Movilidad Social y Meritocracia

Patricio Navia

Capital #134, junio 18, 2004

 

Mientras más desarrollo económico experimentemos y más nos asemejemos a las democracias industrializadas, mayor importancia cobrarán la meritocracia y la movilidad social, dogmas fundacionales de la mayoría de los países desarrollados. Para realizar esa transición exitosa a la modernidad se precisa que las elites abandonen las relaciones familiares y redes sociales discriminatorias como principal herramienta de validación laboral y en cambio adopten criterios basados en la meritocracia como norma ética de legitimación social. Pero también es necesario que los grupos tradicionalmente marginados dejen de aspirar a la protección partenalista de un estado mediocremente benefactor y abracen la cultura del esfuerzo personal como la única vía legítima para lograr el éxito. 

 

Estudios recientes—algunos claramente más científicos y metodológicamente rigurosos que otros—han estudiado la meritocracia en Chile. El estudio sobre las elites, de Lucía Santa Cruz y Eugenio Guzmán, de la Universidad Adolfo Ibáñez, ampliamente publicitado y parcialmente difundido por El Mercurio (pero aún no disponible en versión académica), parece indicar que nuestra elite es hoy menos cerrada y más permeable que hace 50 años. Pero el trabajo de Javier Núñez y Roberto Gutierrez de la Universidad de Chile (disponible en www.facea.cl), titulado “Classism, Discrimination and Meritocracy in the Labor Market: The Case of Chile,” indica la profunda diferencia que tiene el apellido del postulante a la hora de asignarse los sueldos en el mercado laboral. Las alarmantes conclusiones de este estudio subrayan lo mucho que tiene que avanzar nuestra elite para adoptar valores y principios estrictamente meritocráticos.

 

Aunque ciertamente corresponde fustigar a nuestra elite por su pereza en adoptar criterios más eficientes de meritocracia en el mercado laboral, también se debe luchar activamente contra las tendencias clientelistas de importantes sectores que parecen querer que el estado les solucione todos sus problemas. En una sociedad meritocrática, el papel del estado se reduce fudamentalmente a facilitar la igualdad de oportunidades y fortalecer las instancias reguladoras de libre competencia. Por cierto, dada la existencia de mercados competitivos, la igualdad de resultados no es solo imposible, sino también indeseable.

 

Aunque existe evidencia concluyente que muchas personas de escasos recursos esperan que el Estado se haga cargo de solucionar sus problemas, felizmente también abunda evidencia de familias que valoran profundamente el esfuerzo personal como única vía para lograr mayor movilidad social. Miguel Concha y Petronila Coronado, nacidos en 1927 cerca de Nueva Imperial, optaron por emigrar a Temuco después de casarse, buscando mejores oportunidades para su familia. Siempre entendieron la necesidad de otorgarles educación de calidad a sus seis hijos. A diferencia de muchos padres de limitados recursos que hubieran esperado que las cinco hijas mayores se casaran antes de terminar de estudiar, la determinación de los Concha Coronado contribuyó a que todas ellas lograran obtener títulos profesionales. Hoy, ellos son los orgullosos padres de dos profesoras, dos educadoras de párvulos, una enfermera y un abogado. Apoyándose en las reducidas y excluyentes oportunidades de nuestra educación

pública, esta familia logró romper el círculo de la pobreza para convertirse en ejemplo de superación y movilidad social. Sabiendo que del Estado sólo podían recibir oportunidades mínimas para educar a sus hijos, esta pareja de chilenos ejemplares que no aparecen en los diarios ha demostrado que pese a las características excluyentes de nuestra sociedad, la meritocracia y la movilidad social son valores que al ser aplicados producen resultados positivos.

 

Hace unos días, conversando en Nueva Imperial con el menor de los Concha Coronado, la celebrada frase de John F. Kennedy—cuando desafió a los estadounidenses a dejar de preguntarse lo que su país podía hacer por ellos y en cambio comenzar a preguntarse lo que los estadounidenses podían hacer por su país—cobró un nuevo y particular sentido en un Chile que quiere ser moderno y debe comenzar a privilegiar la meritocracia y la movilidad social. Sólo así se podrán multiplicar los casos de los Concha Coronado y el nuestro será un país donde reine la meritocracia y el esfuerzo individual tenga el mayor de los sentidos.