Derecha y exclusión

Patricio Navia

Capital #130, abril 23, 2004

 

Cuando la guerra civil ha dado paso a una tregua voluntaria, el gran desafío de la derecha es abandonar las posturas puristas y excluyentes propias de las sectas y entender que la consolidación de nuestra imperfecta democracia depende en gran medida de su habilidad de convertirse en una coalición tolerante y diversa. De lograrlo, Lavín volverá a tener las mejores posibilidades de convertirse en el primer derechista que supera la barrera del 50% del voto en nuestra historia moderna.

 

Durante décadas, la derecha se contentó con ser minoría. Bastaba un sistema electoral que sobre-representaba a las zonas rurales y la esporádica amenaza de una intervención militar para evitar que los esfuerzos del centro y la izquierda produjeran demasiados cambios modernizadores. Incluso la lógica que inspiró a la autoritaria Constitución de 1980 se basó en la percepción que la derecha siempre constituiría una minoría electoral. Los senadores designados y el seguro contra la derrota que se instauró en el sistema electoral (basta un tercio de los votos para asegurarse la mitad de los escaños) refleja la predisposición derechista a reconocerse como una minoría electoral. Como no se creía capaz de ganar una mayoría de votos, la derecha ideó un sistema electoral que les diera la mitad de los escaños con un tercio de los votos.

 

La aparición de Joaquín Lavín como un candidato presidencial formidable en 1999 y la determinación de Pablo Longueira de convertir a la UDI en un partido moderno de centro-derecha, llevaron a muchos a pensar que la derecha quería dejar atrás el legado autoritario y los vetos institucionales para comenzar a confiar en un electorado que está más que dispuesto a votar por buenas ideas y proyectos atractivos. La postura de democratización y moderación que solitariamente defendieron Andrés Allamand y los liberales de RN a comienzos de los 90 parecía ser la nueva bandera de lucha de la UDI.

 

Pero bastó que estallara el escándalo de las acusaciones de pedofilia para que la UDI volviera a sus viejas posiciones fácticas. La violenta transformación del ex estadista Longueira en un parlanchín de radio (al peor estilo Hugo Chávez) y en gallo de pelea de pandilla callejera echó por tierra, temporalmente, el proyecto de convertir a la UDI en el Partido Popular. El nuevo presidente UDI, Jovino Novoa, es más un producto de la vieja derecha elitista, excluyente y autoritaria que de la derecha que popularizó Longueira, la que sale a las poblaciones a ganar votos.

 

Incluso Lavín sufrió una transformación. Pese a saber que su liderazgo radicaba también en la fortaleza de la Alianza, Lavín optó por el camino propio cuando la guerra civil derechista pasaba por su peor momento. Después, entendiendo que el líder de la Alianza no podía permitir que sus seguidores se exterminaran mutuamente, Lavín se animó a intervenir descabezando a RN y la UDI. Pero en vez de seguir trabajando junto al paciente en la UTI, se desentendió del asunto y declaró que la crisis se había terminado. Demostrando que es más fácil decapitar que construir confianzas, Lavín utilizó su espada de samurai solo para dejar a la derecha manchada de sangre, pero no fue capaz de sentar las bases de la reconstrucción de ese sector. Por cierto, pese a haber sido exculpada por la justicia, la diputada Pía Guzmán no ha pedido disculpas directa y abiertamente. Pero el cerrado aplauso que recibió la diputada en el último consejo general de RN refleja más el rechazo de ese partido a la prepotente actitud de sus socios de coalición que a un apoyo a los dichos de la diputada. Y es que el sentimiento generalizado en RN es que la UDI hará cualquier cosa para destruirlos antes de llegar al poder. Esa falta de confianza y carencia de espíritu de equipo es el actual talón de Aquiles de la derecha.

 

Aunque la Alianza parece haber logrado una tregua parcial que permite pensar que los conflictos internos no recrudecerán pronto, ese conglomerado dista mucho de estar en condiciones de garantizar un liderazgo de gobernabilidad, inclusión y coherencia. Si no es capaz de aprender a ser incluyente y plural, las elecciones del 2005 verán una derrota de la derecha más que un triunfo de la Concertación. Después de haber escuchado por tanto tiempo el discurso del cambio y la alternancia en el poder, el electorado bien pudiera terminar aburrido de la exclusión y la intolerancia de la derecha incluso antes de haberles dado la oportunidad de volver a ocupar La Moneda.