El ¿qué hacer? de George W. Bush

Patricio Navia

Revista Capital, #193, noviembre 17, 2006

 

La inapelable derrota de los republicanos en la contienda electoral de mitad de periodo es tan dolorosa como confusa para el Presidente Bush. A menos que logre descifrar el mensaje del electorado, Bush desperdiciará sus últimos dos años en la Casa Blanca.

 

Aunque es común que el partido del presidente pierda escaños en la elección de mitad de periodo, la magnitud de la reciente derrota republicana es solo comparable con la sufrida por los demócratas en 1994, dos años después de iniciada la presidencia de Bill Clinton. Al igual que en 1994, la única lectura posible es que la victoria demócrata constituye un enorme voto de rechazo al liderazgo presidencial. Si bien los demócratas finalmente celebraron una victoria (después de las consecutivas derrotas de 2000, 2002 y 2004), el verdadero responsable de los resultados fue George W. Bush. Pese a no tener un mensaje cohesionado claro, los demócratas se favorecieron del voto de protesta del electorado estadounidense contra su desprestigiado presidente.

 

Pero toda derrota se puede convertir en una oportunidad para corregir rumbo. Al menos, Bush sabe que los demócratas no lograron encantar al electorado con propuestas concretas. La pelota está todavía en la cancha del ocupante de la Casa Blanca. Es verdad que ahora todo será más difícil al tener la Cámara de Representantes—y tal vez el Senado—en su contra. Pero Bush todavía puede retomar el control de la agenda y convertir sus últimos dos años en un periodo productivo. Eso le ayudará a rescatar su legado y, más importante aún, será tremendamente beneficioso para Estados Unidos, el país más poderoso del mundo.

 

Desafortunadamente para Bush, el voto de protesta fue mucho más un reclamo que una señal sobre cuál debe ser el nuevo rumbo. En los próximos días podremos ver qué pasos concretos dará la Casa Blanca para responder al confuso mensaje del electorado.

 

El Presidente Bush puede optar por extender a los demócratas una invitación para compartir las responsabilidades de un buen gobierno. Porque necesita de la concurrencia de los demócratas para su agenda legislativa, Bush puede adoptar las posiciones moderadas que alguna vez prometió y dejar atrás esa actitud resulta y soberbia que lo caracterizó desde el 11 de septiembre de 2001. Si lo hace, compartirá con los demócratas los beneficios de la aprobación ciudadana. Hay un par de áreas donde la colaboración bipartita puede producir resultados inmediatos positivos. Una nueva ley de inmigración que introduzca visas temporales de trabajo—versión que por cierto ya había aprobado el Senado—puede ser el primer paso para demostrar que la Casa Blanca quiere colaborar con los demócratas. Algunas medidas para reducir el déficit fiscal (a través de reducción de gasto y también eliminación de algunas de las excesivas reducciones de impuestos recientemente) son también posibles puntos de encuentro. Menos probable resulta pensar que Bush se podrá poner de acuerdo con los demócratas en cómo manejar la ocupación estadounidense de Irak o cómo diseñar políticas que combatan el terrorismo en el mundo sin alienar a aquellos que sienten resentimiento hacia Estados Unidos.

 

Pero Bush también podría querer optar por ignorar el voto de rechazo de la población y renunciar a la posibilidad de trabajar con los demócratas en los próximos dos años. Sin duda, muchos demócratas preferirán privar a Bush de logros concretos en los próximos años. Porque creerán que es más fácil recuperar la Casa Blanca si las cosas todavía se complican más para la administración republicana, varios líderes demócratas quieren negarle la sal y el agua a Bush. Ni Bush ni el liderazgo demócrata deberían dejarse engañar por esa estrategia confrontacional. Todos pierden cuando hay inmovilidad por empate entre el Congreso y la Casa Blanca.

 

Bush necesita descifrar cuidadosa y hábilmente el confuso mensaje que envió el electorado en esta elección de mitad de periodo. Pero mientras lo hace, debería comenzar por enviar señales claras a los demócratas invitando a la negociación y el trabajo conjunto. Los primeros que demuestren habilidad para entender que el electorado rechaza los extremos y favorece la moderación serán los que más beneficios electorales obtengan en la carrera que ya se inició para la próxima elección presidencial estadounidense. Porque tanto demócratas como el presidente se pueden favorecer de una estrategia de cooperación, Bush debiera construir puentes hacia la oposición. De lo contrario, la victoria demócrata del 2006 pasará a la historia como el día en que efectivamente se terminó el periodo de George W. Bush en la Casa Blanca.