Despedida de Lagos

Patricio Navia

Revista Capital, #156, mayo 20, 2005

 

Cuando el presidente Lagos se prepara para su último discurso de 21 de mayo, el país debe estar satisfecho del desempeño de este hombre que entregó un Chile mucho mejor del que recibió en marzo del 2000. Aunque la tentación de los opositores será subrayar las promesas incumplidas, y los concertacionistas estén más preocupados de las precandidatas, por el bien de Chile todos deberíamos detenernos—al menos el 21 de mayo—a celebrar el exitoso sexenio de Ricardo Lagos. El mandatario socialista se merece una extensa ovación cuando entre al Congreso Nacional a rendir su última cuenta anual.

 

Al igual que Aylwin y Frei, Lagos entra a la galería de los ex presidentes de legados marcadamente positivos. Pese a que el mandatario socialista cometió errores importantes y su personalidad a menudo le jugó malas pasadas, su gobierno ha sido incuestionablemente exitoso. Aunque resulta apresurado comparar su legado personal con el de sus dos predecesores, lo cierto es que Lagos tiene suficientes méritos para pelear por el título de presidente más transformador de Chile en el periodo post dictadura. Por cierto, nunca en la historia del siglo XX chileno el país pudo gozar de tres presidencias consecutivas que tuvieran un impacto tan claramente positivo. El milagro chileno, que ha permitido al país un crecimiento promedio de 5,2% durante los gobiernos concertacionistas y que nos ha dejado en el mejor momento de nuestra historia de dos siglos, es una excepción en la historia de nuestro país.

 

La inestabilidad y crisis política que aflige a muchos de nuestros vecinos debiera ser recuerdo permanente que Chile no debería dar por descontadas las buenas presidencias.  La fortaleza de nuestros partidos políticos y el incuestionable liderazgo de los presidentes post-dictadura son fortalezas insuficientemente reconocidas en el país. Chile es lo que es gracias a la calidad de su clase política. El país con la gente más trabajadora del mundo no habría podido lograr lo que hoy tiene Chile de no tener una clase política responsable.  Es cierto que muchos políticos individualmente—y ocasionalmente algunos partidos—olvidan su actitud responsable y caen en el populismo, la demagogia y la farándula. Pero felizmente, La Moneda ha estado habitada por tres presidentes que se han mantenido lejos del populismo y que han logrado gobernar el barco de la coalición concertacionista hábilmente, pudiendo también así ser eficaces mandatarios del país.

 

Por cierto, el éxito del triunvirato Aylwin-Frei-Lagos hace que el desafío del siguiente gobierno sea aún mayor. Sólo por la ley de las probabilidades, después de tres buenos gobiernos, aumentan las posibilidades de que el siguiente sea deficitario. Por eso, en los meses que le quedan, Lagos debiera utilizar todo su enorme capital político para dar un impulso adicional a lo que ya constituye un satisfactorio legado. Pese a que el síndrome del pato cojo ya parece apoderarse de su administración, Lagos no debería trepidar en poner todo su capital político en la parrilla para sacar adelante importantes iniciativas de reforma constitucional, agenda pro-crecimiento, reforma educacional, reforma de salud y reforma del estado que aún están pendientes. Aunque los parlamentarios se dedicarán ahora más a sus campañas de re-elección que a la tarea legislativa, Lagos debería desafiarlos a mojar la camiseta hasta el último minuto.

 

Después de cinco difíciles años en La Moneda, el Presidente Lagos inevitablemente se siente tentado a relajarse y cosechar los frutos de su arduo trabajo anterior. La partida de muchos de sus leales colaboradores (incluido el alejamiento de José Miguel Insulza, acreedor de merecidos homenajes por sus propios méritos) ya tiene a La Moneda muy debilitada. La incipiente campaña presidencial inevitablemente desvía la atención hacia los comandos de campaña.  Pero Lagos no es cualquier presidente. Pese al sentimiento de que se juegan los descuentos, Lagos tiene más capital político en su último año que el que tenían sus dos predecesores. Aunque el suyo ya pasará a la historia como un gran gobierno, y su desafío más importante es contribuir a un triunfo concertacionista en diciembre, Lagos no debiera todavía tirar la toalla. Los años de las vacas gordas no van a durar para siempre. Los esfuerzos transformadores que todavía alcance a realizar serán recordados con agradecimiento cuando inevitablemente comiencen a asomarse nuevamente los años de las vacas flacas.