Carlos Franz y la Corte Suprema

Patricio Navia

Revista Capital, #166, Octubre 7, 2005

 

Ya que es el poder del Estado que más dificultades ha tenido para distanciarse del legado de la dictadura, la Corte Suprema bien pudiera utilizar la metáfora de la reciente novela de Carlos Franz, El desierto (2004, Sudamericana), para redimirse de su pesado lastre de silenciosa aquiescencia con los crímenes del régimen de Pinochet.

 

Cuando a fines del 2004 se publicó el Informe sobre la Tortura, la Corte Suprema dejó pasar una inmejorable oportunidad para realizar un necesario mea culpa histórico. En vez de reconocer la falta de coraje de sus antecesores, los supremos actuales buscaron patéticas excusas para intentar explicar por qué no protegieron a cientos de chilenos de la fuerza represiva de los aparatos de seguridad. Repitiendo la falta de coraje moral de sus predecesores, la Corte Suprema actual no se atrevió a reconocer que la justicia chilena incumplió su deber cuando la dictadura violaba impunemente los derechos humanos.

 

En palabras de Franz, cuya excelente, celebrada y meritoriamente premiada novela narra la historia de una jueza que regresa a un desértico pueblo del norte de Chile a hacer la justicia que muchos años antes no se atrevió (no pudo) hacer, la justicia chilena carga con “el crimen más bajo que un juez puede cometer, observar pasivamente cómo otro juez le usurpa su lugar y comete una injusticia.” La capacidad de Franz para cautivar al lector con una trama compleja -con implicaciones personales, familiares, colectivas y nacionales- inevitablemente se lee como una metáfora de la historia de Chile. La confusa relación entre las responsabilidades individuales y colectivas, los difíciles cuestionamientos sobre lo que se pudo hacer y lo que se dejó de hacer para evitar las violaciones a los derechos humanos y la ineludible necesidad de redención y perdón capturan intensamente la atención del lector de El desierto. Esta novela combina prodigiosamente la búsqueda de la verdad, la justicia y el perdón (personal y colectivo) para construir un mejor futuro, que no ignore el pasado, en la vida personal y en la realidad nacional.

 

Cuando la figura de Pinochet y su recuerdo son motivo de vergüenza para muchos de sus ex adherentes y pocos se atreven públicamente a salir en su defensa -sus seguidores aceptaron incluso borrar su nombre de la Constitución de 1980- Franz aborda las dificultades que implica intentar hacer desaparecer al padre. Pinochet sigue siendo el autor de la Constitución y, más aún, es innegablemente el padre del Chile actual. Si bien es mejor ser una sociedad que se avergüenza de su mal padre que ser un país que se enorgullece de su pasado dictatorial y opresor, sólo podremos enterrar la memoria del ex dictador después que lo reconozcamos como el responsable principal del modelo neoliberal y político que hoy rige al país. Es verdad que los gobiernos de la Concertación han democratizado y le han dado un rostro humano al modelo actual, pero Pinochet sigue siendo su forjador. Mientras no aceptemos ese hecho, no podremos hacer nuestra propia travesía nacional por el desierto para perdonar y ser perdonados.

 

En mi interpretación de la obra de Franz -incuestionablemente entre las mejores diez novelas nacionales de los últimos 30 años- las lecciones más profundas son para el poder judicial. Más que ningún otro actor nacional, la Corte Suprema equivocó meridianamente el camino (parafraseando a Franz, en vez de tratar de hacer justicia, se dedicó a pensar en ella). Su falta de coraje moral costó la vida de cientos de chilenos y representó un inmejorable salvoconducto para que los aparatos de seguridad actuaran con impunidad. Si bien nos legó el exitoso modelo económico que nos ha permitido construir un mejor país, la dictadura también nos heredó inexcusables violaciones a los derechos humanos. Si bien muchos justifican su apoyo a Pinochet por su convicción a favor del modelo económico, la justicia chilena no tiene coartada alguna. Cuando debió haber alzado la voz para imponer el respeto a los derechos individuales, guardó silencio ante la represión. Además de ser una brillante novela, El desierto bien pudiera convertirse en un iluminador mensaje para la justicia nacional. Todavía es tiempo de reconocer su monumental omisión. Tal vez así puedan, como la jueza de la novela, alcanzar la redención institucional y gozar también del perdón, la reconciliación y la legitimidad democrática de la que muchos otros, feliz y tranquilizadoramente, ya se han hecho acreedores.