La excepcionalidad de Chile

Patricio Navia

Revista Capital, #137, julio 30, 2004

 

A menudo pensamos que nuestro país es diferente que nuestros vecinos latinoamericanos. Por eso, pensamos que Chile está inmune a los peligros del populismo y de la inestabilidad y el desorden social que azotan a la región. Pero así como el golpe militar de 1973 demostró que nuestro país no estaba libre de las crisis políticas que entonces sacudían las débiles democracias latinoamericanas, hoy debiéramos aceptar que Chile posee una serie de atributos y características que facilitan la aparición y el éxito de liderazgos populistas similares a los que hoy amenazan la estabilidad de nuestras naciones vecinas.

 

La tesis de la excepcionalidad chilena no es nueva. A fines de la década de los 60, cuando la elite política y económica gobernante irresponsablemente nos conducía por el sendero de la polarización y la confrontación, muchos argumentaban que nuestra democracia se sentaba sobre bases tan sólidas que el sistema lograría sobrevivir casi cualquier tensión social y política. Naturalmente, cuando las demandas excesivas por redistribución inmediata por parte de los partidos de izquierda y la obstinada oposición conservadora a modernizarse y aceptar la necesidad de reducir las desigualdades terminaron polarizando a buena parte de la sociedad, la cruda realidad nos recordó que la debilidad de las instituciones democráticas es una característica común de todos los países de la región. Así, al igual que la mayoría de nuestros vecinos, Chile vivió un traumático periodo dictatorial del que todavía quedan resabios y cuyos costos—humanos, sociales y morales—tendremos que seguir pagando por varios años más.

 

Pero así como la crisis política que derivó en el golpe militar representó un balde de agua fría para aquellos que se vanagloriaban de la supuesta excepcionalidad democrática chilena, las crecientes tensiones de nuestro sistema democrático también debieran representar una advertencia para los que han desenterrado aquel viejo argumento que Chile no es como el resto de América Latina. 

 

Es cierto que el argumento de la excepcionalidad chilena se basa en innegables hechos. Nuestro país ha sabido construir consensos sobre temas importantes. La economía (social) de mercado es la política preferida por una mayoría de la opinión pública y de la elite gobernante. La necesidad de defender el pluralismo y consolidar las instituciones democráticas pareciera ser también un principio compartido por las grandes mayorías. El nuestro es un país que, pese a querer (y posiblemente poder) lograr mejores resultados económicos, ha sabido mantenerse en el sendero del crecimiento sostenido.

 

Pero Chile también comparte algunos de los problemas endémicos de la región. Nuestras instituciones democráticas se basan en principios de autoridad emanados de una constitución ilegítima e impuesta sin tener en cuenta ni la voluntad democrática mayoritaria y sin siquiera buscar consenso entre las elites. Algunas de las características de nuestro diseño institucional inhiben la competencia y facilitan la formación de oligopolios que se dividen el poder político. Peor aún, nuestros vergonzosamente altos niveles de desigualdad y limitados espacios de movilidad social son caldo de cultivo para el resentimiento y para las demandas de irresponsable distribución inmediata de los ingresos y de la riqueza. Finalmente, la falta de oportunidades para el ascenso social y económico que sufre la mayor parte de la población nacional no permite la consolidación del único fundamento sólido de la democracia: una clase media estable, amplia, accesible y dinámica.

 

Ya que esos problemas han derivado en inestabilidad democrática y populismo en países vecinos, debiéramos aceptar que su presencia en nuestro país representa al menos una amenaza a nuestra estabilidad democrática y cohesión social. Si enfrentamos adecuadamente esos desafíos hoy, disminuiremos los riesgos de convertirnos en un ejemplo más de lo difícil que resulta consolidar la democracia en América Latina. Peor aún, a menos que resolvamos exitosamente esos problemas, seguiremos por el sendero del populismo irresponsable por el que transitan hoy la mayoría de nuestros vecinos. Si no nos hacemos cargos de los problemas que han debilitado a otras democracias, tendremos que experimentar en carne propia aquella advertencia de Marx de la que la historia (en este caso, la del excepcionalismo chileno) aparece dos veces, primero como tragedia y luego como farsa.