El Zapatur y el dilema del sub-comandante Marcos

Patricio Navia

Época, No 839, marzo 25, 2001

 

Una arriesgada maniobra intenta el último de los revolucionarios latinoamericanos del siglo XX. Al marchar con su Ejército Zapatista de Liberación Nacional hasta la capital mexicana, el sub-comandante Marcos se juega tanto la legitimidad de su movimiento armado (que, por cierto, nunca llegó a enfrascarse en reales enfrentamientos contra el ejército mexicano) como su futuro político personal. Después de siete años de alzamiento en la selva chiapaneca, el subcomandante es mundialmente conocido por su lucha en favor de los derechos indígenas y el reconocimiento a los pueblos originarios de América Latina. Aquellos “del color de la tierra,” y muchos que con ellos solidarizan, han visto en Marcos a un vocero que personifica la ilusión de dignidad y justicia.

 

En gran medida, Marcos ha sido capaz de mantener y consolidar esa imagen porque ha evitado transformar sus utópicas declaraciones sobre lo que debe cambiar en propuestas concretas y políticas ejecutables. Así, ha evadido potenciales desacuerdos con personas igualmente interesadas en la dignidad indígena que bien pudieran diferir de sus postulados. Al no salir de la selva mexicana, santuario posmoderno para aquellos que se oponen por diversas causas a la globalización, el enmascarado de la pipa, luchador de la montaña y ágil comunicador televisivo ha evitado el desgaste que significa estar en la arena política de las negociaciones, acuerdos y compromisos.  Sólo desde la montaña ha podido mantener vivo el mito de 'todos somos Marcos.'

 

Y aunque siete años también implican costos—es innegable que Marcos es hoy mucho menos popular que en 1994—la decisión de realizar la peregrinación (irónicamente denominada Zapatur) hasta la capital representa un esfuerzo real para aterrizar las demandas del movimiento y para poner fin al alzamiento.

 

Los 24 líderes zapatistas llegaron al Distrito Federal (DF) el 10 de marzo donde fueron recibidos por personalidades, intelectuales, artistas y líderes cívicos de México y el mundo. Mas de 100 mil personas se congregaron en el Zócalo—otrora centro del imperio azteca—para homenajear a los rebeldes.

 

Marcos anunció que se quedarían en el DF hasta que se aprobaran los acuerdos sobre las comunidades indígenas de San Andrés, alcanzados por los zapatistas y el gobierno de Zedillo y enviados al congreso recientemente por el ejecutivo. Aunque Fox apoya la iniciativa legislativa, las delegaciones parlamentarias del PRI y del PAN (partido del presidente) se oponen a algunos elementos de la reforma constitucional que daría autonomía a muchas zonas habitadas mayoritariamente por indígenas.

 

La aprobación de una reforma constitucional que reconozca a los pueblos originarios y les otorgue cierta autonomía (aunque no sea en los términos establecidos en San Andrés) significaría un gran logro social y político. Pero también significaría poner fin a la legitimidad del movimiento armado. Aún si la legislación aprobada difiere de los acuerdos iniciales, los zapatistas tendrían que deponer las armas o arriesgarse a perder sino el apoyo, el respeto popular como justos y razonables defensores de los indígenas. Un acuerdo en el congreso que entregue cierta autonomía a las comunidades indígenas validaría la negociación pacífica y restaría legitimidad al alzamiento.

 

La derrota del PRI en las elecciones de julio del 2000 ha revestido al ahora presidente Vicente Fox de un grado de legitimidad posiblemente superior al que ostenta el subcomandante Marcos. A su manera, Fox también se alzó contra el sistema imperante y lo logró derrotar. Hoy, el sagaz presidente ha extendido una invitación a Marcos para que juntos trabajen por mejorar la situación de los indígenas. En sus primeros días en el DF, Marcos ha intentado un discurso de oposición a Fox, comparándolo con los militares y sugiriendo que el nuevo presidente no es muy distinto, en el fondo, a los presidentes del PRI que por 70 años gobernaron ese país.

 

Temiendo que el congreso apruebe alguna versión de los acuerdos de San Andrés, Marcos aparentemente busca un nuevo caballo de batalla que le permita mantener el alzamiento, sino armado, al menos con las utópicas capuchas. Pero no es lo mismo alzarse contra el PRI que contra un hombre que acaba de ganar las elecciones más limpias en la historia del país. La legitimidad democrática que goza Fox es una valla insalvable para el subcomandante que parece no querer aceptar que, hoy por hoy, el diálogo con autoridades legitimadas por el voto popular es el único camino para buscar solución a los trágicos problemas que enfrentan millones de mexicanos.

 

Ha llegado el momento de que Marcos se quite la capucha, se siente a conversar y transforme el multitudinario apoyo del que gozan los zapatistas en una fuerza civil capaz de ayudar a construir un México mejor. De lo contrario, el subcomandante terminará destruyendo su imagen internacional y dañando su propio legado histórico que puso en el centro de la agenda social y política global la problemática indígena.