El imprescindible

Patricio Navia

Capital #109, junio 6, 2003

Desde que Pinochet intentara convencernos de la falsa dicotomía ‘yo o el caos’, ningún político chileno se había atrevido a definirse como indispensable para el buen funcionamiento del país. Pero en entrevistas recientes, el presidente de la UDI Pablo Longueira ha coqueteado con la idea de ser un líder imprescindible. Longueira nos recuerda que él muchas veces ha querido retirarse de la política, pero no lo dejan.

Los sospechosos de obligar a Longueira a seguir en la política no son muchos. Sabemos que su copiloto de la Alianza por Chile, Sebastián Piñera no lo tiene en su lista de amigos personales. Longueira no está entre las personas más queridas de RN. Por su parte, el presidente Lagos ve en Longueira solo a un buen negociador. Ambos políticos se necesitan y han sabido potenciarse mutuamente. A pesar de esporádicas estocadas mutuas, la dupla Insulza-Longueira ha permitido la coordinación necesaria para sacar al país del estancamiento anímico en que cayó con las revelaciones de los sobresueldos hace 9 meses. ¿Quiénes entonces obligan a Longueira a tener que seguir en este sucio negocio de la política? ¿Los electores? ¿La UDI? ¿Joaquín Lavín? ¿Los poderes fácticos?

En 1989, Longueira llegó a la Cámara con el 25,8% de los votos del distrito 30 (San Bernardo y alrededores). El DC Andrés Aylwin obtuvo 55,8%, más del doble, pero Longueira se salvo de quedar fuera. En 1993, Longueira subió a un 31,9%, pero Aylwin lo volvió a derrotar (46,2%). En 1997, Longueira obtuvo 40,5%. La Alianza derrotó ese año a la Concertación por 45,5% a 38,5%. En 8 años Longueira había dado vuelta las preferencias en San Bernardo. El 2001, Longueira se cambió de distrito, logrando el 40,6% de los votos en el distrito 17 (Huechuraba, Conchalí y Renca). Aunque la Concertación obtuvo más votos (49,6%), la presencia de Longueira hizo que la derecha subiera un 70%. Pero los electores no tienen mucho que decir a la hora de votar. El sistema binominal, que casi garantiza un escaño a la Concertación y otro a la Alianza, convierte a los electores en jueces de un concurso de belleza (todos sabemos que el asunto lo deciden otros). Difícilmente podrían los electores tener algún peso en la cabeza de un diputado que defiende a brazo partido el oligopolio del sistema binominal.

La UDI tampoco necesita a Longueira. Desde Jovino Novoa hasta Hernán Larraín, pasando por Carlos Bombal y los nuevos alcaldes, los jerarcas de la UDI respetan, pero no admiran, a este combativo operador que se lanzó al estrellato acarreando pobladores para abortar el proyecto de unidad de la derecha en la frustrada RN de comienzos de 1988. Los partidos políticos conocen bien la máxima que todos los militantes son prescindibles. Y como bien señala un reciente éxito hollywoodense, lo único que quieren aquellos con poder es más poder. Longueira necesita más a la UDI que la UDI a Longueira.

Joaquín Lavín si necesita a Longueira. Mientras el popular alcalde gobierna con dificultad Santiago, se esmera por no participar en la coyuntura política. Esa actitud le ahorra dolores de cabeza pero también despierta sospechas sobre su liderazgo y su capacidad de tomar decisiones difíciles. El país no aguanta un nuevo periodo con un presidente que no se atreve a zanjar debates complicados. Longueira tiene el liderazgo que le correspondería a Lavín. Pero Chile no puede repetir en pleno siglo XXI una experiencia con un nuevo Diego Portales. Los poderes fácticos también necesitan a Longueira. Mientras haya un duro al mando de la UDI, ningún poder fáctico se preocupa por los arrebatos populistas de Lavín. La diferencia entre Lavín y Alejandro Toledo es que el chileno tiene un partido de verdad detrás. Los dos pueden hacer campaña vestidos de indígenas y durmiendo en casas de pobladores, pero Lavín da tranquilidad a los poderes fácticos porque existe un Longueira.

Por más que el presidente UDI muestre síndromes mesiánicos, el país va a subsistir si él se retira de la política. El gran mal que históricamente ha acechado a América Latina ha sido el populismo. Los líderes que se creen imprescindibles para el país y que en su obsesión no se abstienen de debilitar las instituciones le han hecho más daño a América Latina que las guerrillas revolucionarias o los desastres naturales. En declaraciones recientes, el hábil diputado Longueira parece haber caído en la misma tentación de Menem, Alan García, Perón o el propio Ibañez del Campo.