Sombras que caminan: Carlos Cerda y su seductora soledad

Patricio Navia

Revista Capital, Noviembre de 1999

 

 

Identifico tres formas de leer la última novela de Cerda.

 

Primero, la tercera novela del chileno que vivió 12 años en Alemania Oriental completa una de las trilogías más notables de la novela chilena contemporánea: Morir en Berlín, Una casa vacía y ahora Sombras que caminan ofrecen una visión desgarrada, poderosa, cautivadora y emotiva de aquellos que sintieron más de cerca los excesos del gobierno militar. Pero leer tres novelas del mismo autor es inusual en el Chile de hoy, mucho menos si el autor es chileno. Por lo tanto descarto esa primera opción por elitista y académica.

 

Otra forma de aproximarse a Sombras que caminan es la que han adoptado los medios de prensa nacionales. Cerda parte diciendo que su novela se basa en un hecho ocurrido en el Teatro Municipal en 1986.  Los detalles, contrario a lo que indica el interés de la prensa, son irrelevantes. Si la situación de censura ocurrió o no en el Chile de Pinochet es más irrelevante aún. La censura existió--se justificó desde arriba con argumentos poderosos (detener el marxismo ateo y perverso, contrarrestar la campaña internacional contra Chile, etc.)--y si alcanzó o no a la puesta en escena de una obertura de Beethoven es sólo anecdótico. Cuestionar la veracidad del evento que da pie a la novela equivale a descalificar la capacidad intelectual de Andrés Bello porque usaba aretes.  Descarto esa segunda opción por trivial.

 

Sugiero que la mejor forma de leer la novela de Cerda consiste en olvidarnos del Chile de Pinochet. Para establecer la verdad histórica están los historiadores, el Informe Rettig, las mesas de negociación. El literato, por más que quiera mantener y recuperar la memoria, debe contar historias que, verdaderas o no, sean creíbles y/o lo suficientemente cautivadoras para justificar la inversión que implica comprar y/o leer un libro. 

 

Cerda logra eso con genialidad. Horacio Ortega, el actor de teatro marginalizado por sus ideas políticas y sus posturas de principios inamovibles y comportamientos que a ratos se antojan autodestructivos, convence de comienzo a fin. Nos recuerda que el no venderse implica principios, creencias firmes, pero a menudo implica también la carencia de una oferta lo suficientemente tentadora. Entre el no venderse y el ser un perdedor, la distinción es a veces imperceptible. Esa es la genialidad de Cerda. Por eso que para cuando llega el mentado suceso del Municipal, ya tenemos un personaje odioso y amable que se nos mete hasta los huesos. Un perdedor en la vida y el amor con quien nos relacionamos fácil porque todos hemos perdido alguna vez y porque esa vida donde ya no hay nada que perder en la vida, seduce por su marginalidad, su desapego, sus emociones intensas. El incorruptible héroe y el antihéroe se confunden en la misma persona.

 

Y aunque Cerda pudiera haber usado una cuota de humor, sexo, violencia o algún otro elemento que nos alejara de la constante marginalidad y del peligro de hallarse en el lado político equivocado, la constancia de Cerda en hacernos sentir intensamente lo que es hallarse del lado de los perdedores, rechazando siempre las invitaciones de los amigos que se han hecho eco del si no puedes con ellos, únete a ellos, hacen que las páginas avancen raudas y la lectura no agote.

 

Con esta nueva novela, Cerda se posiciona como uno de los principales aspirantes a ocupar el lugar de el novelista chileno dejado vacante con la muerte de José Donoso. Y aunque para mi gusto su narrativa se beneficiaría con lo cotidiano y hasta lo frívolo, su capacidad para conquistarnos con historias difíciles, sensibles y hasta molestas, sin duda ameritan desembolsar el costo del libro.