medio. Convencido de que su misión es destruir el terrorismo desde sus raíces y desconociendo los consejos que señalan que la creación de un estado palestino es fundamental para crear una coalición amplia y efectiva contra el terrorismo, el presidente  Bush parece convencido de que la suya es una batalla que tendrá que librar Estados Unidos solo y que, por lo tanto, solucionar el conflicto en los territorios ocupados y la franja de Gaza no es una prioridad inmediata. Si la Casa Blanca en cambio escucha la sugerencia de políticos estadounidenses y de expertos militares de esperar lanzar una campaña contra Hussein hasta tener la estrategia militar adecuada, asunto que podría tomar varios meses, las 'palomas' de Washington tendrán más tiempo para convencer a la administración que la creación de un estado palestino no es un precio demasiado alto para pagar para asegurar la derrota de Hussein.

 

Sin el glamour de Clinton

            Cuando asumió como presidente en 1993, Bill Clinton también era un novato en asuntos de política exterior. Pero a diferencia de Bush, Clinton quería que su legado incluyera la solución definitiva del conflicto del medio oriente.  Desde que llegó a la Casa Blanca hasta que Yitzhak Rabin fue asesinado el 4 de noviembre de 1995, la cercanía entre el presidente de Estados Unidos y los líderes de Palestina e Israel fue la más productiva de la historia. Clinton mantuvo una buena relación con el conservador Benjamín Netanhayu, pero con Ehud Barak tuvo especial cercanía aunque coincidieron menos de dos años. En los 11 meses que ha compartido posiciones de liderazgo con Sharon, Bush no ha desarrollado la cercanía que sí ha logrado con otros líderes mundiales.