Bush, el estadista
Patricio Navia

Época, 854, 22 de junio 2001

Ante la opinión pública estadounidense, la primera gira del presidente George W. Bush a Europa fue todo un éxito. Aunque un senador demócrata adecuadamente acotó que “la valla estaba tan baja que era imposible que el presidente no la fuera a sortear con éxito.” Así y todo, el presidente estadounidense logró anotarse una importante victoria en el ámbito doméstico en el momento que más la necesitaba.

Después del terremoto causado por la renuncia al partido republicano del senador Jeffords—que dio mayoría a los demócratas en la cámara alta—el presidente Bush pareció haber perdido el rumbo mientras su equipo de gobierno se enfrascaba en un conflicto público con la bancada republicana del Congreso. Pese a que durante los primeros días de control demócrata del Senado, muchos asesores en la Casa Blanca siguieron comportándose como si nada hubiera pasado, la luna de miel había llegado a su fin y el presidente tiene ahora la ardua tarea de pactar con el liderazgo demócrata el destino de sus iniciativas legislativas. Peor aún, ahora los demócratas han comenzado a legislar sobre los derechos de los pacientes y la reforma a la salud, asuntos a los que el presidente se opone, pero el público estadounidense favorece. En ese contexto, la gira presidencial a Europa, programada desde antes del terremoto Jeffords, le vino al nuevo presidente como anillo al dedo.

La valla ciertamente estaba baja en Europa. Durante la campañan, la vergonzosa demostración de la ignorancia del entonces candidato sobre política internacional generó, correctamente, las expectativas de que de ser presidente, Bush no mantendría el liderazgo en política internacional ejercido por Clinton y por el mismo Bush padre. Los breves encuentros en México y Canadá con los presidentes de las Américas confirmaron que Bush no era ninguna luminaria y que las riendas de la política exterior descansarían en otras manos. Además, muchos en Europa esperaban ver en Bush a un ‘unilateralista’ que además no sería particularmente inteligente.

Pero la partida de Jeffords también cambió la forma de pensar del presidente respecto a temas internacionales. De pronto, el liderazgo político que Estados Unidos puede ejercer en el mundo se convirtió en un asunto atractivo para el presidente republicano que sentía que Washington estaba lleno de enemigos y traicioneros aliados. A sabiendas de que sus encuentros con reconocidos líderes mundiales le permitirían alzarse por sobre los hombros del contingente de senadores demócratas empeñado en derribar la imagen y el legado de este republicano—y en algunos casos decididos también a arrebatarle personalmente la Casa Blanca el 2004—el presidente estadounidense inició su gira a Europa con los ojos bien puestos en la reacción que ésta pudiera generar en casa. El reconocimiento que pudiera obtener en Europa lo utilizaría para reposicionarse en Washington.

Aunque había enfurecido a algunos y decepcionado a otros en Europa con su rechazo al tratado de Kyoto para reducir el calentamiento global y su anuncio de la iniciativa para construir un escudo antimisiles para Estados Unidos (y los países aliados, según declaraciones posteriores) el presidente estadounidense fue recibido con cordialidad por los principales gobernantes de la Unión Europa y Rusia.  Pero no se lograron resultados concretos. Aunque insistió en no ser un aislacionista y estar dispuesto a escuchar, Bush no intentó enviar señales de que estuviera dispuesto a enfrascarse en un diálogo que pudiera llevar a cambiar sus posiciones sobre el calentamiento global y el escudo anti-misiles. No basta con escuchar, también hay que estar dispuesto a dialogar, convencer y dejarse convencer. La falta de predisposición del presidente estadounidense a revisar sus políticas ya anunciadas decepcionó en Europa. Aunque nadie lo señaló públicamente, muchos sintieron en el viejo continente que este había sido un viaje para las ‘photo opportunities’ en los medios estadounidenses.

A su regreso de Europa, y mientras intenta recuperarse del doloroso golpe que significó el ascenso demócrata a la cima del Senado, el presidente estadounidense se encuentra en la inusual e imprevisible posición de enarbolar su gira a Europa como el principal logro de su sexto mes de gobierno. Bush, el estadista, debe ahora utilizar la legitimidad recién adquirida en Europa para poder posicionarse en la plataforma a la que siempre dijo aspirar: ser un presidente que une, no que divide. Los bandos de demócratas y republicanos en el Congreso al atrincherarse en sus esquinas ideológicas y estratégicas le han ofrecido la gran oportunidad de posicionarse como el líder unificador. El presidente deberá demostrar ahora que además de escuchar puede liderar uniendo y forjando consensos. Pero en Washington será difícil lograrlo. Por eso, ahora el presidente comenzará a ver en Europa un lugar propicio para demostrar que puede ser un gobernante que lidere por consenso y convenciendo. Para eso será preciso que el presidente además de escuchar, esté dispuesto a modificar sus posturas para lograr concitar el apoyo de los países europeos que recién comienzan a ofrecerle a Bush una cauta y limitada luna de miel.