El oficio de columnista

Patricio Navia

Capital, #185, Julio 28, 2006

 

Porque nadie estudia para ser columnista, el oficio de comunicar ideas y mensajes en artículos cortos (nunca más de 600 palabras) se aprende fundamentalmente con práctica. Pero si las columnas no provocan reflexión en los lectores (aun si es para buscar argumentos que rebatan lo que allí se plantea), los columnistas no están haciendo bien su trabajo. Además, si bien cualquier provocador puede llamar temporalmente la atención, la profesión de columnista requiere una constancia y una disciplina que hace que los únicos capaces de influir en este oficio sean los más pacientes y los más perseverantes. A diferencia de los artistas –por cierto que la mayoría de los géneros literarios son arte– los columnistas se miden mucho más por el promedio de calidad de su producción que por celebrados aciertos ocasionales. Aunque algunas sean mejores que otras, ninguna columna es responsable de que un columnista deje huella. Así como ocurre con los actores de teatro, a los columnistas se les mide por su carrera más que por una actuación brillante.

Decálogo de columnista
El desafío de todo columnista se puede dividir en tres partes. Primero, hay que tener algo novedoso, medianamente inteligente y preferentemente provocador que decir. Segundo, hay que saber ordenar los argumentos en forma clara, simple y estructurada (los títulos deben ser llamativos, aunque no sean estrictamente exactos). Finalmente, hay que tener ciertas habilidades técnicas de buena pluma. Este último punto no es trivial. La técnica sí importa. Se deben privilegiar las oraciones cortas, los adjetivos acotados, los sustantivos precisos, los verbos exactos, el uso limitado de modismos, los datos precisos y (por sobre todo) reducir al máximo las citas a pensadores famosos. Todo buen columnista evita insultar la inteligencia de sus lectores (“como bien nos enseñó Tucídides…” o “Chile y Bolivia tienen un problema que se arrastra desde 1879”). Pero todo buen columnista sí busca provocar a sus lectores a pensar sobre un problema conocido desde una perspectiva distinta que sea además convincente.
Para poder tener influencia, hay que satisfacer adecuadamente esos tres requisitos y hay que resistir a las tentaciones. El columnista escribe para todos los lectores, no para los críticos. Pero el columnista tampoco debe escribir para los amigos. Los buenos amigos no se molestarán nunca (demasiado) con una columna bien escrita y bien fundamentada. Los que se molestan es porque no son buenos amigos. Ahora bien, los lectores quieren que el columnista tenga la independencia –pero también la falibilidad– de los árbitros. Los columnistas deben ser apasionados con las ideas, pero fríos con los sentimientos. Uno puede decir por quién vota y qué colores políticos tiene, pero cuando un columnista hace proselitismo por un partido o un candidato, sin incluir además merecidas críticas, la renuncia a la independencia y a la autonomía cuesta caro.
Un buen columnista escucha a sus críticos, pero no reconoce públicamente su existencia. No hay peor estrategia que dedicar una columna a contestar cartas de lectores. Porque los lectores tienen derecho a réplica, tampoco resulta conveniente enfrascarse en guerra de cartas al director. Por cierto, ocasionalmente, algunos críticos intentan descalificar a los columnistas como “opinólogos”. Naturalmente, al adjetivar a un columnista, esos críticos están siendo ellos mismos opinólogos. No hay peor estrategia para un columnista que bajarse de ese privilegiado púlpito desde donde los editores y directores de medios nos permiten predicar a los cuatro vientos. Los columnistas somos, también, pequeños dioses. No corresponde bajar desde ese inmerecido y temporal olimpo para enfrentarse a viva voz con los mortales que no tienen ese privilegio de ocupar páginas en los medios. El mercado cruel se encargará de hacer desaparecer a los columnistas cuyas opiniones no produzcan la adecuada mezcla de reacciones positivas y negativas. Por eso, no hay mejor aliado de un columnista que sus disciplinados críticos que continuamente envían cartas al director.

