La cuestión mapuche

Patricio Navia

Revista Capital, #126, febrero 27, 2004

 

Evocando el siglo XIX, muchos se refieren a los conflictos recientes de la Araucania como si tuvieran algo que ver con la capacidad del estado de controlar soberanamente el territorio nacional. La necesidad de pacificar la Araucanía pareciera ser la prioridad de algunos que añoran el momento en que el estado vuelva a enviar tropas para poner fin a la rebelión aparentemente incipiente que supuestamente amenaza la gobernabilidad. Pero no resulta ni efectivo ni adecuado abordar la cuestión mapuche con una visión forjada estrictamente en la razón o en la fuerza. Es más, mientras más se intente imponer la razón legalista junto a la amenaza de la fuerza policial, más se alimentará el comprensible descontento que se alberga en las comunidades mapuches. Mientras no se busque una solución basada en la construcción de identidad nacional común y respeto por la diversidad, mayores serán las posibilidades que este conflicto se convierta en una amenaza real de segregación étnica y autonomía territorial.

 

La lamentable decisión de aplicar la Ley de Seguridad Interior del Estado a muchos mapuches acusados—aquí también corresponde presumir la inocencia de las personas hasta que se demuestre lo contrario—de ataques contra la propiedad representan un reconocimiento implícito que estamos frente a una cuestión política y no a un asunto de ataques a la propiedad privada. Presionado por propietarios que comprensiblemente temen perder sus inversiones, el gobierno ha tratado de diseñar una política de zanahoria y garrote ante el conflicto indígena. A su vez, interesados en lograr condenas rápidas y ejemplificadoras, los fiscales regionales están más preocupados de lograr la aprobación de Santiago que de legitimar la reforma procesal penal en la Araucanía. Demostrando un celo propio de burócratas convencidos de las bondades de una reforma que para funcionar bien necesita ajustarse a las realidades locales, algunos fiscales quieren convertir la reforma procesal penal en un nuevo instrumento de pacificación de la Araucanía.

 

Mientras más se acentúe la impresión que éste es un conflicto entre empresarios y el estado por un lado y segregacionistas mapuches por el otro, será más fácil que la disputa actual evolucione y se convierta en una cuestión de soberanía del pueblo mapuche. El reconocimiento implícito de la naturaleza política de este problema por parte de aquellos retrógrados que quieren ver desaparecer la cultura mapuche representa una victoria simbólica para los segregacionistas indigenistas que ansían ver eventualmente involucrada a la comunidad internacional. Incapaces de reconocer que lo mapuche es un componente esencial para la existencia de lo chileno, muchos quisieran minimizar la presencia mapuche en nuestra cultura hasta la trivialidad. Ellos son los principales aliados del pequeño pero creciente movimiento segregacionista mapuche. Pero al promover, en cambio, la condición de elemento constitutivo de lo Mapuche en la identidad nacional, cualquier movimiento segregacionista pierde inevitablemente fuerza y legitimidad.

 

El problema mapuche comprende tanto reivindicaciones simbólicas como materiales, tanto preocupación por valores culturales como la urgencia por combatir la pobreza. Aunque se ha avanzado, aunque en lentitud excesiva, en el combate a la pobreza en las comunidades mapuches, la intransigencia de sectores conservadores y el idealismo excesivo de sectores indigenistas ha evitado avances significativos en las reivindicaciones simbólicas. Así, la obsesión con reducir el problema a una cuestión de títulos de propiedad ha permitido que la batalla simbólica la ganen aquellos que quieren diferenciar lo mapuche de lo chileno.

 

Qué duda cabe. Los conflictos en el Bio Bio y la Araucanía empeorarán mientras se mantenga la pobreza vergonzante y la ignominiosa desigualdad de ingresos y riqueza en la región. Pero la mejora de las condiciones de vida en la Araucanía no pondrá fin a las reivindicaciones culturales de los segregacionistas mapuches. Estas amenazarán con extenderse al resto del país si no somos capaces de entender, asumir y celebrar lo mapuche como un elemento constitutivo esencial y primordial de lo chileno y nos obstinamos en negar que la quema de bosques y la violencia contra las forestales reflejan, al menos parcialmente, el profundo descontento que persiste en las históricamente incomprendidas etnias originarias de nuestro país.