Chile sin Pinochet, ahora si para siempre

Patricio Navia

Época, #859, agosto 3, 2001

 

En algo concuerdan sus detractores y admiradores, el general Augusto Pinochet fue el político chileno más importante en la segunda mitad del siglo XX desde que entrara violentamente en los anales de la historia el 11 de septiembre de 1973, liderando un alzamiento militar contra el gobierno socialista de Salvador Allende, Su dictadura impuso un modelo de desarollo económico que generó un sólido crecimiento desde 1985, pero también se caracterizó por una brutal persecución a opositores políticos, violaciones sistemáticas de los derechos humanos y una profunda desigualdad económica que separó goegráfica, cultural y socialmente a chilenos ricos y pobres. Cuando Pinochet dejó la presidencia, uno de cada dos chilenos vivía en la pobreza.

 

La profunda división que generó en la sociedad chilena la dictadura no terminó con su alejamiento de la presidencia en marzo de 1990. Pinochet optó por hacer uso de la opción constitucional, implantada en un texto diseñado a su medida en 1980, para permanecer al mando del Ejército y desde allí intentó obstruir esfuerzos para democratizar la constitución y lograr llevar a la justicia a los violadores de los derechos humanos que causaron más de 3000 muertos, miles de detenidos, exiliados y torturados.

 

Hasta el día que completó su periodo de 8 años como Comandante en Jefe del Ejército, el general representó un escollo permanente en el esfuerzo por imponer el poder civil sobre los militares. En marzo de 1998, Pinochet abandonó el ejército y asumió el cargo de senador vitalicio. Aunque la Concertación, alianza de gobierno democratacristiana y socialista, lo llamó a retirarse de la vida pública, Pinochet no solo se mantuvo en el Senado, sino que comenzó una campaña para posicionarse como negociador clave entre los senadores de la derecha. Aunque familiares de víctimas de la dictadura presentaron demandas en su contra ante tribunales chilenos a comienzos de 1998, Pinochet gozaba de fuero parlamentario y de la absoluta lealtad del ejército chileno y la derecha política.

 

De ahí a que el arresto del ex dictador en octubre de 1988 en Londres, por petición del juez Baltazar Garzón, tuviera el efecto de un terremoto político en Chile. La coraza protectora que se había construido Pinochet no servía fuera del país. Después de una serie de fallos judiciales, que sentaron precedencia mundial sobre extra territorialidad de la ley en la protección a los derechos humanos, Pinochet logró volver a Chile por su avanzada edad y delicado estado de salud que no le permitían, de acuerdo a médicos ingleses, enfrentar un juicio. El gobierno chileno, que había solicitado las "razones humanitarias," había prometido también que a Pinochet se le juzgaría en Chile. El gobierno chileno buscaba una salida que le permitiera traer a Pinochet de regreso, calmando así a los militares y empresarios que habían apoyado a la dictadura, y cumplir su promesa: "los crímenes cometidos en Chile se juzgan en Chile."

 

Aunque al volver a Santiago en marzo del 2000, Pinochet parecía estar con mejor salud de lo que muchos creían, el general Pinochet iba cuesta abajo en la rodada. El socialista Ricardo Lagos había ganado las elecciones presidenciales de enero del 2000 y las querellas en contra de Pinochet superaban ya las 200. Los militares se habían sentado en una "mesa de diálogo" con familiares de detenidos desaparecidos y meses después reconocerían haber lanzado cadáveres al mar. La justicia chilena, a su vez, avergonzada por su poca disposición anterior a investigar los crímenes durante la dictadura, se atrevió a desaforar al general Pinochet. La acuciosa investigación del juego Juan Guzmán le permitió encontrar suficiente evidencia para acusar formalmente a Pinochet y ordenar su arresto domiciliario.

 

La decisión de la Corte Suprema del lunes 9 de julio del 2001, que sobreseyó a Pinochet temporalmente por motrivos de demencia senil, viene sólo a confirmar la conclusión a la que llegaron los medicos ingleses cuando Pinochet fue liberado por motivos humanitarios.  El gobierno, los militares y la derecha han aceptado la decisión judicial, aunque los abogados de derechos humanos han intentado nuevas apelaciones.  A diferencia del arresto de Pinochet en Londres, la más reciente decisión de la Suprema chilena era esperada. Aunque sobresee al ex dictador, confirma que Pinochet perdió toda influencia política. 

 

Desde su residencia solitaria, Pinochet observará durante los meses o años de vida que le quedan, cómo sus partidarios y detractores forjan la construcción de un país donde la presencia del ex dictador es cada día más un asunto de historiadores y donde su legado autoritario sucumbe ante la modernización, la globalización y el abandono.