De pobreza a vulnerabilidad

Patricio Navia

Revista Capital, #207, junio 29, 2007

 

Precisamente porque el país ha logrado avanzar decididamente en la reducción de la pobreza y la indigencia, corresponde concentrarnos en reducir la población en situación de vulnerabilidad. Sería un grave error que el gobierno y la oposición se enfrascaran en discusiones estériles sobre cuánto se ha avanzado en reducir la pobreza. La Concertación se merece elogios por los avances logrados. Pero el gobierno también debiera asumir el desafío mucho más complejo de combatir el temor a la pobreza que todavía acecha los hogares de millones de chilenos.

 

Corresponde reconocer el mérito de la Concertación de haber logrado reducir la pobreza de un 38,6% en 1990 a un 13% en 2006. Es verdad que ésta empezó a bajar durante los últimos años de la dictadura y que su avance fue posible gracias a que la Concertación le dio un rostro humano al modelo económico. También es cierto que el crecimiento económico explica buena parte de esta reducción. Pero al final del día, la pobreza bajó bajo la Concertación. Y esa coalición quedará asociada para siempre con ese éxito. Hoy, sólo uno de cada 8 chilenos vive en condición de pobreza.

 

Algunos en la Alianza, en vez de celebrar los avances, prefieren negar las cifras. Grave error. La estrategia debiera ser exigir más y convocar a soñar con cosas aún más grandes. Ahora que el nivel de pobreza se acerca a un sólo dígito, su virtual eliminación (a través de los subsidios del estado y de una tasa de crecimiento saludable) es una realidad posible. En tanto los niveles de pobreza se mantengan en un dígito, podríamos incluso hablar de una enfermedad controlada. Así como el empleo universal no supone desempleo cero, la eliminación de la pobreza nunca podrá suponer pobreza cero.

 

En el mundo, para estandarizar la medición de pobreza, se utiliza los indicadores de ingresos de $1 y $2 dólares por día. En Chile, el nivel de pobreza urbana es de $47 mil (casi 3 dólares por día), mientras que el rural es de $31 mil (poco menos de 2 dólares por día).  De acuerdo a criterios internacionales, la pobreza en Chile es todavía más baja que el 13% informado recientemente por la encuesta CASEN.  Pero los países desarrollados tienen indicadores alternativos de pobreza. Mientras más se desarrolla el país, más exigente es la sociedad respecto a qué constituye salir de la pobreza. Es el momento de que Chile avance en esa dirección.

 

En lugar de redefinir nuestro indicador de pobreza (porque igual queremos ser capaces de compararnos en el tiempo y con otros países), debiésemos diseñar un indicador de vulnerabilidad social. Aquellos que perciben ingresos sólo marginalmente superiores al nivel de pobreza, cuya precariedad de empleabilidad (más que precariedad de empleo) y/o cuyo reducido patrimonio familiar los pone en riesgo de caer en pobreza son también víctimas de la pobreza. El fantasma de la pobreza todavía acecha a millones de chilenos que no están en el grupo del 13% de pobres. Ellos están en situación de vulnerabilidad.

 

Afortunadamente, tanto los expertos como el gobierno ya usan ampliamente el concepto de vulnerabilidad. MIDEPLAN ha avanzado decididamente en introducir la noción en el debate público. Pero es hora de establecer un indicador que permita medirlo porcentualmente. Mejor aún, ya que este indicador se puede construir a partir de los mismos datos obtenidos en la encuesta CASEN, podremos medir también la evolución histórica de la población vulnerable. Es posible que esta población haya aumentado a la par con la disminución de la pobreza. Así como muchos ex pobres son ahora población vulnerable, muchos otros se pueden haber mantenido en condición de vulnerabilidad durante estas dos décadas de gobierno concertacionista. Evidentemente es mejor estar en condición de vulnerabilidad que ser pobre, así como es mejor ser pobre que ser indigente.

 

El gobierno no debería tener miedo a construir un indicador de vulnerabilidad y transparentar los datos. Al hacerlo, podría poner un nuevo desafío sobre la mesa y aprovechar su justificado discurso exitista sobre la superación de la pobreza para marcar diferencias con la Alianza. Así como pudo reducir la pobreza, la Concertación puede alegar ser más capaz de reducir los niveles de vulnerabilidad. La decisión estratégica de plantearnos nuevos desafíos de país no debiera esperar. Porque el país ha sido capaz de reducir la pobreza hasta casi un dígito, corresponde evitar la autocomplacencia. Más que dormirnos en los laureles, tenemos que animarnos a soñar con algo mucho más grande y ambicioso, reducir el número de chilenos para quienes la pobreza pasó de ser una realidad cotidiana a ser un fantasma que todavía acecha.