Ni luna de miel ni divorcio

Bush y la política exterior de Estados Unidos

Patricio Navia

Época 848, mayo 21, 2001

 

No es que la luna de miel de George W. Bush con el mundo haya terminado. El nuevo presidente nunca recibió de sus aliados ese período de gracia que la opinión pública estadounidense le brindó durante sus primeros meses. Pero aunque sus recientes iniciativas de política internacional no han sido bien recibidas, estas desavenencias no deben ser interpretadas como indicativas de un divorcio entre Estados Unidos y sus aliados.

 

Sin la legitimidad que otorga el haber recibido más votos que su oponente, la llegada del ex gobernador de Texas a Washington fue interpretada por el mundo como una señal aislacionista por parte del electorado estadounidense. El nuevo presidente nunca visitó Europa o Asia en su vida adulta y durante la campaña parecía sentirse orgulloso de ser un ignorante en política internacional.

 

Tres de sus tres principales iniciativas internacionales han venido a confirmar el temor de que la era de integración y de un liderazgo comprometido por parte de Estados Unidos en los problemas del mundo había llegado a su fin. Al anunciar su retiro del protocolo de Kyoto (iniciativa diseñada para reducir el calentamiento global), al convertir un accidente de un avión estadounidense que espiaba en las costas chinas en incidente diplomático que generó tensiones entre las dos potencias, y al anunciar una nueva política de defensa para su país (que incluye revivir el proyecto de un sistema antimisiles conocido como guerra de las galaxias), Bush quiso dejar en claro que no consideraba fundamental forjar consensos con sus aliados antes de adoptar políticas que tuvieran repercusiones en todos los rincones del planeta.

 

La respuesta, un tanto enfurecida y probablemente algo contraproducente, por parte de aliados y enemigos no se dejó esperar. Por primera vez desde su creación, Estados Unidos fue excluido de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Pese al historial de apoyo a regímenes totalitarios en América Latina y Asia en décadas anteriores, Estados Unidos ha sido indiscutiblemente un líder en la promoción del respeto a los derechos humanos en años recientes. Bill Clinton convirtió la protección de dichos derechos una prioridad de su política internacional.

 

Al excluir a Estados Unidos, y en cambio incluir a países como Argelia, Libia y Pakistán, la legitimidad de la Comisión se debilita y, en Estados Unidos, los líderes aislacionistas tienen nuevas municiones para continuar su campaña de descrédito de la ONU y otras instancias internacionales. Para empeorar la situación, el presidente estadounidense es un inexperto en temas internacionales y, lo que es peor, no parece interesado en involucrarse más en esos asuntos. Por eso el protagonismo del que goza el equipo de política internacional y seguridad nacional del presidente tenderá a incrementarse. Las divisiones que desde temprano se han evidenciado entre los asesores blandos, preocupados de forjar coaliciones internacionales y promover visiones más que políticas específicas, y los duros, menos interesados en el consenso y más predispuestos a conflictos del tipo guerra fría, se han visto acentuadas debido a la falta de liderazgo e interés del presidente estadounidense. Mientras por un lado el secretario de estado Colin Powell parece interesado en mantener el espíritu de consulta y colaboración promovido por Clinton, las fuerzas conservadoras lideradas por el secretario de defensa Donald Rumsfeld y la asesora de seguridad nacional Condoleeza Rice, se sienten mucho más cómodas con conflictos bilaterales con enemigos poderosos. El caso del avión en China evidenció tanto la división entre blandos y duros dentro del equipo del presidente como lo peligroso que puede resultar para el mundo volver a la lógica de la guerra fría.

 

Pese a que el mundo tiene pleno derecho a sentirse ofendido por las iniciativas anti-Kyoto y pro guerra de las galaxias del nuevo presidente, debiera ser la política de los aliados de Estados Unidos apoyar al nuevo presidente y a los blandos de su administración en la búsqueda de consensos. De lo contrario, el mundo le hará el juego a los duros que buscan precisamente crear un ambiente donde Estados Unidos se vea obligado a actuar unilateralmente. El objetivo de los duros es crear nuevamente un mundo bipolar donde por un lado esté Estados Unidos y por el otro, dependiendo del tema, algún país que reemplace a la ex Unión Soviética.

 

Sin duda que la elección del nuevo presidente estadounidense gustó mucho menos fuera que dentro de Estados Unidos, pero lo cierto es que la política exterior de este país para los próximos años está recién comenzando a tomar forma. El resto del mundo puede ayudar a determinar si esta será aislacionista y unilateral, o si privilegiará la participación activa de Estados Unidos en la búsqueda de consensos para avanzar el crecimiento económico, la consolidación democrática y la protección a los derechos humanos.