Perú: ¿tropezar de nuevo con la misma piedra?

La elección presidencial más importante del año en América Latina

Patricio Navia

Época, No 835, 25 febrero 2001

 

Cuando el 19 de noviembre Alberto Fujimori sorprendió a todos al anunciar desde Japón que renunciaba a la presidencia y no volvía al país, muchos anticiparon que se avecinaban cambios importantes en el Perú. Pero nadie llegó a pensar que las cosas cambiarían tanto que el ex presidente Alan García volvería a ser noticia.

 

Pero García regresó de su exilio en Colombia el 27 de enero y anunció su candidatura presidencial para los comicios del 8 de abril. Quien había sido presidente entre 1985 y 1990 y cuyo gobierno fue evaluado como desastroso y corrupto (hiperinflación, desempleo, corrupción gubernamental, Sendero Luminoso) se aprovechaba del descrédito de su sucesor para volver a la palestra política.

 

En gran medida el ascenso de Fujimori lo facilitó el propio García. Líder de un partido nominalmente izquierdista y profundamente populista, García llevó al APRA al poder a los 36 años de edad haciendo realidad un sueño negado a Haya de la Torre, fundador del APRA y ganador de las presidenciales de 1962. Pero un discurso populista y una postura inflexible frente a los bancos acreedores de la deuda externa rápidamente llevaron al país a un déficit fiscal y al cierre de las líneas de crédito. La crisis que siguió se vio exacerbada por la activa presencia de la guerrilla terrorista de Sendero Luminoso. Caos económico, político y social convirtieron a García en el personaje más odiado por el pueblo peruano en 1990.

 

En las presidenciales de 1990, el escritor Mario Vargas Llosa se lanzó en campaña para implementar reformas neo-liberales similares a las de Pinochet en Chile. Pero su convicción democrática no pudo contra su petulancia y el autor en vez de hacer campaña se dedicó a fustigar a García y a muchos electores. Al final los peruanos prefirieron a cualquiera menos el escritor. El elegido fue Fujimori, un ingeniero y profesor universitario de padres japoneses que realizó una campaña anti-Vargas Llosa y se presentó como el verdadero representante de los más pobres, los peruanos mestizos e indios, los cholos. El “chino” era el mejor candidato de los cholos.

 

Ya presidente, Fujimori adoptó las políticas propuestas por Vargas Llosa. Pero los peruanos le perdonaron el engaño porque la inflación pasó de 7.481,6 en 1990 a 408% en 1991, y la economía saltó de una recesión de 11.8% en 1989 a una expansión de 2.6% en 1991. Pero ya que García había destruido tanto la economía como la confianza civil en las instituciones democráticas, Fujimori aprovechó la ocasión para asumir, con la ayuda de las fuerzas armadas, poder dictatorial en 1992. También inició una persecución política contra García, la primera de muchas que lideraría su gobierno.

 

Perú, de la mano del “chino,” logró derrotar a Sendero Luminoso y arrestar a su líder, el mítico Presidente Gonzalo. Una nueva Constitución y una elección presidencial en 1995 (donde derrotó al ex secretario general de la ONU Javier Pérez de Cuellar) revistieron de una cuestionable legitimidad democrática a Fujimori. No obstante, las violentas prácticas utilizadas para acallar a la oposición, combatir el terrorismo y apaciguar a los críticos dejaron claro que su poder descansaba en el apoyo militar más que en los votos. La creciente importancia de su “asesor” Valdimiro Montecinos también era evidencia de que la corrupción característica del gobierno de APRA no había sido erradicada.

 

Contraviniendo las indicaciones de su propia constitución, Fujimori decidió buscar un tercer mandato el 2000. Pero entonces un verdadero “cholo,” el economista Alejandro Toledo, utilizó la estrategia que exitosamente llevara a Fujimori a la presidencia en 1990. Toledo hizo campaña de oposición sin explicar muy bien sus propios planteamientos. Y aunque la economía se había expandido durante 9 de los 10 años de Fujimori, la inflación se mantenía en un dígito y la amenaza terrorista había desaparecido, muchos peruanos parecían estar ya hartos del régimen de terror que había convertido al temido Vladimiro Montecinos en un presidente en las sombras.

 

Fujimori se impuso en primera vuelta, pero la presión internacional y el descontento nacional por las innegables irregularidades del proceso electoral lo obligaron a aceptar una segunda vuelta presidencial. Toledo, acusando fraude, optó por boicotear el proceso. Fujimori no cedió a las presiones para garantizar una elección libre y tras obtener una abrumadora victoria en una elección donde corrió solo, fue coronado presidente por tercera vez. Pero en septiembre, la filtración de unos videos que mostraban a Montecinos sobornando a un parlamentario de oposición obligó al presidente a ordenar el arresto de su asesor. Montecinos logró, presumiblemente con el apoyo del ejército, evitar dicho arresto. Eventualmente el “asesor” huyó a Panamá para regresar unos días después al Perú. La confusión sólo dejaba una cosa en evidencia: Fujimori ya no tenía el control.

 

Aprovechando un viaje a un encuentro de APEC, Fujimori realizó una escala en Japón en noviembre. Desde allí envió su renuncia. El parlamento peruano nombró a Valentín Paniagua, un líder moderado de la oposición, como presidente interino y las elecciones presidenciales fueron programas para abril.

 

Alejandro Toledo es naturalmente como el candidato favorito, pero eso es más difícil que ser opositor. Incapaz de basar su apoyo en el descontento contra Fujimori, Toledo ha debido comenzar a hacer propuestas concretas, algunas de ellas han alienado a un número importante de anti-fujimoristas. Y aunque Toledo sigue liderando las encuestas, su popularidad ha disminuido y es probable que el “cholo” se vea forzado a una segunda vuelta para ganar la presidencia.

 

Pese a que hay otros candidatos que también buscarán la presidencia el 8 de abril, bien pudiera ser que el principal obstáculo que tendrá que salvar Toledo sea el espigado García. Con 51 años a cuestas, el ex presidente dice haber aceptado el modelo neo liberal—aunque no se retracta de las decisiones tomadas durante su desastroso gobierno—y estar mejor preparado que ningún otro candidato para dirigir al país. Irónicamente al haber tenido que vivir en el exilio durante diez años, García logró obtener lo que ahora es su mejor arma de campaña. A diferencia de la gran mayoría de los políticos peruanos, incluidos los de su propio partido, García no participó de la corrupción de los años de Fujimori y Montecinos.

 

La historia bien pudiera darle motivo de esperanza a García. El aristocrático líder democristiano Fernando Belaúnde Terry fue electo presidente en 1963 y depuesto por un golpe militar en 1968. Cuando los militares abandonaron el poder y los peruanos eligieron nuevas autoridades amparados en la Constitución de 1979, Belaúnde se convirtió nuevamente en presidente. García espera repetir la hazaña.

 

Pero mientras Fujimori observa todo desde su exilio japonés y Montecinos sigue prófugo de la justicia (hay rumores de cirugías plásticas para cambiar su rostro, de intervención y protección de la CIA, de mil millones de dólares en dinero mal habido, en fin, de corrupción y crímenes varios), el mundo observa a los peruanos considerar sus opciones presidenciales. ¿Elegir nuevamente a García como en 1985 o como en 1990 arriesgarse por el líder desconocido que por su condición de cholo (“chino” entonces) debería estar más cerca de la gente?

 

Los peruanos no quieren tropezar de nuevo con la misma piedra. Lo difícil ahora es discernir cual candidato será causa de tropiezo: el ex presidente populista y corrupto o el líder desconocido que promete defender los intereses de los más pobres.