Diversinaje

Patricio Navia

Revista Capital #119, octubre 24, 2003

 

De los tres ideales impulsados por la Revolución Francesa, la igualdad ha resultado la más complicada. Si bien la libertad y la fraternidad son aspiraciones compartidas casi universalmente, la igualdad es un concepto que ha resultado mucho más difícil de promover entre los que no se sienten herederos de la idealizada revolución. Es más, en décadas recientes, la igualdad es una ambición que está siendo amenazada por uno de las más recientes y populares emblemas de la izquierda, la diversidad.

 

Si los viejos ideales izquierdistas suponían que la mejor evidencia de igualdad en una sociedad era la uniformidad, la izquierda actual celebra y promueve la diversidad como un resultado inevitable, pero también deseable, del ejercicio de la libertad. Mientras la vieja izquierda prefería el orden y la disciplina en las visiones de mundo, las políticas de gobierno e incluso las ideas, la nueva izquierda, alimentada por influencias liberales y reconociendo los fracasos de los experimentos comunistas del siglo XX, reconoce en la diversidad una de sus principales fuentes de inspiración, riqueza y renovación.

 

Pero la rápida apropiación izquierdista de la diversidad como una bandera de lucha y reivindicación no ha estado libre de desafíos teóricos. Para reconciliar la tensión que existe entre buscar concurrentemente la igualdad y la diversidad, los progresistas prefieren hablar de igualdad de oportunidades y diversidad de resultados. La izquierda ya no aboga porque todos las personas sean iguales, pertenezcan a excluyentes identidades sociales y desarrollen la simplificada conciencia de clase aprendida en los panfletos distribuidos por el partido o el gobierno popular. La izquierda ahora valora la diversidad tanto o más que la propia igualdad. La vieja tríada valórica revolucionaria ha sido actualizada para incluir un cuarto valor igualmente deseable y revolucionario. Incluso algunos han llegado a identificar la diversidad como evidencia concluyente de la existencia de libertad e igualdad. De acuerdo a ellos, la diversidad sólo puede existir y valorarse en sociedades libres donde todos los ciudadanos tengan igualdad de derechos.

 

Pero así como desde el flanco conservador se elaboraron argumentos para oponerse a los valores de la revolución francesa, los conservadores de hoy preparan sus razones para advertir contra la diversidad. Antes, los enemigos de la libertad siempre arguyeron que su exceso inevitablemente devendría en libertinaje. Hoy, algunos conservadores empiezan a advertir contra los riesgos de la diversidad excesiva. Aunque diversinaje no aparece aún en nuestros diccionarios, el concepto está siendo crecientemente utilizado para advertir contra el exceso, o ‘desenfreno’ dirían ellos, de diversidad y tolerancia.

 

Los conservadores, de izquierda y derecha, a menudo dicen tolerar e incluso celebrar la diversidad de religiones, razas, etnias e incluso orientaciones sexuales. Pero en la medida que esa diversidad se haga presente en la cotidianeidad y potencialmente amenace a las costumbres y tradiciones fundadas en los días en que reinaba la exclusión, la tolerancia a la diversidad es rápidamente reemplazada por advertencias contra el diversinaje. Por ejemplo, los homosexuales están bien para la televisión y las peluquerías, pero distamos mucho de ser una sociedad que acepte profesores gays o parvularias lesbianas. La multiplicidad de cultos en el país es identificada como una señal de progreso, pero la elite chilena pondría el grito en el cielo si el presidente optara por celebrar el Te Deum del 18 de septiembre en una iglesia evangélica (para eso, dirán, está la celebración anterior, pero no the real thing.) Los cafés con piernas para el centro de Santiago, jamás en El Golf. Para qué hablar de incorporar apellidos no vitivinícolas al Club de Golf o eliminar las trabas que evitan la incorporación más activa de evangélicos a las Fuerzas Armadas.  

 

Pese a existir una tensión inicial, la aceptación de la diversidad le permitió a la izquierda acotar adecuadamente los alcances de los ideales de igualdad. Hoy, la aceptación nominal de los conservadores de la diversidad como un valor abre una oportunidad para que Chile, desde Pudahuel a La Dehesa, adquiere crecientes ribetes de diversidad en los más amplios espectros del quehacer social y económico. El temor por los excesos y la amenaza del diversinaje no debiera detener uno de los procesos más revolucionarios que ha experimentado el país en la víspera del bicentenario.