Se acaba el tiempo

Patricio Navia

Revista Capital #117, septiembre 26, 2003

 

El proyecto de reforma constitucional sigue estancado en el Senado. A menos de dos años que se inscriban las candidaturas presidenciales del 2005, se acaba el tiempo para destrabar la negociación. A menos que el gobierno convierta a la reforma constitucional en una de sus primeras tres prioridades este año, la posibilidad de lograr mejorar nuestra deslegitimada Constitución se desvanecerá.

 

El presidente Lagos ha insistido en que nuestra carta fundamental no pasa el test de calidad democrática. Pero no es imprescindible solucionar cada una de sus deficiencias para mejorar su calidad. Aquellas reformas en las que se ha alcanzado consenso pueden ser consideradas poco importantes, pero en la medida que se adopten, tendremos una mejor democracia. Las reformas donde existe apoyo mayoritario deben ser llevadas a votación. Algunas no lograrán pasar la valla de un Senado cuya legitimidad es débil por su origen parcialmente democrático. Pero otras reformas si pasarán esa barrera. De ellas, la reducción del periodo presidencial a 4 años, que permitirá coincidencia entre elecciones parlamentarias y presidenciales, es la más importante. Una de las reconocidas fallas de la democracia pre-1973 fue el desajuste entre elecciones parlamentarias y presidenciales. No nos podemos dar el lujo de tropezar de nuevo con la misma piedra.

 

Luego están aquellas reformas que sólo aglutinan el apoyo de la Concertación. La más importante tiene que ver con la composición del propio legislativo. Además de la necesidad de poner fin a los senadores designados y terminar con los vitalicios, la permanencia del sistema binominal es el más dañino de los legados institucionales de la dictadura. Pero ahí es donde la posibilidad de una reforma es menor.

 

Cuando existen dos coaliciones, el sistema binominal no es más que un seguro contra la derrota. Si uno gana, no gana tanto, porque el sistema castiga a la primera mayoría. Cuando uno pierde, el seguro permite quedarse con suficientes escaños para poder ejercer poder de veto. Las personas compran seguros cuando temen que pueda ocurrir una catástrofe. Pero así como uno tiende a ser menos cuidadoso cuando tiene seguro, la derecha se ha aprovechado de la existencia del binominal para evitar buscar tenazmente una votación mayoritaria. Como basta con un tercio de los votos para tener la mitad de los escaños, los candidatos de derecha no se desgastan en buscar el apoyo del voto moderado de la misma forma que el candidato presidencial de ese sector. Aunque Lavín necesita más de la mitad de los votos para ser presidente, los candidatos al parlamento de la derecha precisan solo obtener un tercio de la votación para ganar.

 

Sus defensores argumentan que el sistema binominal facilita la formación de dos grandes bloques. Pero el sistema binominal consolida un duopolio político de la Alianza y la Concertación, uno por lado. La única forma de incentivar un sistema bipartidista donde exista competencia es a través de la adopción de un sistema uninominal, un legislador por distrito. Así, para ganar, habría que lograr el apoyo de una mayoría, igual que en las presidenciales. Es ilógico el rechazo al uninominal por parte de aquellos que dicen que el binominal incentiva dos grandes bloques. Dicen que de adoptarse un sistema uninominal, una sola coalición se quedaría con casi todos los escaños. Utilizando datos de elecciones anteriores, suponen que un cambio en las reglas del juego no tendría efectos en el tipo de candidatos y los mensajes de las coaliciones. Pero ellos mismos argumentan que de adoptarse un sistema proporcional, los partidos cambiarían sus estrategias, rompiendo las grandes coaliciones que ya existen. Esto es, los partidos actuarían racionalmente en caso de adoptarse un sistema proporcional, pero no actuarían racionalmente de adoptarse un sistema uninominal.

 

Aunque el tiempo se acaba y urge que el gobierno saque adelante la mayor cantidad de reformas constitucionales posibles, también urge más honestidad en los argumentos que se utilizan para oponerse a ciertas necesarias reformas. La derecha gusta del binominal porque es un seguro contra la derrota que le ha permitido tener más poder en el legislativo que el que hubiera logrado casi con cualquier otro sistema electoral. Defender los intereses corporativos es comprensible, pero argumentar que lo hacen porque es lo mejor para el país es lisa y llanamente una mentira.