Una polémica inútil

Patricio Navia

Revista Capital, #186, agosto 11, 2006

 

El acalorado debate sobre el voto de Chile para el próximo representante de América en el Consejo de Seguridad de la ONU subraya la necesidad de nombrar, de una vez por todas, a expertos a cargo de las relaciones exteriores de Chile.

 

A fines de año se renueva uno de los dos representantes continentales en el Consejo de Seguridad. Al completar su periodo de dos años, Argentina debe ser reemplazada. El otro representante no permanente de la región, Perú, termina su periodo el 2007. Cuando ocupó un escaño en 2003-2004, Chile se vio obligado a pronunciarse respecto a la intención estadounidense de invadir Irak. La defensa de la legalidad de las instituciones internacionales así como la independencia frente a Estados Unidos mostradas por Chile le dieron una enorme legitimidad al entonces Presidente Lagos.  

 

Hoy, Venezuela quiere entrar al Consejo de Seguridad en el periodo 2007-2008. Pero ya que se ha convertido en su adversario, Washington quiere evitarlo. La diplomacia estadounidense ha realizado (hasta el momento inútiles) esfuerzos para lograr levantar a Guatemala como alternativa. Otros países, como Chile, han hablado de buscar un candidato alternativo de consenso. Pero ya que Venezuela ha logrado amarrar el apoyo de un número suficiente de países de la región—incluido MERCOSUR— es muy difícil pensar en otro candidato de consenso.

 

Comprensiblemente, ninguna de las opciones parece muy atractiva. Guatemala es un gobierno democrático, pero demasiado dependiente de Estados Unidos. Ese país no ha querido ratificar la Corte Penal Internacional y posiblemente sería un voto incondicional de Washington. Venezuela en cambio es adversario declarado de Estados Unidos y amigo de demasiados dictadores y gobiernos autoritarios. Aunque ha ganado elecciones, el Presidente Chávez tiene cuestionables credenciales democráticas. Sus impulsos y prácticas autoritarias no son compatibles con la democracia que Chile promueve y defiende.  

 

Pero la decisión sobre a quién apoyar no debe ser confundida con una evaluación sobre la calidad de la democracia en los países candidatos. Chile debe decidir de acuerdo a sus intereses estratégicos. En ese contexto cabe la discusión sobre qué nos conviene más. Hay buenos argumentos para votar a favor y en contra de Venezuela. Pero esa discusión no debiese convertirse en excusa para debatir cuál es la política exterior que queremos adoptar como país. Aunque la ausencia de una política exterior definida y clara respecto a nuestros vecinos lo convierta en una buena excusa para debatir sobre cómo definirnos en esta difícil, volátil y compleja región, ese voto no debiera ser tan importante. La relevancia que ha tomado el debate subraya fundamentalmente la ausencia de una política exterior clara y coherente con nuestros principios e intereses. 

 

Esa falta de visión en política exterior no debiera sorprendernos. La Concertación nunca ha hecho de la política exterior una cuestión tan prioritaria como la política económica. Ningún presidente de la Concertación se atrevería nombrar a un experto en relaciones internacionales (pienso en Heraldo Muñoz o Mariano Fernández) en Hacienda. Pero todos se han atrevido a poner a novicios en Cancillería. Aylwin nombró a Silva Cimma, que ni siquiera hablaba inglés, por amistad. Frei nombró primero a Figueroa, tampoco docto en asuntos extranjeros (aunque después puso a Insulza y J.G. Valdés, los ministros mejor preparados en asuntos internacionales que hemos tenido en los últimos años). Por presión política, Lagos nombró a Alvear, que tampoco hablaba inglés ni tenía la preparación adecuada para ser canciller. Al final, para mantener el cupo en la DC, Lagos decidió nombrar a Walker, quien habla inglés, pero no era especialista en relaciones exteriores. Finalmente, Bachelet optó por nombrar a Foxley, brillante ex ministro de hacienda y ex senador que conoce el mundo y es un campeón de la globalización, pero su fuerte no está en la diplomacia.

 

No debiera sorprendernos que Chile haya sido incapaz de desarrollar una política exterior coherente y sofisticada. Tampoco que no hayamos podido convertirnos en actor regional relevante. La Concertación nunca ha priorizado las relaciones internacionales. Cancillería ha pasado demasiados años en manos de novicios en política exterior. Nuestra incapacidad para desarrollar una política regional coherente, innovadora y consecuente con nuestro compromiso con la democracia y el libre mercado se debe en parte a las dificultades que presenta la región pero también es producto de la poca voluntad para poner a expertos a dirigir la política exterior chilena.