Pablo Lorenzini

Patricio Navia

Revista Capital, #148, diciembre 31, 2004

 

El incidente protagonizado por el presidente de la Cámara de Diputados Pablo Lorenzini subraya tanto las singularidades de algunos personajes públicos como las falencias más profundas de nuestro diseño institucional. Después de subrayar algunas características del político que se gana el premio a la chambonada del año, discuto los problemas de diseño institucional que facilitan estos bochornosos incidentes.

 

El martes 13 de diciembre, Lorenzini, molesto por la injustificable no comparecencia del Ministro de Obras Públicas Javier Etcheberry, aprovechó la hora de incidentes para atacar al ausente ministro. Unas joyitas de muestra: “¿le falta sobresueldo a usted ministro para trabajar o son las multinacionales de las autopistas las que se lo están pagando? Creo que usted se acostumbró a recibir billetitos extra y aquí no los recibe de la gente… ¿Cuánto le pagan, ministro? Se lo preguntó desde aquí, no de afuera, de aquí, porque tengo fuero... Y no me venga con que lo digamos afuera, contésteme aquí adentro, ya que usted no quiere venir a la Cámara, que es una cámara fiscalizadora.”

 

Lo que siguió fue digno de telenovela. Las críticas y peticiones de renuncia a Lorenzini abundaron (incluso en su propio partido). El impasible y frío ministro, expresó también su profundo y ciertamente justificado disgusto. El presidente Lagos optó por no saludarlo cuando se lo encontró en un acto oficial. En vez de pedir perdón, Lorenzini salió a decir sandeces. Aludió, por ejemplo, que hablaba “como diputado del distrito y no como presidente de la Cámara”. Sin tener evidencia para sustentar sus acusaciones de corrupción, se defendió diciendo que “aquí no hay democracia para decir las cosas”. Pese a la moción de censura presentada en su contra, hasta el día que escribí esta columna, Lorenzini se negaba a renunciar a la presidencia de la Cámara: crónica de una muerte anunciada.

 

El DC Lorenzini fue electo por primera vez en 1997, en el distrito 37 (San Clemente, Constitución y otras 7 comunas de la Séptima Región, incluida Pelarco). Re-electo el 2001 con el 32,4% (21.771 votos), Lorenzi superó a su compañero de lista el PPD Roberto Celedón por 6 mil votos. Algunas de sus recientes iniciativas de ley incluyen monumentos a Ibáñez del Campo y al Padre Hurtado, y ponerle Pablo Neruda al Aeropuerto CAMB (Pudahuel). Más que por ser uno de los 13 presidentes de la Cámara en estos 15 años de democracia (y eso que el primer presidente, José Viera-Gallo estuvo 3,5 años), Lorenzini pasará a la historia fundamentalmente por su cobarde y contraproducente histriónico ataque a un ministro que, teniendo motivos para ser criticado, terminó fortalecido.

 

Pero los lorenzini no aparecen por casualidad. Nuestro diseño institucional y las atribuciones y poderes de la Cámara de Diputados contribuyen enormemente para que personas así realicen exitosas carreras políticas. Con el sistema binominal resulta muy fácil que un diputado en ejercicio se busque un compañero de fórmula débil que le ayude a superar la barrera del 1/3 de los votos pero que no represente una amenaza real. Además, como en la mayoría de los distritos queda un diputado por lado, no existen mercados competitivos para la selección de legisladores en Chile. Sin competencia baja la calidad. Eso es cierto tanto para los bienes y servicios de consumo como para la oferta política. A menos que adoptemos un sistema electoral que promueva la competencia, diputados como Lorenzini seguirán manteniendo sus cargos.  

 

Pero el problema va más allá de la ley electoral. Los poderes y atribuciones de la Cámara de Diputados son mínimos. Para ser conocido, un diputado tiene que hacer escandalosas denuncias. El método no falla. Como la agenda del legislativo la controla La Moneda, y sólo en el Senado se produce negociación entre partidos, los diputados no tienen ningún incentivo para estudiar proyectos de ley. Como además los diputados no pueden presentar proyectos de ley que impliquen gastos, no tiene mayor sentido que los políticos profesionales se conviertan también en legisladores profesionales. Lo de Lorenzini fue sin duda un lamentable bochorno que debería avergonzar por muchos años al iracundo parlamentario. Pero los problemas de fondo radican en nuestro diseño institucional que no solo permite, sino que a menudo incentiva, que gente así llegue y sean tan exitosos que lleguen a la presidencia de la Cámara de Diputados.