Amenaza populista

Patricio Navia

Revista Capital, abril 25, 2003

 

No es por ser alarmista, pero el sistema democrático chileno está enfermo. Sin que exista el peligro inmediato, Chile está más cerca de convertirse en una nueva Venezuela que en ser como las democracias consolidadas de Europa. Los síntomas abundan. El estancamiento económico ha producido un profundo descontento y malestar. El gobierno está paralizado y la oposición recién ahora empieza a querer hacer un trabajo constructivo. Después de profetizar con entusiasmo que no iba a ocurrir nada el 2002, Pablo Longueira entiende que si no colabora activamente con el gobierno, Lavín va a ser candidato presidencial el 2005 en un país en crisis y deprimido. Pero el principal síntoma de la enfermedad de nuestro sistema democrático radica en la debilidad y poca legitimidad de los partidos políticos.

 

Los partidos son parte fundamental de la democracia. Sin ellos, la democracia no funciona. Es cierto que la democracia tampoco funciona cuando los partidos se constituyen en un oligopolio político (un escaño para ti, uno para mi, como el sistema binominal.) Pero sin partidos políticos fuertes y responsables a la voluntad de sus mandantes y del electorado, el populismo es inevitable. Inicialmente utilizado para líderes como Juan Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil y Lázaro Cárdenas en México, los populistas marcaron la tendencia en América Latina hasta la Revolución Cubana. Cuando fueron reemplazados por dictaduras, los populistas no desaparecieron, sólo se retiraron a esperar una nueva oportunidad.

 

Mucha gente entiende diferentes cosas por ‘populismo’. Mientras los economistas lo asocian con políticas macroeconómicas (outputs), los cientistas políticos lo relacionan con el estilo de gobierno y de hacer campaña (inputs). Un economista dirá que Alan García (1985-1990) y Raúl Alfonsín (1983-1989) fueron populistas por las políticas macroeconómicas adoptadas, pero un cientistas político tendería a pensar que Alberto Fujimori fue el más populista de todos. Al asumir el poder, Fujimori renegó de sus promesas de campaña y adoptó las políticas económicas que defendía su rival. Para definir mejor el concepto, sugiero que los populistas privilegian los liderazgos personales en desmedro del fortalecimiento de las instituciones. Con ese criterio, Fujimori, García  y  Menem fueron populistas. Lo de Alfonsín fue mal manejo económico y punto. Privilegiar el liderazgo personal sobre el institucional se ve mejor ejemplificado en la relación de los políticos con el sistema de partidos. Aquellos líderes que contribuyen a debilitar el sistema de partidos son, consciente o inconscientemente, aliados del populismo.

 

En el Chile dictatorial hubo un esfuerzo por prescindir de los partidos políticos, pero no de los políticos. Aunque hizo campaña sistemática contra los ‘señores políticos,’ Pinochet resultó ser el mejor político chileno de las últimas décadas. Pero pese a ser un gran político, Pinochet nunca privilegió los partidos políticos. Éstos se reorganizaron exitosamente, pese a Pinochet, poco antes de la transición. Desde la UDI al PC, los partidos políticos florecieron durante la pasada década. No obstante, en parte por problemas de diseño institucional (falta de marco para transparentar el financiamiento de la política) y en parte por falta de renovación de los propios partidos (incapaces de ajustarse a la nueva realidad social y económica), el sistema de partidos chileno entró en crisis. Para todos los efectos prácticos, el PRSD ha dejado de existir. El PPD vive la peor crisis de su historia. El PS está más agotado de lo que sus 70 años de historia podrían indicar. La DC se está mirando el ombligo más que buscando formas de reencantar a la población. RN es un partido atendido por su propio dueño. Aunque la UDI muestra disciplina y coherencia interna, hay tan poca democracia al interior del gremialismo como en el PC.

 

Con partidos políticos débiles y sin legitimidad popular, nuestro sistema democrático depende cada día más de liderazgos personales. Aunque muchos desconfían de los partidos por buenos motivos, privilegiar los liderazgos personales es un caldo de cultivo para el populismo. Lo que el país necesita con urgencia es un diseño institucional coherente que consolide y fortalezca partidos políticos serios, responsables y que funcionen bien. Sólo así podremos acercarnos más a las democracias consolidadas del primer mundo y alejar definitivamente el fantasma del populismo que asola hoy a América Latina.