Vicepresidentes

Patricio Navia

Revista Capital #115, agosto 29, 2003

 

Copiando el exitoso modelo estadounidense, varios países latinoamericanos han creado la figura de vicepresidente de la república. Pero demostrando que la misma talla no funciona para todos los tamaños, la institución vicepresidencial en América Latina no ha tenido la misma utilidad que en Estados Unidos. Como constitucionalmente no tienen mucho que hacer, los vicepresidentes a menudo se dedican a complotar. Como los opositores al primer mandatario a menudo se tientan a participar de los complots, aquel con la primera opción para sucederlo a menudo se transforma en la principal amenaza contra la estabilidad del presidente. Mientras en Estados Unidos sirve para fortalecer la Casa Blanca, la existencia de vicepresidentes ha tendido a agravar la crisis de gobernabilidad que experimentan muchos países latinoamericanos.

 

Los ejemplos abundan. Si bien es cierto las divergencias entre el reformista y nacionalista presidente Néstor Kirchner y el conservador vicepresidente Daniel Scioli son menores a las experimentadas por Fernando de la Rúa y su renunciado vicepresidente Carlos Álvarez, su manifestación evidencia que hay algo malo en el diseño institucional que convierte a la vicepresidencia en foco de tensión permanente para Argentina. La enemistad que surgió entre Carlos Menem y Eduardo Duhalde después que este último renunció a la vicepresidencia y se convirtió en gobernador de Buenos Aires a comienzos de los 90 ha marcado la política argentina hasta el día de hoy. No es infrecuente que en otros países de América Latina los presidentes y sus vicepresidentes desarrollen enemistades profundas que terminan por convertirlos en acérrimos enemigos políticos.

 

En Chile, las constituciones que han regido el orden institucional desde 1833 no han incorporado la figura de un vicepresidente electo. Su ausencia ha contribuido a fortalecer la figura presidencial y ha reducido las intrigas de palacio que genera la existencia de un presidente-en-espera sin muchas obligaciones que cumplir pero con mucho tiempo para conspirar. Es cierto que la ausencia de la figura vicepresidencial en Chile es solo parcial. Cuando el primer mandatario se ausenta del país, el Ministro del Interior asume temporalmente el papel de vicepresidente. Comenzando con el retorno de la democracia, el hombre que ostenta el récord de haber sido vicepresidente más veces es el actual ministro del Interior José Miguel Insulza. Desde su llegada a la Secretaría General de la Presidencia en julio de 1999, Insulza ha sido el ministro político que más tiempo ha permanecido en la casa de gobierno desde 1990. Habiendo sido nombrado por Frei como vicepresidente durante los últimos meses de su gobierno, Insulza ha ejercido el cargo en múltiples ocasiones durante el mandato de Lagos.  Pero ya que su permanencia en Interior depende de la exclusiva confianza del presidente, el vicepresidente de la república siempre es un hombre cuya lealtad con el primer mandatario es absoluta. La sui generis institución vicepresidencial chilena permite fortalecer la presidencia y la figura del Ministro del Interior sin producir incentivos que desestabilicen la democracia.

 

Es cierto que tenemos otros problemas en el diseño institucional de la presidencia en nuestro país. El que potencialmente más daño puede causar es la falta de coincidencia entre elecciones legislativas y presidenciales. Mientras las elecciones parlamentarias ocurren cada 4 años, las presidenciales ocurren cada 6. Así, aunque parlamentarias y presidenciales coincidirán el 2005, la próxima vez que los chilenos vayamos a las urnas a votar conjuntamente por presidente y legisladores será el 2017. Para ese año, el bicentenario será historia y los nacidos en 1973 cumplirán 44 años. Aunque el mejor momento para corregir ese lamentable error cometido al acortar el periodo presidencial de 8 años en la reforma de 1993 es antes de las presidenciales del 2005, la visión de corto plazo de los parlamentarios de la UDI (que sueñan con un triunfo de Lavín el 2005) y la obcecación del presidente Lagos de lograr una reforma amplia a la Constitución, hacen cada vez más probable que esta necesaria reforma quede sin ser aprobada.  Pero en lo que respecta a la ausencia de vicepresidentes en nuestro diseño institucional, Chile ha acertado en no copiar una institución que está ampliamente difundida en América Latina pero cuya contribución a la consolidación democrática deja mucho que desear.