Las armas y los votos

Patricio Navia

El Líbero, agosto 6, 2021

 

Cada vez que en democracia se enfrentan las armas con los votos, la única posibilidad de que la victoria sea para los votos es cuando el Estado ejerce con fuerza y legitimidad el monopolio de la violencia. Cada vez que aparecen grupos de personas que creen que pueden imponer su voluntad a través de las armas —por más legítimas que sean sus demandas— es obligación del Estado y de todo líder con legitimidad democrática ejercer con la suficiente fuerza la violencia para asegurar que la voluntad expresada en votos predomine por sobre el uso de la fuerza. Para que la democracia funcione, aquellos que optan por tomar las armas para avanzas sus causas deben ser expeditamente subyugados.

 

En una entrevista en El Mercurio el domingo pasado, la presidenta de la convención constitucional Elisa Loncon, hizo una serie de polémicas y destempladas declaraciones justificando el uso de las armas por parte de civiles en democracia que, comprensiblemente, generaron rechazos y críticas. Incomprensiblemente, no faltaron aquellos que relativizaron, contextualizaron e incluso justificaron los dichos de Loncon. Precisamente porque lo que dijo tiene serias implicancias respecto a la legitimidad de los votos como el único mecanismo legitimo para determinar la dirección en la que avanza el país, corresponde a cualquier persona con un mínimo de valoración por la democracia y respeto por las instituciones políticas que existen emitir un rechazo claro e inequívoco a los dichos de la académica mapuche que ejerce como Presidenta de la Convención Constitucional.

 

Consultada sobre un reciente caso de un secuestro con tortura y muerte perpetrado por presuntos comuneros mapuche en Collipulli, Loncon, increíblemente, respondió asociando la violencia a una cuestión de género: “La guerra la hacen los hombres. Las mujeres construimos la paz”. Además de ser históricamente falso, la aseveración de Loncon mostró un burdo intento por sacarle el cuerpo a las balas al no querer hacerse cargo del hecho evidente de que en la Araucanía reina la violencia y que muchos han decidido tomarse la justicia en sus propias manos. Como presidenta de la Convención Constitucional y representante de una institución del Estado-nación, Loncon debió haber sido mucho más clara y directa en su rechazo a los actos de violencia de civiles contra civiles.

 

Pero la frase que capturó la atención de los medios fue la que Loncon emitió para responder a la pregunta siguiente: ¿Puede usted entonces decirles que hay otras formas de luchar por revindicaciones? Loncon respondió: “No es mi propósito en este momento. Estoy trabajando en la Constitución. Yo no tengo el estándar de Mandela en este momento para pedir que bajen las armas”. Además del preocupante uso de “este momento” en una respuesta que debiera ser la misma independiente de cuándo se haga, Loncon optó por realizar una comparación falaz e innecesaria. No se necesita tener el estándar de Nelson Mandela para rechazar la violencia. Especialmente para alguien que preside la instancia encargada de diseñar las reglas de lo que será la nueva institucionalidad, Loncon perdió una valiosa oportunidad para afirmar un compromiso con la vía de los votos para el cambio social. En cambio, optó por la relativización y la justificación de la violencia como un método válido, legítimo o al menos comprensible para buscar el cambio social.

 

Muchos que ven en Loncon una esperanza para construir un Chile más igualitario, justo y con paz social perdieron también la oportunidad para marcar diferencias con esa postura que relativiza y abre el camino para justificar la violencia. Equivocadamente, algunas de esas personas creen que Loncon puede ser una líder que mantenga a línea a las voces más decididamente antisistema que abundan en la Convención Constitucional. Pero Loncon, al emitir esas palabras, se suma al coro de aquellos que defienden posturas que abiertamente buscan debilitar la democracia y la exclusividad de los votos como el mecanismo para determinar la dirección en la que avanzará el país.

 

Pudiera ser que Loncon no haya pensado muy bien su respuesta. Pero el hecho que no aclarara o enmendara sus declaraciones en los días posteriores hace pensar que la presidenta de la Convención Constitucional no solo no tiene los estándares de Nelson Mandela, líder a quien dice admirar, sino que carece de los estándares mínimos que se le exigen a cualquier líder en democracia. Lo más lamentable de todo este desafortunado incidente es que, a vista y paciencia del resto de la sociedad, unos pocos que prefieren las armas por sobre los votos están secuestrando la democracia y llevándola por un camino peligroso en que las balas hablan más fuerte que los votos. Cuando ese virus ataca a un país, ninguna convención constitucional sirve como vacuna efectiva para combatir esa enfermedad.