Unidos en la guerra

Patricio Navia

Revista Época #886, febrero 15, 2001

 

Mientras en Israel los terroristas suicidas siembran el terror y en los territorios palestinos ocupados las represalias israelíes y la crisis económica golpean duramente a una población adolorida, Ariel Sharon visitó Washington para buscar más apoyo.

 

 

El jueves pasado se reunieron en la Casa Blanca George W. Bush y el primer ministro israelí Ariel Sharon. Esta fue la cuarta visita de Sharon a Washington desde que asumió. Aunque en declaración conjunta subrayaron la fuerte amistad histórica y la unidad actual, las diferencias que existen entre Israel y Estados Unidos respecto a cuál camino seguir para traer la paz al oriente medio se volvieron a hacer presentes.

 

Que nadie se engañe, Estados Unidos sigue siendo el principal aliado de Israel en el mundo, e Israel es el principal socio estadounidense en el oriente medio. Pero desde el 11 de septiembre, esos lazos de amistad se han fortalecido en algunos aspectos y debilitado en otros. Aunque Estados Unidos ha reafirmado su compromiso con la seguridad y la tranquilidad de Israel, el gobierno de Bush también ha dejado en claro que el establecimiento de un estado palestino es prioridad de su administración. Pese a que el presidente estadounidense ha criticado duramente al líder palestino Yasir Arafat, la molestia que causó una agresiva advertencia de Sharon a la Casa Blanca hace unos meses también ha generado tensiones en las relaciones entre estos dos hombres que se precian de ser duros contra el crimen y el terrorismo.

 

Aunque Sharon parecía interesado en obtener una condena estadounidense más fuerte contra Arafat y un apoyo implícito para su estrategia de ahogar al líder palestino y convertirlo en actor "irrelevante" del proceso de paz, el presidente estadounidense insistió en que Arafat seguía siendo un actor sumamente relevante en el proceso de paz. Por otro lado, aunque no quiso elaborar, el presidente estadounidense reconoció haber hablado con Sharon temas de seguridad regional. La visita del vicepresidente Cheney a cuatro países vecinos de Irak el próximo mes es considerada como clave para ayudar a definir la estrategia estadounidense respecto a Saddam Husein. Muchos en la administración quieren derribar al dictador iraquí, aún a costa de agraviar a algunos aliados. Aunque el apoyo de Israel se da por descontado, la aquiescencia de varios estados árabes no será fácil de lograr, especialmente dado el retroceso del proceso de paz en Israel y Palestina.

 

El estancamiento del proceso de paz, los retrocesos en materias de confianzas mutuas, el recrudecimiento de la violencia y de ataques terroristas y el aislamiento de Arafat dejan pocas esperanzas de una pronta solución a la crisis de la región, aunque ahora tanto Sharon como Bush insistan en el convencimiento de sus gobiernos de la necesidad de que exista un estado palestino. La preocupación por el bienestar de los niños y las madres palestinas expresado por Bush y Sharon tres veces durante la conferencia de prensa bien pudieran ser sólo una formalidad, pero la presión estadounidense para lograr que Israel avance en la solución a los problemas palestinos--con Arafat como actor clave--parece ser un requisito necesario para que el presidente Bush pueda acometer la tarea que su padre no logró cumplir en la Guerra del Golfo, sacar del poder a Sadam Hussein. Entre Arafat y Hussein, el presidente estadounidense prefiere salvar al primero si eso le ayuda a lograr deshacerse del segundo.

 

 

Arafat, un problema de credibilidad

El presidente de la autoridad palestina Yasir Arafat rompió su silencio ante el público estadounidense. Desde su arresto domiciliario en Ramalá, Arafat envió una opinión editorial al New York Times llamando a duplicar esfuerzos para retomar las rondas de negociaciones. Pero la opinión pública y la elite política estadounidense parece convencida de que el momento de Arafat ya pasó. Públicamente se habla de posibles sucesores. Muchos creen que Arafat vivirá la misma experiencia del bíblico Moisés, podrá ver la tierra prometida pero no logrará gozar de la experiencia de vivir en un estado independiente palestino. En la política los cadáveres se encuentran sólo en el cementerio, pero la vida política de Arafat parece estar llegando a su fin.