Alternancia en el poder

Patricio Navia

Capital #120, noviembre 7, 2003

 

Comprensiblemente, la derecha chilena hoy argumenta que la alternancia en el poder es una saludable característica de la democracia. Después de verse alejada del poder por casi 14 años y habiendo caído derrotada en 9 elecciones consecutivas, la derecha sueña con que la alternancia en el poder sea una herramienta lo suficientemente poderosa para convencer al electorado de las bondades de un gobierno conservador. Desesperados por buscar buenos argumentos para convencer al electorado para volver al poder por la vía electoral, la derecha chilena pareciera hoy argumentar que un triunfo de ellos es necesario incluso para la consolidación democrática del país. Pero en vez de ser evidencia de democracia, la alternancia en el poder sin incertidumbre sobre los resultados de las elecciones es la mejor demostración de que un país tiene un sistema donde la gente no tiene la libertad para escoger libremente a sus gobernantes.

 

Así como en 1988, los líderes, estrategas y simpatizantes de la oposición democrática a la dictadura militar subrayaban las ventajas de que aquellos que habían estado privados de llegar al poder por la presencia de los militares y sus colaboradores civiles en el gobierno más largo de la historia nacional, una de las frases favoritas hoy en la Alianza por Chile es aquella que destaca las bondades de la alternancia en el poder. Irónicamente, los mismos que entonces insistían en que lo mejor para Chile sería un nuevo periodo—¡de 8 años!—de Pinochet en el poder—que le hubiera permitido estar 23 años en la presidencia—hoy insisten en las ventajas del cambio. Por otro lado, algunos de los que entonces señalaban como vergonzosa la pretensión de Pinochet y sus aliados derechistas de mantenerse por más tiempo en el poder, incluso si legitimado en elecciones competitivas, insisten ahora en sólo la Concertación puede garantizar gobernabilidad al país. Se cambian los roles y consecuentemente se alteran los discursos.

 

Pero la pretensión que la democracia se verifica sólo ante la alternancia en el poder puede llevar a conclusiones erradas sobre los valores que los sistemas democráticos buscan proteger y privilegiar. En democracia, es la gente a través de la expresión soberana del voto la que determina quién gobierna y quién tiene que hacer oposición. Aunque en nuestro sistema democrático la gente tiene bien poco que decir en las elecciones parlamentarias—donde el sistema binominal casi garantiza el empate en la distribución de escaños—en la decisión sobre quién ocupará La Moneda, los electores si tienen la voz cantante.

 

Es cierto que en las 3 elecciones presidenciales celebradas desde el retorno a la democracia la Concertación se presentó como favorita. Pero en 1989 y 1993 la ausencia de un candidato competitivo de la derecha fue el resultado de la obsesión del liderazgo conservador por hacer una declaración de principios más que por buscar a un candidato que tuviera posibilidades reales de competir por la primera magistratura. Fue solo cuando en 1999 la derecha entendió que la elección sólo se definiría en las urnas, que el candidato derechista activamente buscó el voto moderado y suavizando significativamente el discurso tradicional excluyente de ese sector, adoptó posturas que encontraron mucho más eco entre el electorado nacional. Solo cuando la derecha entendió que la incertidumbre electoral es la principal fortaleza de la democracia, las elecciones en nuestro país comenzaron a ser competitivas.

 

Todo indica que los próximos comicios en nuestro país nuevamente estarán cargados de la saludable cuota de incertidumbre que incentiva a los candidatos a buscar posiciones, propuestas y posturas que representen a la mayoría del electorado. La competencia siempre ayuda a mejorar la calidad de la oferta, y en las elecciones presidenciales y municipales en Chile probablemente existirá mucha competencia. Lamentablemente la misma competencia no se verificará en las parlamentarias donde el duopolio consagrado en el sistema electoral hace inútil cualquier competencia inter-coalición. Pero en las presidenciales, en la medida que todos los que compitan busquen activamente salir triunfadores y no se contenten con candidaturas simbólicas que solo representan declaraciones de principios ideológicos, la incertidumbre sobre los resultados sólo será despejada por la voluntad popular. Y será el electorado, no las elites políticas, las que decidan si existirá alternancia en el poder.