It’s the plebiscite, stupid!

Patricio Navia

Revista Capital, #116, 12 septiembre de 2003

 

El país ya está dejando atrás la obsesión con el 30º aniversario del golpe militar de 1973. Es lamentable la obsesión por rescatar, incluso añorar, un periodo cuando el idealismo irresponsable se impuso sobre la cordura, la polarización reemplazó a la moderación, la revolución desplazó al reformismo y la barbarie terminó por imponerse al estado de derecho. Los años de la UP no fueron buenos para Chile. Más que recuerdos de héroes y mártires, su legado más importante fue una dictadura de 17 años donde las violaciones a los derechos humanos se convirtieron en política de estado y donde la libertad era una utopía. Es cierto que la confrontación política comenzó antes de la elección presidencial de 1970, pero fue durante el gobierno de la UP que ésta se hizo insostenible.

 

Ya mucho se ha discutido sobre quién fue más culpable del quiebre institucional de 1973. Pero dentro del grupo de responsables, Salvador Allende ocupa un lugar privilegiado. La falta de capacidad para gobernar y la poca habilidad para evitar que el proceso de cambio deviniera en una confrontación sangrienta dejan en claro que Allende fue mucho mejor mártir que Presidente de la República. Sin duda fue un demócrata convencido y un republicano ejemplar, pero a la hora de dirigir la revolución con empanadas y vino tinto, Allende simplemente perdió el control. De acuerdo, era una tarea difícil. Pero la inmolación final de Allende refleja tanto su consecuencia histórica como un reconocimiento implícito del fracaso de su gobierno.

 

Mucho hemos escuchado también a apologistas de la dictadura que ahora insisten en haber desconocido las violaciones a los derechos humanos cometidas sistemáticamente durante el gobierno militar. Evitando pedir perdón por el dolor que contribuyeron a causar y por la impunidad que activa o pasivamente defendieron, muchos derechistas que ahora reclaman contra un esfuerzo por re-escribir la historia se dedicaron activamente a eliminar no sólo una parte de la historia sino también a muchos de sus actores. No faltan tampoco los que, habiendo compartido el sentimiento generalizado de querer que el caos y el desorden que experimentaba el país durante la UP se acabara pronto, intentan defenderse de la acusación de golpistas. Haber apoyado, aceptado o incluso celebrado el golpe militar no lo hace a uno cómplice de los horrores cometidos por la dictadura o del legado autoritario que no nos permite convertirnos en una democracia en serio, consolidada y sin tutelajes.

 

Ahora que ya pasó el 11, y los espíritus vuelven a calmarse, es hora de recordar lo verdaderamente importante. It’s the plebiscite, stupid, dan ganas de decirle a algunos líderes izquierdistas que parecían colegiales saliendo desesperadamente al patio a disfrutar unos minutos de recreo reivindicativo del idealismo revolucionario. Fue el plebiscito de 1988 el que consolidó el acuerdo político entre el centro y la izquierda que permitieron dejar atrás la memoria de la dictadura y construir un país más justo, igualitario y democrático. El 5 de octubre de 1988 es una fecha que unió a los demócratas, una ocasión de júbilo, de reencuentro y de refundación. Si el 11 de septiembre se puso fin a un periodo doloroso, el 5 de octubre se inició una nueva etapa que, pese a los inevitables errores, pasará a la historia como uno de los más luminosos periodos en la historia de Chile.

 

Es cierto que seguramente ahora se realizarán eventos para conmemorar el 5 de octubre. Pero, colocado en un tránsito histórico, el gobierno de Lagos optó por darle más importancia al 11 de septiembre. Privilegiando un homenaje a un pasado doloroso más que la celebración de una fecha que hasta el día de hoy tiene sentido de futuro y optimismo, el gobierno perdió una oportunidad histórica para consolidar la identidad de la Concertación por sobre la identidad de los partidos de centro e izquierda que la hicieron nacer. Es cierto que para la generación que hoy acompaña al presidente en La Moneda, aquellos que estaban prontos a cumplir 30 años para 1973, el recuerdo de ese momento doloroso pesa mucho más que el júbilo del fin de la dictadura del 5 de octubre. Pero esa generación que se acaba de entusiasmar con la reivindicación simbólica de Allende debió haber privilegiado una visión de futuro. El mensaje de despedida del propio Salvador Allende, que llamó a otros hombres a abrir las grandes alamedas de la libertad, así lo demandaba.