Ricardo Lagos: La presidencia protagónica

Patricio Navia

Revista Capital, #160, Julio 15, 2005

 

Porque la tercera es la vencida, Ricardo Lagos demostró en su sexenio lo mejor y lo peor de la era concertacionista. Su capacidad para enfrentar exitosamente desafíos complejos y mantener la disciplina de una coalición unida más por el pasado que por las ideas han coexistido con su incapacidad para dejar atrás la memoria de la dictadura y su obcecación en pensar que las viejas ideas que funcionaron en los 90 pueden llevar al país a alcanzar el desarrollo durante la próxima década.

 

De los tres presidentes post dictadura, Lagos es el más preparado académicamente y el más sólido intelectualmente. A diferencia de Patricio Aylwin, cuya carrera política y profesional fue correcta, pero esencialmente deslucida, hasta que se alzó como el rostro del No en el plebiscito de 1988, Lagos siempre destacó como un intelectual de ideas innovadoras y propuestas agudas. A diferencia de Eduardo Frei, cuya carrera política se inició a fines de la dictadura, Lagos pareció haber comenzado a prepararse para La Moneda desde sus años en el Instituto Nacional. Pero mientras Aylwin coronó su carrera política con un exitoso cuatrienio y Frei logró un sexenio más exitoso que el de su padre, el sexenio de Lagos no alcanzó a satisfacer las expectativas que a si mismo se puso el primer mandatario.

 

Porque nunca ocultó su intención de convertirse en el mandatario más exitoso de la historia reciente de Chile, el legado de Lagos no puede sino ser evaluado respecto a las expectativas que él mismo contribuyó a crear. Porque nos invitó a soñar con ser la nación estrella del nuevo milenio y porque puso en la agenda el desafío de lograr el desarrollo económico para el bicentenario, la evaluación de su gobierno no puede usar el mismo criterio que nos permite definir a Aylwin y Frei como mandatarios exitosos.

 

Por cierto, si fuera sólo por logros concretos, Lagos tiene más y mejores aciertos que sus predecesores. Desde las obras de infraestructura hasta una serie de leyes y reformas que han modernizado el estado y la sociedad (ley de divorcio, fin de la censura, reformas al mercado de capitales, al sistema de salud, el servicio civil y el financiamiento de las campañas, entre muchas otras), el legado de avances y mejoras del sexenio Lagos es extenso e insuficientemente reconocido. Los acuerdos de libre comercio, la integración al mundo y las reformas constitucionales (prontas a pasar) dan cuenta del ambicioso rango de iniciativas que emprendió el tercer presidente de la Concertación. Ni el exitoso (pero excesivamente temeroso) gobierno de Aylwin ni el modernizador (pero insuficientemente innovador) sexenio de Frei pueden mostrar tantos logros y avances como el gobierno de agos. Aunque muchos de sus logros han sido posibles gracias a los éxitos de sus predecesores, dado el rango de desafíos y oportunidades disponibles, el gobierno de Lagos produjo mejores resultados que el de sus predecesores. Muchos de los mejores momentos de la Concertación en La Moneda están invariablemente asociados a la figura de Lagos.

 

Pero Lagos también ha presidido el gobierno en algunos de los momentos más lamentables y penosos de la era concertacionista. Desde los ya excesivamente comunes escándalos por corrupción, tráfico de influencias y trato privilegiado a amigos y familiares, hasta las crisis políticas provocadas por la indisciplina y el descontento de partidos miembros de la coalición oficialista, La Moneda ha atravesado por algunos de los peores momentos del periodo post-dictadura bajo el mando de Lagos. Es verdad que los problemas enfrentados por Lagos nunca implicaron el grado de tensión e incertidumbre sobre la solidez de nuestra democracia que algunas de las crisis vividas por Aylwin y Frei. Pero también es cierto que los desafíos que enfrentaban sus predecesores eran mucho más complejos, en tanto incluían cuestionamientos al propio Estado de Derecho. Mientras Aylwin y Frei tuvieron que lidiar con Pinochet al mando del ejército, Lagos llegó a La Moneda con un Pinochet derrotado y en franca retirada. Enfrentado a desafíos menores y menos complejos, las crisis presididas por Lagos causaron mayores estragos en la coalición de gobierno que las que aquejaron a sus predecesores.

