Haití y Bachelet, dos años después

Patricio Navia

Revista Capital, #175, marzo 10, 2006

 

Una de las tareas inconclusas de este sexenio es la permanencia de las tropas chilenas en Haití. Porque en su momento el Presidente Lagos, su Ministra de Defensa Michelle Bachelet y el líder de la oposición Joaquín Lavín cosecharon beneficios políticos de corto plazo con el envío de tropas, los chilenos nunca fueron debidamente informados sobre las metas y plazos de esta misión. Pero como la responsabilidad por la presencia de las tropas en Haití es compartida por la Alianza y la Concertación, no queda otra que aceptar que la presencia de las fuerzas armadas chilenas en Haití durará por buena parte del cuatrienio de Bachelet.

 

Cuando el inepto, pero democráticamente electo, Presidente Jean Bertrand Aristide fue obligado por la presión de Estados Unidos y Francia a renunciar el 29 de febrero del 2004, el gobierno del Presidente Lagos se apuró en aprovechar la ocasión para demostrarle a Washington que Chile era un socio confiable en la región. Porque comprensiblemente se había opuesto a legitimar con su voto en el Consejo de Seguridad de la ONU la determinación estadounidense de invadir a Irak, Lagos aprovechó la crisis en Haití para enviar una señal elocuente de amistad a su par estadounidense. Aunque siempre hubo sospechas sobre la legitimidad del derrocamiento, Lagos insistió en que tenía sentido apoyar la renuncia de Aristide para intentar implantar un nuevo régimen democrático. Emulando el argumento sobre el golpe de estado en Chile, Lagos validó la tesis que a veces hay que terminar de destruir una democracia que funciona mal para poder construir una nueva. Es verdad que Aristide había demostrado poco respeto por la democracia y que el descontento con su gestión era mayoritario. Pero lo mismo se podía decir de Allende en 1973. La renuncia forzada de un presidente, igual que un golpe militar, constituye una interrupción ilegítima del mandato popular. Y si bien es mejor tener tropas de paz de la ONU que militares, la remoción forzada de un gobierno democráticamente electo debe ser sólo un recurso de última instancia. Al legitimar la salida forzada de Aristide, Lagos legitimó una práctica que no engalana su personal trayectoria democrática.

 

Aunque hubiera tenido sentido que la izquierda concertacionista cuestionara a Lagos, el hecho que la Ministra de Defensa entonces fuera Michelle Bachelet ayudó a acallar cualquier crítica desde ese sector. Porque ganar La Moneda era más importante que defender principios democráticos, el socialismo chileno apoyó abiertamente una nueva intervención militar estadounidense en América Latina. Es cierto que la presencia de la  ONU legitimó la ocupación militar en Haití, pero el rápido apoyo de Chile al derrocamiento inmediatamente ayudó a acallar las razonables críticas de los líderes del Caribe. Ni el PS ni Bachelet demostraron suficiente respeto por el mandato popular de los haitianos.  

 

Pero cualquier crítica que pudiera haber emanado de la oposición derechista fue rápidamente neutralizada por la irresponsable decisión del entonces líder del sector, Joaquín Lavín, de viajar a Haití en abril del 2004 junto a la vedette Marlene Olivarí. Aparentemente preocupado sólo de su presencia en los medios, Lavín fue incapaz de entender que al viajar a Haití le estaba entregando un seguro contra todo evento al gobierno de Lagos. Después del viaje de Lavín resultaba imposible que la Alianza se opusiera creíblemente a la presencia de tropas chilenas. Es cierto que recientemente hemos escuchado a senadores de la UDI pedir el retiro de las tropas, pero la legitimidad que Lavín le dio a nuestra presencia militar en Haití es suficiente para acallar esas críticas. Por cierto, preocupada de los beneficios políticos de corto plazo, la derecha todavía parece no entender que la consecuencia en las posiciones políticas es lo que demuestra capacidad de garantizar gobernabilidad. Si Lavín apoyó la presencia de las tropas chilenas en Haití, la UDI debe optar entre guardar conspicuo silencio o desautorizar la posición de su (¿ex?) líder.

 

Ahora que la ex ministra de defensa (que entonces apoyó con entusiasmo el envío de tropas a Haití) llega a La Moneda, le corresponde asumir su promesa de campaña. Con la candidez que la caracteriza, debe aclarar las metas y los plazos de la presencia de las tropas chilenas en Haití. Ahora que corresponde decidir el futuro de las tropas chilenas en Haití Bachelet tiene una gran oportunidad para demostrar que el suyo será un gobierno que haga las cosas de cara a la ciudadanía.