Los primeros 100 días: El fin o los medios

Patricio Navia

Revista Capital #182, junio 15, 2006

 

Cuando se apresta a cumplir sus primeros cien días en La Moneda, Michelle Bachelet ha dado que hablar más por su estilo de gobierno que por las medidas implementadas. Pero ya que el éxito de los gobiernos se mide más por las realizaciones que por los estilos, la primera presidenta de Chile ha errado el camino al preocuparse más de los medios que del fin. Ya que aunque sea meritorio intentar modernizar el estilo de hacer política, los legados se construyen con reformas y leyes concretas.

 

Bachelet se convirtió en candidata cuando su atractiva personalidad dejó en el camino a otros concertacionistas que se habían preparado mucho más para ser presidentes. La doctora Bachelet tenía tal encanto que ninguno de los otros aspirantes logró cortarle el paso. La buena situación económica y el espíritu generalizado de “buena onda” que rodeó su toma de posición contribuyeron a que su aprobación inaugural fuera marcadamente alta. Pero a partir de las protestas estudiantiles de mayo, la buena onda se disipó y la romántica luna de miel dio paso a manifestaciones y violencia en las calles, y a cuestionamientos y dudas en los pasillos de los poderes fácticos. La aprobación presidencial comprensiblemente cayó y la Presidenta salió a dar un tardío y poco efectivo golpe de autoridad, leyendo un desafortunado y desubicado decálogo a sus colaboradores antes de partir a Estados Unidos.

 

Ahora que ha regresado, y que la movilización estudiantil ya perdió fuerza (más por errores de los propios estudiantes que por aciertos del gobierno), Bachelet tiene una inmejorable oportunidad para comenzar de nuevo su gobierno. Por cierto, todos los presidentes comienzan sus periodos cometiendo errores similares. La confusión respecto a cuáles son sus fortalezas personales y quiénes son las mejores personas para integrar los equipos de gobierno siempre aparecen en los primeros meses de gobierno. Pero la diferencia entre los presidentes que dejan un gran legado y los que pasan a la historia sin pena ni gloria está en la capacidad de enmendar errores y corregir rumbos. Aquellos mandatarios que entienden cómo y cuándo hacerlo despegan siempre hacia memorables periodos en el poder. Aquellos que insisten en seguir con sus modelos de gobierno errados y no son capaces de ajustar las piezas de asesores y ministros en el tablero nunca logran construir un legado que sea recordado con cariño, admiración y respeto.

 

Bachelet sabe que ya tiene un lugar asegurado en la historia al ser la primera Presidenta. Pero su legado todavía puede ser mucho más fructífero y diverso. Aunque si no se apura en corregir rumbo, no podrá luchar contra la percepción que su logro más importante lo alcanzó para llegar al palacio de gobierno y no desde La Moneda. Si bien era comprensible ceder inicialmente a la tentación a mantener una administración ordenada que hiciera contribuciones significativas (pero sin el espíritu fundacional del sexenio Lagos), las protestas estudiantiles han dejado tempranamente el balance sobre los logros y fracasos del gobierno en números rojos. Ya no basta mantener el buque en la ruta forjada por el ex Presidente Lagos. Si quiere que el suyo sea un gobierno triunfador que tenga un legado positivo, Bachelet debe sumar triunfos y evitar fracasos. Aunque Bachelet mantenga una alta adhesión personal, las dudas sobre la efectividad de su gobierno se han instalado en la opinión pública. Ella ha señalado que el suyo será un gobierno corto. Dada la seguidilla de errores recientes, algunos pesimistas ya comienzan a sentir que este cuatrienio se está haciendo demasiado largo.

 

Para contrarrestar esa percepción y fortalecer la idea que su gobierno tendrá más aciertos que errores, Bachelet debe evitar confundir su popularidad personal con la evaluación sobre los logros de su gobierno. La experiencia del mandatario mexicano Vicente Fox debiera ser iluminar a la Presidenta chilena. Fox se convirtió en el primer presidente en 70 años que no militaba en las filas del PRI. Su enorme popularidad lo catapultó a la primera magistratura. Pero su gobierno no será recordado como uno profunda y positivamente transformador. La economía creció a tasas mediocremente moderadas. Aunque la disciplina fiscal fue loable, las oportunidades políticas para impulsar profundas y necesarias transformaciones no fueron adecuadamente aprovechadas. Incapaz de formar y mantener alianzas, Fox nunca logró tener apoyo mayoritario en el Congreso. Muchas de las reformas que prometió en campaña, e intentó impulsar desde el palacio de Los Pinos, simplemente fracasaron.

 

Pero Fox mantuvo una enorme popularidad personal. Aunque los mexicanos expresan hoy su disconformidad con los logros del gobierno, la adhesión a Fox sigue siendo considerablemente mayoritaria. La gente aprecia su honestidad y sus buenas intenciones, pero no lo ven como un líder que haya transformado radicalmente el país más allá de su logro inicial de terminar con 70 años de poder político del PRI. Cuando comenzó su periodo, Fox tenía una aprobación cercana al 70%. Aunque tuvo una importante caída a fines del 2001, Fox logró recuperar sus buenos niveles de adhesión el 2002. Después de eso, nunca volvió a caer. Hoy prepara su alejamiento con un nivel de aprobación cercano al 60%. Fox deja el poder como un presidente popular que lideró un gobierno mediocre.

 

Bachelet debe evitar que su gobierno siga el mismo camino. Es verdad que ya aseguró su lugar en la historia. Es más, su simpatía y honestidad personal probablemente contribuyan a que mantenga niveles de popularidad altos durante su mandato. Pero Bachelet debe entender que lo suyo debe ser liderar un gobierno capaz de realizar las necesarias transformaciones que Chile necesita hoy. Para eso, la Presidente debe centrarse en los contenidos de sus políticas y en la efectividad de sus estrategias más que en el estilo de hacer política. Por cierto, la obsesión de Bachelet por promover la democracia participativa responde a una preocupación razonable. Ella ha argumentado que los médicos deben involucrar a los pacientes para que los tratamientos a las enfermedades sean exitosos. Pero la democracia participativa no puede reemplazar las falencias de la democracia representativa. La existencia de mecanismos de control adecuados y de transparencia en la forma de hacer gobierno, la profundización y mejoramiento de los métodos de nominación de candidatos y del sistema electoral que determina a quiénes nos representarán en el legislativo es mucho más importante que la innovación mecanismos de democracia participativa. Más que cambiar los medios, Bachelet debe perfeccionar el sistema de democracia representativa para que Chile pueda avanzar, a través de reformas impulsadas por su administración, en el sendero de más desarrollo económico y justicia social.

 

Al cumplir sus primeros cien días, Bachelet debe reconocer que ha equivocado el camino al enfatizar más los medios (la democracia participativa por sobre una mejor democracia representativa) que el fin (un país más desarrollado con más justicia social). Si corrige pronto la hoja de ruta y cambia sus prioridades, el suyo podrá ser un gobierno exitoso. Aunque no pasa hoy por su mejor momento, Bachelet todavía puede ser recordada por las profundas transformaciones que realice en estos cuatro años y no sólo por ser la primera mujer que portó la banda presidencial.