Gorda simpática y risueña

Patricio Navia

Revista Capital, #132, mayo 21, 2004

 

Desde que el alcalde de Las Condes y samurai jefe de Lavín, Francisco de la Maza, declara que Michelle Bachelet es “una gorda simpática y risueña”, quedaron en evidencia tanto los temores que produce en el círculo de hierro de Lavín la más popular de las presidenciables concertacionistas así como una estrategia alternativa para reposicionar a su ungido presidencial.

 

Aunque Lavín se apuró en señalar que él no usaría esas palabras para describir a la Ministra de Defensa—sin invitar, no obstante, a su amigo a pedir disculpas por esa caracterización que rayó en lo paternalista y ofensivo—la declaración de De la Maza refleja fielmente la incredulidad que existe en la derecha sobre la sorprendente popularidad que ha logrado una mujer cuyas casi desconocidas posturas políticas parecieran más cercanas al socialismo histórico que a la renovación ideológica que llevó a la izquierda a abrazar las políticas libremercadistas impuestas por la dictadura de Pinochet.

 

A ojos de algunos gremialistas, Bachelet está bien en las encuestas porque es simpática, no porque tenga grandes realizaciones ni maneje un mensaje con contenido profundo. Algunos incluso llegan a sugerir que su popularidad inevitablemente caerá en la medida que se conozcan sus posturas ideológicas. Otros se contentan con anticipar que una militante de la facción más izquierdista del PS, por más que pertenezca a la familia militar, jamás podrá obtener una mayoría electoral. Si Ricardo Lagos tuvo que pasar todas las pruebas de blancura para demostrar su aceptación del dogma neoliberal, sería incomprensible suponer que Bachelet podrá convertirse en candidata presidencial—mucho menos primera mandataria—sin haber tenido que dar señales claras de su compromiso con el modelo económico.  Por eso esos gremialistas creen que el fenómeno Bachelet será de corta vida y que será otro el nombre del concertacionista que se enfrente a Lavín en diciembre del 2005.

 

Pero los gremialistas menos confiados entienden que Bachelet posee las mismas fortalezas y debilidades que Lavín. Los dos poseen una experiencia política comparable y tienen similares y notables credenciables. Pero al igual que Bachelet, el alcalde no tiene grandes realizaciones ni tiene un mensaje de contenido profundo. Aunque posee posturas ideológicas claramente anti-mayoritarias (como su oposición al divorcio o a la distribución de la píldora del día después), éstas no han dañado su apoyo popular. Pese a ser militante de un partido de liderazgo excluyente y elitista—la UDI jamás ha tenido elecciones internas abiertas y competitivas, y para estar en la directiva gremialista hay que ser del círculo íntimo de los dueños del partido—Lavín ha logrado forjarse una imagen de tolerancia y moderación. Por eso, algunos gremialistas temen que si la opinión pública fue comprensiva y tolerante con Lavín, entonces tampoco castigará esas aparentes debilidades de Bachelet. Después de todo, tanto Lavín como Bachelet poseen comparables cualidades para asumir la primera magistratura. Pero los gremialistas que más preocupados están saben que en cualquier concurso de simpatía, Bachelet derrota fácilmente a Lavín.

 

Así, después de promover un liderazgo light por años, algunos gremialistas quieren promover ahora la imagen de un Lavín estadista, realizador y experimentado. Entendiendo que Bachelet ha emergido como contendiente notable en el campo donde Lavín mejor se maneja, no pocos ideólogos gremialistas están sugiriendo cambiar el campo de batalla donde se decidirá la disputa electoral del 2005.  Aunque esa sugerencia probablemente no sea adoptada ahora por el círculo íntimo lavinista, porque no se sabe aún quién será el abanderado de la Concertación, Lavín igual desarrollará más la imagen de líder político y hombre de estado capaz de pararse frente a frente con otros líderes políticos de América Latina y el mundo. Así, en caso que la candidatura de Bachelet finalmente se imponga por sobre las aspiraciones de otros concertacionistas que se animen a tirarse al agua en los próximos meses, los inventores del cosismo y de las campañas políticas basadas más en la simpatía personal que en el contenido, y fundamentadas más en las emociones que en las ideas, tendrán que diseñar una nueva estrategia. Esto porque la popular Bachelet terminó dándole una sopa de su propio chocolate a una derecha que siempre destacó a Lavín más que como un hombre de estado, como un flaco simpático y risueño.