Instituciones que no funcionan

Patricio Navia

Capital, #108, mayo 23, 2003

Todos los presidentes tienen sus frases célebres. Algunas son memorables, otras lamentables. Patricio Aylwin, por ejemplo, quedará ligado para siempre con el "una patria justa y buena para todos" pero también con su lamentable referencia al "mercado cruel." Ricardo Lagos, que partió buscando que sus frases célebres tuvieran que ver con el futuro, la consolidación democrática y la justicia social ("la nación estrella del nuevo milenio", "un país desarrollado para el bicentenario" y "crecer con igualdad"), será acompañado en la historia por el "caiga quien caiga" y "las instituciones funcionan."

Como ya muchos han señalado, la política del caiga quién caiga contribuyó al linchamiento de la prensa en plaza pública a personas que todavía no han sido declaradas culpables. ¿Quién le devuelve después la reputación perdida a las víctimas inocentes de estos escándalos? Ahora bien, la reacción de la prensa habría sido distinta ante un escándalo financiero. Los medios tuvieron mucho más cuidado con el caso Chispas, que involucraba mucho más plata. No cabe duda que es mejor una prensa inquisitiva que una servil al gobierno. Pero una prensa inquisitiva con el gobierno y servil con los poderes fácticos no le hace bien al país. Así y todo, el gobierno contribuyó al espíritu de linchamiento que se apoderó de la sociedad cuando defendió la tesis del caiga quien caiga.

Lo de las instituciones funcionan tampoco ha tenido un final feliz. La frase se ha convertido más en un dogma que en una constatación de la realidad. En todos los países las instituciones funcionan a veces. En las democracias consolidadas tienden a funcionar casi siempre. En aquellas frágiles, funcionan mal. En Chile algunas instituciones funcionan bien casi siempre; otras solo a veces. Pero tenemos instituciones que funcionan lisa y llanamente mal. Estamos orgullosos del Banco Central, de la creciente independencia del Poder Judicial y de la eficiencia de Impuestos Internos. Pero no de nuestro parlamento ni del estado actual de nuestras coaliciones políticas. El ranking de las instituciones que han funcionado sistemáticamente mal en los últimos lo lideran los partidos políticos, seguidos de todas las instituciones donde éstos juegan un rol fundamental.

Irónicamente, en un país preocupado del funcionamiento de las instituciones, muchos celebran la debilidad de los partidos políticos. Pero hay que entender que sin partidos saludables, sólidos y responsables, la democracia no funciona. Incluso en países donde se privilegia la relación personal de los candidatos con el electorado—como Inglaterra y Estados Unidos, con sistemas electorales uninominales—la identidad partidaria y el sistema de partidos son fuertes. Pero en Chile, el sistema de partidos está en crisis y eso significa que la salud de la democracia está seriamente amenazada.

Se necesita un líder capaz de convocar a la elite política a abordar el problema de legitimidad y eficiencia de los partidos. Mientras Joaquín Lavín, el líder natural de la derecha, peligrosamente siga coqueteando con la idea de gobernar sin partidos—descalificando a los políticos, en circunstancias que él tiene el récord nacional de candidaturas desde 1989—el único que podrá poner el tema en la discusión pública es el presidente Lagos.

Aunque parezca poco popular, Lagos debiera hacerse cargo de la crisis de los partidos. Este asunto se ha convertido en una necesidad de estado. Hay ocasiones en que lo importante no es popular. La nominación de los Consejeros del Banco Central tampoco es popular, pero las elites entienden que la autonomía del Central es crucial para la estabilidad económica. Por eso, pese a que la gente no le presta interés, los líderes del país, con la colaboración de los medios de prensa, debaten sobre los candidatos al Central. Hasta la fecha no había ocurrido lo mismo con la salud de los partidos políticos. Solo con los escándalos recientes, las elites comienzan a entender que la fortaleza del sistema de partidos es crucial para la estabilidad política. Sin estabilidad política, no hay estabilidad macroeconómica que se sostenga. Por eso se necesita que desde La Moneda se aborde de frente el problema. Mientras los partidos políticos no funcionen bien y no cumplan su misión de representar diferentes sectores y articular diferentes visiones de la sociedad en el parlamento y el gobierno, no podremos decir confiadamente en Chile que las instituciones funcionan.