Las culpas de Juan Carvajal

Patricio Navia

Capital, #210, agosto 10, 2007

 

En un inmejorable contexto de crecimiento económico, empleo y disminución de la pobreza, las sospechas de responsabilidad por los bajos niveles de aprobación de Bachelet inevitablemente caen sobre su asesor comunicacional, el periodista Juan Carvajal. Si se arriesga a reinventar su imagen, Bachelet todavía puede evitar que su periodo pase a la historia como la conjugación de un día histórico (11 de marzo de 2006) y cuatro políticamente mediocres años.

 

Aylwin inició su gobierno con un 80% de aprobación y terminó arriba del 50%. Eduardo Frei comenzó con aprobación levemente inferior al 58% de votos que lo eligió. Su popularidad nunca pudo revertir la tendencia a la baja, pese al excepcional comportamiento de la economía. Cuando el país creció un 10% en 1995, sólo un 46% aprobaba su gestión. A fines de 1999, su aprobación era de 28%, mientras que el 45% rechazaba su gestión. La crisis económica de 1999 explica parte de la caída, pero Frei nunca logró que el dinamismo de la economía se tradujera en buena aprobación.

 

Lagos partió con una compleja luna de miel. El 43% de aprobación inicial reflejaba las dudas que despertaba el primer presidente socialista después de Allende. En diciembre de 2000, Lagos alcanzaba un 48,6% de aprobación. La economía había pasado de una recesión de 0.9% en 1999 a una expansión de 4,5% en 2000. Su aprobación se mantuvo en torno al 43% en los siguientes tres años. El enfriamiento de la economía causado por la crisis internacional post ataques del 9/11, los conflictos al interior de la propia coalición y los escándalos de corrupción de fines de 2002 debilitaron a Lagos. Pero los aciertos de su administración y la mejora en la economía le permitieron superar el 50% de aprobación en 2004. Su oposición a la guerra de Bush en Irak le ayudó. El excelente desempeño de la economía le llevó a terminar su mandato con niveles de 60%.

 

Bachelet también tuvo su luna de miel. En abril de 2006, la encuesta ADIMARK le daba un 61,2% de aprobación. La revolución pingüina hizo caer su popularidad al 43%. Pero para diciembre, su aprobación había subido al 54,3%. El Transantiago la golpeó duramente. En marzo, su aprobación había bajado al 45,9%. En junio de 2007 bajó a 43,1%, en línea con los resultados de la encuesta CEP (41%). Como intentó desligarse del Transantiago (un instinto le decía que no había que hacerlo), Bachelet no se beneficiará con las mejoras que experimente el sistema.

 

Los errores no forzados de la administración han repercutido negativamente en su popularidad. Las buenas cifras económicas no han bastado para revertir la tendencia. Ahora, Bachelet no puede esperar que su popularidad se recupere con una mejora en el desempeño económico. Debe buscar por otros lados. Los dos cambios de gabinete realizados no han logrado producir orden en su coalición. Pero una coalición desordenada no tiene por qué repercutir negativamente en la aprobación de la Presidenta.  Bachelet no ha sido capaz de separar aguas de los conflictos en la Concertación. De hecho, a menudo se percibe que son los propios errores de La Moneda los que instigan dichos conflictos.

 

Cuando el gobierno no funciona, la simpatía personal sirve de poco. Sólo la mitad de los chilenos creen que su Presidenta cuenta con liderazgo. Pero al analizar las decisiones y prioridades de gobierno, resulta difícil identificar errores evidentes en la adopción de políticas públicas. Pese a sus problemas, los santiaguinos siguen creyendo en el Transantiago. Los actores económicos siguen apostándole al país. Hay más empleo y la economía está saludable. Si bien el gobierno comete muchos errores no forzados, las leyes aprobadas han tenido más aciertos que errores.

 

Por eso, el problema de Bachelet es esencialmente de imagen. Su estilo de liderazgo se agotó. Ya no convence. Bachelet tiene que pasar de ser la mujer cercana a ser la figura presidencial con autoridad. Debe dejar de ser la pediatra para convertirse en la hija del general. Necesita un remake de imagen. Así como no dudó en sacrificar a su ministro de transportes cuando envió la señal que se harían reformas profundas al Transantiago, Bachelet ahora debe ahora reclutar un nuevo asesor de imagen. El imprescindible y esperado cambio de gabinete servirá de poco si Bachelet no cambia también su estilo de liderazgo y su imagen presidencial. 

 

Cuando la economía anda bien, el desempleo es bajo y el país pasa por un buen momento, los presidentes debieran ser populares. Para rescatar lo que queda de su mandato, Bachelet debe reformular su imagen pública. La construcción de su legado depende de su capacidad para reinventar su desgastado liderazgo.