La avergonzada inteligencia estadounidense

Patricio Navia

Época, #868, octubre 5, 2001

 

Sumario

Después del golpe inicial, ya se ha comenzado a cuestionar la efectividad de los servicios de inteligencia estadounidenses. Un encendido discurso del senador demócrata Robert Torricelli fue la primera expresión pública de una preocupación que molesta a muchos: ¿qué tan eficientes son los servicios de inteligencia estadounidenses?

 

Entradilla

Mientras el país espera que las fuerzas armadas entren en acción, algunos comienzan a cuestionar la efectividad de las agencias de inteligencia estadounidense.

 

Texto

Las dos horas de la mañana del 11 septiembre que conmocionaron a los Estados Unidos y al mundo tomaron por sorpresa a propios y extraños. Una foto que ha dado la vuelta al mundo muestra al presidente George W. Bush siendo informado discretamente por un asesor sobre el segundo avión que se estrelló contra el World Trade Center. La imagen de la mirada de sorpresa y conmoción de Bush ha quedado registrada en el imaginario popular estadounidense. Es que nadie se imaginó, ni siquiera en Hollywood, que un ataque de esa naturaleza pudiera llevarse a cabo.

 

Entre los sorprendidos estaban también los equipos de inteligencia de Estados Unidos. El presupuesto oficial anti-terrorismo combinado del FBI y de la CIA llega a más de 10 mil millones de dólares anuales. Y desde hacia un tiempo, la figura del fundamentalista islámico Osama bin Laden se encontraba en la lista de los más buscados del FBI y de la CIA.  El presidente Bill Clinton había firmado ya en 1995 una orden secreta autorizando a la CIA a realizar operaciones para eliminar a Bin Laden. Así y todo, por la evidencia que el gobierno estadounidense dice poseer—aunque no ha hecho pública para “no obstruir la investigación”—bin Laden logró articular el peor golpe que ha recibido Estados Unidos en su historia.

 

La sorpresa de los estadounidenses era comprensible y su dolor conmovedor, pero la sorpresa de los servicios de inteligencia rápidamente llamó la atención de los medios de prensa y de políticos estadounidenses.  Un senador de Nueva Jersey, el demócrata Robert Torricelli (1951) que ya en 1995 fustigó a la CIA por sus acciones encubiertas en Guatemala (que causaron la muerte de líderes de la oposición civil e incluso de ciudadanos estadounidenses que colaboraban con la guerrilla), aprovechó la ocasión para volver a poner a la CIA en el banquillo de los acusados.  Durante sus años en la Cámara de Representantes (1983-1996), Torricelli se hizo conocido por patrocinar leyes que ampliaron el embargo comercial al régimen de Fidel Castro en Cuba. Ahora como senador, argumentó que los gastos públicos para financiar a los servicios de inteligencia han venido en aumento, especulando que tal vez superen ya los 30 mil millones de dólares (el presupuesto oficial no incluye una cantidad adicional de gastos reservados) pero que dichos servicios fueron incapaces de anticipar o descubrir a tiempo los preparativos de los atentados.

 

En la medida que Estados Unidos vuelve a la normalidad a más de tres semanas de los atentados y mientras la opinión pública espera paciente que el presidente de Estados Unidos se decida a actuar contra el gobierno Talibán de Afganistán que protege a Osama bin Laden, aumentan las voces que cuestionan la efectividad de la inteligencia estadounidense y su capacidad para infiltrar organizaciones terroristas que pudieran operar dentro del país. Además de Torricelli, los influyentes periódicos Washington Post y New York Times, y las revistas Time y Salon Magazine han publicado artículos que demuestran que diferentes agencias estadounidenses sabían de la existencia y actividades de varios de los terroristas responsables por los actos suicidas del 11 de septiembre. La falta de coordinación entre las diferentes agencias, las restricciones legales que existen en Estados Unidos para espiar a las personas—independientemente de su condición migratoria—y la poca capacidad para infiltrarse en grupos fundamentalistas islámicos han sido sindicadas como las principales responsables de que la inteligencia estadounidense no haya podido descubrir a tiempo el devastador plan y evitar que se realizara. De haber podido lograr que toda la información dispersa la manejara una sola agencia, argumentan algunos, se podría haber evitado la tragedia.

 

El FBI

El Federal Bureau of Investigations (FBI) fue creado en 1908. Su actual director, Robert Mueller, se hizo cargo del FBI recién el 4 de septiembre del 2001. Es el sexto director de esa agencia desde su fundación en 1908. Ex funcionario del departamento de justicia, Mueller posee una vasta experiencia como investigador de crimen organizado y actividades terroristas. Aunque el FBI ha hecho de esta investigación la más importante de toda su historia, su rol más investigador que de inteligencia y contraespionaje han evitado que sea mencionada a la hora de buscar posibles responsables por no descubrir a tiempo las actividades terroristas que llevaban a cabo dentro de los Estados Unidos los suicidas del 11 de septiembre.

 

La CIA

La Central Intelligence Agency (CIA), en cambio, creada en 1947 por el presidente Harry S. Truman en el marco de la Ley de Seguridad Nacional, diseñada para combatir a los enemigos políticos de Estados Unidos en el mundo ha comenzado a recibir veladas críticas por lo que ya se empieza a denominar la ‘peor falla de inteligencia en toda la historia de Estados Unidos.’ La discusión sobre el papel que pudo haber jugado la CIA para descubrir el plan de ataque y evitar que se llevara a cabo, sin duda dará lugar, cuando se calme un poco el ambiente y quede más claro en qué consistirá la inminente campaña militar en Afganistán, a profundos debates políticos. El reciente discurso del Senador Torricelli, que buscará su re-elección en noviembre del 2002 y que había pasado por un mal momento hace unos meses cuando se le abrió una investigación sobre fraudulenta búsqueda de fondos de campaña, es sólo una primera señal de lo que está por venir: un profundo cuestionamiento de los objetivos, herramientas y efectividad de los servicios de inteligencia estadounidenses.

 

George Tenet

George Tenet fue nombrado director de la CIA en 1997 por el presidente Bill Clinton. Cuando George W. Bush asumió la presidencia le pidió que continuara en su cargo y Tenet aceptó. Graduado de la Universidad de Georgetown en 1976 y con una maestría en relaciones Internacionales de Columbia University en 1978, Tenet es un conocedor del mundo de la inteligencia y del congreso estadounidense. Durante varios años trabajó en el Comité Especial del Senado de Inteligencia hasta que se unió al equipo de transición presidencial de Bill Clinton a fines de 1992. En la administración Clinton, Tenet entró a trabajar en el Consejo Nacional de Seguridad y como asistente del presidente en la Casa Blanca. En 1995 fue nombrado sub-director de la CIA y cuando el director John Deutch renunció en diciembre de 1996, Tenet se convirtió en director interino.  Deutsch debió renunciar después de contradecir a la Casa Blanca al testificar ante el Congreso estadounidense que una seguidilla de ataques de misiles estadounidenses a Irak no había surtido efecto alguno. El desempeño de Tenet ha sido bien catalogado. Durante su periodo la CIA ha vuelto a recuperar la confianza de las autoridades y el respeto de la opinión pública. El ataque del 11 de septiembre ha dañado parte de esa confianza. La oficina encargada del espionaje y la inteligencia para Estados Unidos en el mundo tendrá que demostrar ahora que posee la capacidad de anticipar y evitar futuros ataques terroristas contra Estados Unidos que pudieran estar siendo ahora planeados en alguna parte del planeta.