La última piedra

Patricio Navia

Capital, #107, mayo 9, 2003

 

La primera piedra contra nuestro edificio institucional democrático que hoy se tambalea fue lanzada incluso antes de su inauguración oficial en marzo de 1990. Mientras algunos argumentaron que la dictadura impuso un orden institucional que cargaba la balanza a su favor, otros sugirieron que la Concertación legitimó una transición fundada en las negociaciones secretas y la impunidad. Pero los escándalos recientes, la falta de credibilidad de la clase política y los enlodamientos personales llevan inevitablemente a preocuparnos más de quién será el que tire la última piedra.  

 

Nuestra institucionalidad no está preparada para resistir una sacudida de esta intensidad. Por más que digamos que las instituciones son autónomas y funcionan, todos sabemos que la institucionalidad siempre ha estado supeditada a acuerdos de elites, negociaciones a puertas cerradas y defensa de los intereses cruzados de empresarios, políticos, dueños de medios de prensa, lobbistas, militares, centros de estudios que defienden intereses sectoriales y líderes religiosos. La historia de nuestra transición esta repleta de cónclaves secretos que harían temblar a cualquier defensor de la probidad y la separación de poderes. Solo aquellos políticos que pesan menos que un paquete de cabritas no han deliberado con algún poder de estado en alguna cena en el sector oriente de la capital.

 

Tal vez sea hora de sincerar la política y ampliar la transparencia a la relación entre el dinero y la política mucho más allá del mero financiamiento de las campañas. Pero debemos estar conscientes que en esa sacudida se puede derrumbar para siempre una forma de hacer política que, pese a sus diferencias, nunca intentaron alterar ni Allende, ni Pinochet ni la Concertación. Cuando la política se convierte en un reality show donde todo vale, inevitablemente terminarán sentados en el banquillo de los acusados aquellos que cruzan varias veces al día la delgada línea que separa los ámbitos empresariales, políticos, religiosos y de medios de comunicación. Incluso cuando se sientan amenazados e intenten controlar a la enloquecida turba que busque nuevas víctimas, ni siquiera los medios de prensa podrán evitar ser víctimas en esta caza de brujas que recién comienza.  

 

Siempre se sabe donde empieza la casa de brujas, nunca donde termina. Así como vamos, no resulta difícil especular que la última piedra que termine por destruir nuestro edificio institucional la lance alguien como Eduardo Bonvallet, que busque la presidencia liderando un movimiento populista, apropiándose de símbolos similares a los de Hugo Chávez (Bonvallet ya habla como el venezolano). La imagen que acompañará a nuestro candidato populista no será Simón Bolívar sino Diego Portales o cualquier prócer cuya imagen sea útil para la obsesión mesiánica.  

 

Es cierto que Lavín coqueteó con el populismo en su campaña presidencial cuando pasó la noche en poblaciones y potenció un mensaje de ‘cosismo’ que en cualquier otro país sería definido como populismo por una prensa medianamente inquisitiva. Pero en Chile, la voluntad investigativa de una buena parte de la prensa funciona sólo para cuestionar al gobierno y a la Concertación. Pero Lavín sólo se aventuró tímidamente a explorar un sendero que lleva al peor mal que acosa a América Latina. Así como van las cosas, no faltará aquel que se vaya a vivir a las poblaciones y haga campaña contra los políticos, el empresariado y hasta los medios de prensa. Toda la clase política será culpable y los medios de prensa y empresarios serán cómplices. La opinión pública, sedienta de sangre e hirviendo de malestar, no diferenciará entre izquierda y derecha.

 

Nuestro edificio institucional no es perfecto. Es más, ciertas salientes características han contribuido a debilitarlo. El sistema electoral consagra un oligopolio donde la Concertación se queda con un escaño y la derecha con otro, reduciendo la competencia a un mero concurso de popularidad al interior de cada bando. Pero más que destruirlo para construir uno nuevo, valdría la pena enfriar las cabezas y ver cómo arreglarlo. Ya es hora que nuestra elite dirigente se de cuenta que vamos por el mismo sendero de polarización que culminó en el quiebre democrático de 1973. Un país que comete los mismos errores cada tres décadas jamás podrá integrarse al club de países desarrollados que gozan de estabilidad democrática y de instituciones legítimas y sólidas.