Las caras de la transición

Patricio Navia

Revista Capital, Septiembre de 1999

 

Lo conocí una vez, poco antes de las elecciones internas del PS del 97, en una despedida que le hicieron a su jefa de prensa. Hicieron una cena en La Chimenea, lugar de reunión preferido de un cierto sector de la juventud PS, cerca de la Torre Entel. Y ahí llegó el ex-diputado, de ojos claros, cabello porfiado y no el mejor gusto en el vestir. Intercambiamos un par de frases, y yo, dándomelas de asesor político gringo, tipo Dick Morris, le sugerí inmediatamente que debería abandonar la política partidista, renunciar a buscar la re-elección en la presidencia del PS e irse de intendente de la Novena Región, la más pobre del país. Trabajar arduamente con una estrategia cosista, a la Lavín, presentarse de candidato al senado el 2001 por esa región y a las presidenciales el 2005. Algo descabellado, es cierto, pero lo de Lavín no lo fue menos y le ha resultado. Y lo de Clinton, el gobernador de Arkansas en 1992, fue aún más osado.

No me hizo caso, y yo, con mis aires de asesor gringo recién llegado de Nueva York, me quedé hablando solo.  Intenté impresionar a una de las comensales, pero el mismo aire liberal, ética protestante-espíritu del capitalismo, la terminó de espantar. No hay caso, con las del PS no me funciona nunca. Ni con las PC, o las UDI, que son igualmente militantes. Lo mío siempre ha estado en el PPD o RN. Con las del PH tengo el modelo de desarrollo equivocado. Y eso de no ser católico termina de espantar a las DC. PPD o RN liberal, no hay de otra.

Y entonces me dediqué a observar al ex-diputado. Ojos claros seductores, mirada profunda, facciones toscas que son el último grito de la moda en Nueva York. Un makeover, un estilista, un asesor de vestuario, clases de dicción, dos semanas con James Carville o George Stephanopolous, y Escalona se convierte no en un Bill Clinton pero si en un Rudolph Guiliani, parco, secto, directo, hacedor. Un Lavín de izquierda, de mejor presencia que Lavín, más asertivo y temerario, un hombre de estado. Un candidato formidable para el 2005, si sólo me hubiera hecho caso en eso de irse de intendente de la Novena Región.

El ex-diputado del distrito 27 (El Bosque y La Cisterna), líder indiscutible de la  Nueva Izquierda dentro del PS (los más duros), aprovechó el tiempo libre que ha tenido, desde que abandonó su puesto en la Cámara de Diputados para candidatearse en un fallido intento como senador por Santiago Poniente, para escribir un libro.  Y tiempo no le ha faltado. Después de llegar tercero, apenas con 4 mil votos más que la PC Gladys Marín, para colmo de males, y en parte por ser sindicado como responsable del retroceso electoral del PS, Escalona perdió la presidencia del PS en agosto de 1999.  Y aunque desde entonces ha sido el secretario general del partido (lo que demuestra que tiene peso y muñeca política), su participación en el quehacer y el debate político nacional disminuyó considerablemente.  Su libro, y el debut como conductor de un programa de debate han sido sus herramientas para mantenerse en el ojo público.

Una transición de dos caras: Crónica crítica y autocrítica, fue lanzado en el mes de mayo por la editorial LOM.  Y aunque no se esperaba que consiguiera el éxito de otros libros de la editorial –donde destaca notablemente el Chile Actual de Moulián,-- si se esperaban ciertas revelaciones y críticas fuertes a lo que han sido los dos gobiernos concertacionistas de Aylwin y Frei. También se esperaba alguna mención sobre asuntos que le merecieron fuertes críticas durante su gestión como diputado y presidente del PS. 

            Pero el libro no trae ni lo uno ni lo otro.  Hay mucha crítica, pero es repetitiva, desorganizada y excesivamente cuidadosa para no embarrar a ciertas personas y grupos.  Se fustiga a los dos gobiernos de la Concertación, pero no a la DC. Se critica la renovación excesiva, pero nunca a Ricardo Lagos. Y autocrítica, poquísima. En cierto modo el libro de Escalona comete el mismo error que él atribuye a la Concertación, pudiendo haber hecho mucho más, se conformó con tan poco.

En muchos aspectos, el libro pasa de ser una visión sobre los diez años, a discutir problemas de la coyuntura política de los días cuando Escalona estaba escribiendo. El fallecimiento del cardenal parece haberle influido mucho. Hay más referencias a Silva Henríquez que a Clodomiro Almeyda, líder del PS sindicado como influencia ideológica del ex-presidente PS.  Escalona se detiene incluso a mencionar a Frei Bolívar, quien para todos los efectos prácticos será sólo una nota al pie de página en los libros sobre el período Frei Ruiz-Tagle.

Y si las referencias coyunturales llevan a pensar que el libro es producto de un par de sesiones rápidas frente al computador, sin mayor trabajo de redacción, discusión y verificación de fuentes, hay un pasaje del libro que recuerda a Pierre Menard, el personaje de Borges que reescribe el Quijote. Escalona dice, en la página 111, “En Chile es sabido que en el período más duro de la Dina, Manuel Contreras, que era su jefe inmediato, entregaba un informe diario, personal y directo a Pinochet.”  Y luego, en la página 112, señala, “En Chile es sabido que en el período más duro de la Dina, Manuel Contreras, que era su jefe inmediato, entregaba un informe diario, personal y directo a Pinochet.”

Alguna referencia, explicación, apología o aclaración de sus actitudes y acciones como diputado y presidente del PS hubieran dado esa cuota de “autocrítica” que anuncia el título.  ¿Por qué no votó contra Severardo Jordán en la Cámara en aquella acusación presentada por la UDI por notable abandono de deberes? ¿Por qué insistió en ser candidato a senador por el PS comprometiendo así las posibilidades de su partido de mantener el número de diputados? ¿Cómo llegó a la presidencia del PS el 94, cuando Germán Correa fue nombrado ministro del interior? ¿Qué tipo de contactos tuvo con Clodomiro Almeyda cuando lo de Honecker en la embajada chilena en Moscú? ¿Cuántas veces entró clandestinamente a Chile durante la dictadura? ¿Dónde estaba él para la división del PS el 79? ¿En qué año y bajo qué circunstancias entró al PPD cuando éste era el partido orgánico? ¿Por qué el 89 fue candidato por la Concertación y no por el PAIS? ¿Creía el 97 que efectivamente podría salir senador? ¿Qué rol piensa tener en el gobierno de Lagos?

Pero de eso nada.  El libro no es crónica (ahí la barrera la dejó muy alta Ascanio Cavallo). Es crítico, pero no original. Las 170 páginas ni remplazan, ni mejoran lo que ya nos dijeron Moulián, Alfredo Jocelyn-Holt y Asacanio Cavallo sobre lo que pasó en el Chile de la transición, como interpretarlo y por qué después de diez años seguimos estancados en este proceso que parece más bien condición permanente. En fin, junto a las versiones de Lavandero, Valdés y la del mismo Aylwin, estos análisis críticos de los políticos chilenos pecan de ser demasiado predecibles y excesivamente cuidados, tímidos en la crítica, en fin, concertacionistas.

 

Patricio Navia

Nueva York 8 de julio de 1999