 

En buena medida esto se debió a la propia desaparición de Pinochet del escenario político. No fue fácil ser presidente cuando el ex dictador seguía al mando del ejército. Pero también resultaba más fácil exigir la lealtad de la coalición cuando la presencia de Pinochet constituía una amenaza real al equilibro democrático. Lagos no tuvo que enfrentar a un Pinochet poderoso, pero tampoco pudo usar su amenazante presencia como argumento para demandar la lealtad de su coalición. Por eso, cuando su gobierno tuvo que enfrentar problemas, conflictos, polémicas y escándalos, Lagos nunca pudo contar con el mismo grado de disciplina en su coalición que el que gozaron sus dos predecesores.

 

Pero Lagos siempre supo que no tendría que lidiar con la sombra de Pinochet del mismo modo que Aylwin y Frei. De hecho, uno de sus desafíos iniciales consistía en convertir a la Concertación en un conglomerado que dejara de estar unido por el pasado para comenzar a estar unido por una misma visión de futuro. Precisamente porque era evidente que Pinochet no seguiría siendo un factor de unión (por oposición) para la centro-izquierda, Lagos debió abocarse a construir nuevos cimientos que sustentaran la futura unidad de su coalición más allá de la pura administración del poder. No obstante, en vez de fortalecer a la Concertación, Lagos optó por fortalecer su propia imagen y por consolidar su liderazgo. Reconociendo tanto la enormidad del desafío de refundación de su coalición como evidenciando su poca experiencia a lidiar con la complejidad que representan los partidos políticos, Lagos olvidó que una de las instituciones más preciadas de nuestra democracia y más responsables del éxito del Chile post dictadura es nuestro sistema de partidos. Al dejar que cada partido buscara su propio lugar en el mundo, Lagos hipotecó tanto el futuro de su exitosa coalición de gobierno como la estabilidad política futura del país. 

 

Porque uno de sus desafíos era la refundación de la Concertación, la evaluación que se haga de su sexenio no puede ignorar el evidente agotamiento de la coalición de gobierno. La Concertación de Partidos por el No de 1988 se había convertido en Concertación de Partidos por la Democracia en 1989. Lagos debió haber liderado una nueva transformación que la convirtiera en Concertación de Partidos por el Crecimiento y la Igualdad. Pero en cambio, el presidente optó por ignorar ese desafío e intentó construir un edificio de futuros éxitos electorales sobre los cimientos de la popularidad de su gobierno y de su reputación personal. La candidatura presidencial de Michelle Bachelet, legitimada más por la popularidad de la candidata en las encuestas que por sus ideas y propuestas, demuestra que la Concertación es una coalición unida más por el ejercicio del poder (y su intención de mantenerse en el control de La Moneda) que por una visión coherente y clara de futuro. En buena medida, ese déficit de ideas de la Concertación es responsabilidad de Lagos. Enfrentado al desafío de refundar la coalición política más exitosa de la historia de Chile, Lagos optó por reemplazar los cimientos de ideas y propuestas por la efímera fortaleza de las encuestas. En vez de construir un nuevo edificio concertacionista sobre cimientos institucionales, optó por transformarse a si mismo en el principal capital electoral de la coalición.

 

Porque sus grandes momentos constituyen algunos de los logros más notables de estos dieciséis años de mandato concertacionistas, y sus peores instantes dan cuenta de las principales debilidades de esta coalición que ya alcanza el número de años en el poder de la dictadura, su sexenio será inevitablemente recordado como el que combinó lo peor y lo mejor de la era concertacionista.