Hay que tener ganas

Patricio Navia

Revista Capital #138, agosto 14, 2004

 

Para poder llegar a ser exitosos, los candidatos presidenciales necesitan una serie de atributos que les permitan convertirse en aspirantes creíbles a la primera magistratura. La principal característica que deben poseer es las ganas de ser presidente. Aquellos que no se atreven a demostrar clara y decididamente sus ganas, probablemente terminen siendo desplazados por otros que, aún teniendo menos atributos, posean apetito de sobra para correr los riesgos que implica ser candidato.

 

En Chile, la tradición obligaba a los aspirantes a abstenerse de buscar las candidaturas en forma pública. Más bien, los que querían llegar a la presidencia pedían a sus aliados que los proclamaran, mientras ellos cínicamente argumentaban que, aunque no estaban interesados, harían el sacrificio si el país se los pedía. Ese teatro de las candidaturas como un favor a la patria, en el que todos respetuosamente participaban, ya no es viable en Chile.

 

Hoy, para poder ser candidato en un mercado crecientemente competitivo, con niveles de popularidad inestables y liderazgos diversos legitimados en diferentes esferas, no basta con sugerir que uno está dispuesto a hacer el sacrificio. Hay que formar equipos, armas redes, aunar voluntades, seducir oposiciones, en fin, convencer. Los que esperan que el pueblo venga marchando  a rogar que el aspirante acepte la proclamación presidencial se llevarán una amarga decepción.

 

En su celebrada pero excesivamente larga autobiografía, Bill Clinton reflexiona sobre las lecciones aprendidas de sus años en política. Tal vez la más lúcida introspección la realiza respecto a una de sus primeras correrías electorales, cuando era estudiante secundario. En una de las “movidas políticas más tontas de mi vida”, Clinton fue derrotado en la elección para secretario de la clase de graduandos. Años después, el ex presidente lo recuerda como “una cuestión tonta y egoísta de mi parte y demostración clara de una de mis reglas de la política: nunca seas candidato para un puesto que realmente no quieres y para el que no tienes una buena razón de querer ocupar” (My Life, p. 63.)

 

La reflexión pudiera parecer de perogrullo, pero en un país donde hasta hace poco se acostumbraba a disfrazar las aspiraciones presidenciales con frases como “yo quiero ser protagonista del futuro”, o si “el país me lo pide, yo estoy dispuesto,” la recomendación de Clinton ayuda a focalizar la atención en los motivos que tienen los aspirantes para querer la primera magistratura.

 

Pero la sinceridad de los candidatos sobre sus aspiraciones no sólo contribuye a generar mayor cercanía entre la clase política y un electorado interesado en la honestidad y la franqueza. Al anunciar abiertamente sus intenciones, los candidatos contribuyen a aumentar la transparencia en la política. Cuando los aspirantes dicen públicamente no estar interesados, pero a la vez incentivan a sus operadores a trabajar subterráneamente para lograr ser nominados, se producen enormes asimetrías de información. La gente menos informada le cree al candidato-en-negación, pero los más informados saben que se trata sólo de una pose. Peor aún, los operadores adquieren mayor influencia y control. Ya que ellos son los únicos que pueden saber—generalmente con métodos poco científicos—el verdadero apoyo popular para el candidato, las decisiones definitivas de los aspirantes se toman antes de que la gente tenga la oportunidad de considerar una candidatura y aceptarla o rechazarla en las encuestas de opinión pública.

 

Es cierto que ocasionalmente hay candidatos que verdaderamente no saben si quieren o no correr el riesgo. Pero aún en esos casos aislados, la transparencia debiera prevalecer por sobre el teatro político de negar continuamente la posibilidad de ser candidatos. Un ‘no sé aún si quiero ser candidato’ puede ser una respuesta electoralmente costosa (¿quién quiere a un indeciso de presidente?). Pero sugerir que ‘yo estoy dispuesto si el pueblo me lo pide’ representa una mentira políticamente devastadora en un país crecientemente ansioso por sinceramientos y honestidad.  Aunque la regla de Bill Clinton incluye tanto las ganas de ser presidente como una buena idea respecto a qué hacer en caso de salir electo, dado el momento electoral en Chile, sería saludable que los potenciales aspirantes se sinceraran para que todos supiéramos quién tiene y quién no tiene ganas de verdad de ser candidato presidencial en diciembre del 2005.