La historia personal
Ya que nadie estudia para columnista, inevitablemente casi todos hemos empezado a escribir por algún golpe del destino. En mayo de 1999, cuando cursaba estudios doctorales en ciencias políticas en New York University, asistí a una conferencia sobre escritura en inglés en América latina y escritura en español en Estados Unidos que organizó Andrés Velasco, a la sazón profesor de economía y director del Centro de Estudios Latinoamericanos de NYU. Entre los invitados estaba el novelista chileno Alberto Fuguet. En el cóctel posterior me acerqué a Fuguet y le comenté que yo había escrito una crítica a su novela Tinta roja. Me pidió que se la enviara y me preguntó dónde la había publicado. “En ninguna parte”, le dije, “solo en mi página web, que no lee nadie.” Igual que un pintor o un músico que empiezan a crear porque les gusta (sin pensar mucho, inicialmente, en sus posibles consumidores), la gente que escribe lo hace porque le gusta. Días después de leer mi crítica (que por cierto, al igual que todas mis columnas, tengo a disposición pública en http://homepages.nyu.edu/~pdn200/), Fuguet me invitó a enviar algunas reseñas a la revista Capital, donde él era editor de la sección Mundo. Yo apenas conocía la revista, pero me fascinó la idea de que por fin alguien leyera mis escritos.
Debuté en Capital en septiembre de 1999. Comenté un libro de Camilo Escalona (Una transición de dos caras). Y aunque inicialmente mi misión era escribir las críticas de libros, mi preferencia por la política quedó en evidencia cuando me dediqué a comentar tamañas obras literarias como Travesía del desierto de Andrés Allamand, Chile, la transición interminable de Luis Maira y Memorias privadas de un hombre público de Enrique Silva Cimma. Aprovechando la excusa de los libros, hacía crítica política. Dije, por ejemplo, que “el libro de Escalona comete el mismo error que él atribuye a la Concertación, pudiendo haber hecho mucho más, se conformó con tan poco”. Ocasionalmente, escribí análisis políticos en ediciones especiales. Un celebrado análisis del primer gabinete de Lagos en marzo del 2000 me granjeó muchos elogios. Además de anticipar el triunfo de Insulza sobre Claudio Huepe y Alvaro García, sugerí que Bachelet “si maneja bien sus cartas y se asesora adecuadamente, puede convertirse en la Alvear del PS”.
Héctor Soto, editor de Capital, tuvo la sensatez de sacarme de la página de libros y se arriesgó ofreciéndome el puesto permanente de columnista cuando la revista comenzó a salir cada dos semanas a mediados de mayo de 2001. Desde entonces no he fallado nunca en enviar mis columnas cada dos semanas. En total, Capital me ha publicado 157 columnas (incluida esta) en los casi siete años que llevo escribiendo en la revista. Si bien mi producción en La Tercera ha sido más prolífica (240 columnas en cinco años, 51 en lo que va de 2006, incluido Que Pasa), en Capital estoy obligado a hacer análisis que escapan de la coyuntura. Ya que hay que entregar las columnas diez días antes de que salga la revista, hay que escribir sobre temas cuya relevancia esté asegurada para un par de semanas.

Ideología
Los columnistas tenemos que tener nuestra ideología. Un columnista sin ideología es un opinólogo. Si bien nuestra tarea es analizar lo que ocurre, los columnistas también defendemos posturas y avanzamos causas. Los columnistas no son neutrales cuando intentan explicar el mundo.
Si bien se podría decir que estoy a la izquierda de la lectoría promedio de Capital, en tanto me declaro concertacionista, mi defensa del libre mercado y del capitalismo como mejor forma de asignación de los recursos es también conocida. Además de defender un estado pequeño pero musculoso que ayude a emparejar la cancha y avance para proveer igualdad de oportunidades, me parece de vital importancia asegurarnos que el estado adopte políticas que promuevan la competencia y desincentiven la formación de monopolios, oligopolios y carteles. Los gobiernos tienen que ser más pro-mercado que pro-negocios. No hay mejor aliado de los pobres que la igualdad de oportunidades. No hay mejor Estado que aquel que se dedica a emparejar la cancha para reducir la desigualdad de condiciones en que actualmente competimos todos.
Si bien tenemos ideología, los columnistas no podemos devenir en proselitistas. Lo nuestro, después de todo, no es una misión. Por cierto, tampoco es un arte. Un buen columnista entiende que su trabajo es, ni más ni menos, un oficio.