Jovino Novoa

Patricio Navia

Revista Capital #139, agosto 28, 2004

 

Tres de las conclusiones más importantes de la arista política del affaire Spiniak guardan relación con la urgencia de tener políticos responsables, la obligación de respetar la separación de la iglesia y el estado, y la necesidad de proteger la libertad de prensa.

 

Ahora que las acusaciones de Gema Bueno han sido aniquiladas por la falta de credibilidad de la testigo, el Senador Jovino Novoa comprensiblemente ha buscado algún tipo de compensación por el daño producido por las primeras acusaciones. Por cierto, algunos que sufrieron en carne propia el linchamiento político patrocinado por la dictadura (de la que Novoa fue partícipe y apologista) pudieran sentir una entendible pero injusta reivindicación al ver a Novoa ser víctima de un asesinato de imagen similar. Pero aunque Novoa fue parte de una dictadura que además de asesinar imagen asesinó personas, la lógica del ojo por ojo no le hace bien a nadie. Así como hay víctimas de la dictadura que nunca podrán recuperarse, será muy difícil para Novoa superar este doloroso trance.

 

La calidad de la clase política es un factor determinante para saber si un país logrará convertirse en una nación social y económicamente exitosa. Nuestra clase gobernante chilena demostró—pese a sus errores y elitismo—ser una de las más serias y responsables de América Latina en los 90. No es bueno que se extienda la percepción que los políticos son sino potencialmente pedófilos, al menos corruptos. Ahora bien, la UDI, con Joaquín Lavín a la cabeza, en buena medida ha contribuido a construir una mala imagen de la clase política al negar su condición de políticos. De ahí que la propia UDI sea también responsable de crear las condiciones para que los asesinatos de imagen política sean hoy dolorosamente exitosos. Por eso ahora, además de exigir necesarias reivindicaciones y merecidas disculpas, la UDI también debiera ejercer saludable autocrítica y reconocer que erró al articular un mensaje de descrédito y estigmatización de los políticos.

 

Este escándalo también debiera recordarnos la necesidad de defender la separación entre la iglesia y el estado. No se contribuye a consolidar las instituciones cuando un cura y el propio Cardenal aparecen involucrados en acusaciones y disculpas en un caso que nunca debió salir de la esfera judicial. Enhorabuena por los curas que dedican sus vidas a ayudar a niños víctimas, pero el cura Jolo jamás debió haberse involucrado personalmente en el caso ni debió haberse convertirse en el centro de la noticia.  La tardía decisión de la jerarquía eclesiástica de involucrarse para terminar ofreciendo disculpas a Novoa subraya además que no todos somos iguales ante la ley y los poderes fácticos. Más que destacar la contrición de la iglesia por el daño que se le hizo a Novoa, la visita del Cardenal dejó en evidencia la enorme influencia que ejerce la UDI sobre las instituciones de nuestra sociedad. Mientras menos se involucre la iglesia como institución en los procesos judiciales y políticos, más saludable será nuestra democracia y mejor se separará la vida política del estado de la vida religiosa de las personas.

 

Finalmente, hay lecciones importantes para la prensa.  Aunque muchos se apresuren a declarar la culpabilidad de las personas antes que las cortes dicten sentencias, la prensa debiera operar sobre el supuesto de inocencia de todas las personas. Pero la prensa también tiene la obligación de investigar e informar responsablemente. Una de las cosas más positivas que se han logrado a partir del caso Coimas—que gatilló esta serie de escándalos políticos que termina ahora que entramos en periodo electoral—ha sido que la prensa se abocó con renovado entusiasmo a investigar las noticias mucho más que a aceptar disciplinadamente las verdades y los comunicados oficiales. Y aunque a veces se pecó de excesivo entusiasmo, el país saldrá fortalecido si la prensa profundiza su afán investigativo con altos valores éticos. Pero una prensa con excesiva sed de escándalos contribuye tan poco a la consolidación democrática como una prensa timorata. 

 

Ahora que la arista política del affaire Spiniak parece llegar a su fin, la elite nacional debiera entender que para construir un mejor país se debe consolidar una clase política honesta y responsable, la iglesia católica debe abocarse a su rol de credo religioso y la prensa debe mantener su celo investigativo con renovado interés en construir una ética mucho más rigurosa.