El mejor momento de Lagos

Patricio Navia

Revista Capital 167, octubre 21, 2005

 

Aunque muchos señalan que el momento clave para el éxito de su sexenio fue el acuerdo con el presidente UDI Pablo Longueira para la reforma del estado y el financiamiento de la política, hay evidencia que sugiere que la oposición de Lagos a la guerra en Irak también tuvo mucho que ver con el brillante despegue del presidente en la segunda mitad de su mandato.

 

Aunque el objetivo de su reciente libro es otro, Heraldo Muñoz también alimenta con varias anécdotas el debate sobre las razones que explican por qué Lagos pasó de ser un presidente en problemas a convertirse en un mandatario incuestionable exitoso y tremendamente popular. En Una guerra solitaria, el actual embajador de Chile ante la ONU discute algunos detalles inéditos y otros poco difundidos sobre el papel que jugó Lagos en las frustradas negociaciones en la ONU para evitar la invasión unilateral de Estados Unidos a Irak. Muñoz, que fue Subsecretario de Relaciones Exteriores (2000-02) y Ministro Secretario General de Gobierno (2002-03), ha sido un cercano aliado y colaborador de Ricardo Lagos desde hace 30 años. La experiencia y el conocimiento que posee en temas de política internacional, y su cercanía con el Presidente, le han permitido  construir una narrativa documentada, completa e informada sobre los tejes y manejes que rodearon la negociación internacional a fines del 2002 y comienzos del 2003.

 

Aunque el libro representa lectura fascinante para todos aquellos interesados en la evolución del conflicto en Irak y sin duda será material de referencia histórica para los análisis internacionales sobre cómo se podría haber evitado la guerra, las implicaciones que tiene para explicar el sexenio de Lagos no debieran ser ignoradas. La determinación que mostró Lagos para defender los principios de la legalidad internacional y dotar de fuerza moral y legal a las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU ha sido correctamente reconocida. 

 

Pero el efecto que esa postura tuvo en la forma en que los chilenos evaluaban su gestión no ha sido debidamente ponderado. El Presidente Lagos terminó su primer año con un nivel de aprobación (medidos en encuestas del Centro de Estudios Públicos) de 48%. A fines del segundo año, su aprobación había caído al 44%. A fines del 2002, su aprobación estaba en 41%. Para junio del 2003 la tendencia a la baja se había revertido. La aprobación de Lagos estaba en un 46%. Desde allí se siguió recuperando hasta llegar al 60% de las últimas mediciones. Aunque el desempeño económico del país tiene algo que ver, la recuperación económica comenzó meses antes que mejoraran los niveles de aprobación de Lagos. Además, como deja claro la experiencia de Frei, no basta con buen desempeño económico para alcanzar altos niveles de aprobación. La mejora en los niveles de aprobación de Lagos, entonces, no se puede explicar exclusivamente por la mejora en la situación económica.

 

Debido al impacto causado por los casos Coimas y MOP-GATE a fines del 2002, el acuerdo logrado por Lagos con la oposición es a menudo sindicado como el principal responsable de la recuperación de confianza de los chilenos en su Presidente.  Pero bien pudiera ser que la postura que tomó Lagos frente a Washington—poniendo incluso en juego el acuerdo de libre comercio con Estados Unidos—haya tenido algo que ver con sus niveles de aprobación. Cuando Lagos lo arriesgó todo por defender sus principios y hacer respetar el derecho internacional, su estatura inevitablemente creció entre los chilenos. Lagos demostró que es capaz de poner en juego ganancias de corto plazo por defender los principios de la democracia y el estado de derecho internacional que siempre dijo defender. Un presidente que pone el propio éxito de su gobierno en juego por defender loables principios no puede sino recibir la admiración de su país.

 

Ya que la guerra en Irak comenzó en marzo del 2003, solo semanas después que el Presidente Lagos sellara su pacto con la oposición, resulta difícil separar el efecto de su oposición a la guerra de Bush del efecto producido por el acuerdo logrado con la oposición. Las encuestas públicas de entonces no separaron adecuadamente esos efectos y por lo tanto resulta imposible descartar una de las dos hipótesis. Pero, como bien evidencia este libro de Heraldo Muñoz, la historia probablemente recordará con mayor admiración la firme postura del presidente chileno en la ONU frente a la intención invasora de Bush que el apretón de manos del Presidente con el entonces presidente de la UDI.