Francisco Vidal Salinas, el gritón

Patricio Navia

Revista Capital, #103, marzo 14, 2003

 

Si Chile fuera Estados Unidos, Francisco Vidal Salinas sería uno de esos políticos demócratas negros que cuando hablan parecen estar predicando. Cuando conversa, Vidal se entusiasma como si estuviera en un púlpito en Chicago Southside. A diferencia de los discursos académicos del presidente Lagos, de las cuñas para la televisión de Lavín o de las prolongadas elocuciones decimonónicas de los parlamentarios, Vidal parece ser el predicador evangélico del actual gobierno. 

 

De todos los que han ocupado esa cartera, Vidal es el más gritón. El contraste con Heraldo Muñoz no podía ser más dramático. Pese a que ambos son PPD, Muñoz es un académico especialista en temas internacionales. Su impresionante red global de contactos y acabado manejo de la diplomacia no siempre funcionaron bien a la hora de asumir la vocería de gobierno. Vidal en cambio es un hombre de trinchera. Su inexperiencia académica y poca trayectoria intelectual le cerraron las puertas al círculo de pensantes y estrategas en el think tank-sede de campaña de Lagos. Vidal solo tuvo cupo como soldado raso encargado de trabajo en terreno. Con el sudor de su frente fue ganándose la confianza de Lagos. Sin el pedigrí de haber sido exiliado ni de haber sido de los jóvenes iluminados de Allende, Vidal nunca logró entrar al grupo de los barones de Chile 21. Por eso, Vidal no estuvo entre los ministros del primer gabinete de Lagos. Pero el presidente no olvidó a este profesor secundario que inició en la derecha democrática. Al nombrarlo Subsecretario de Desarrollo Regional, Lagos lo premió por lo que sabía hacer bien, trabajo de terreno.

 

En su desempeño en el cargo, Pancho Vidal se convirtió en el más conocido de todos los subsecretarios al ser atacado por el dúo dinámico de la antipatía política, los dos políticos que se disputan el puesto de ‘político más impopular del país’, Pablo Longueira y Adolfo Zaldívar. Primero fue el presidente de la UDI que las emprendió visceralmente contra Vidal por la forma en que éste manejaba los recursos de su subsecretaría. Longueira incluso forzó al PS a convertirse en acérrimo defensor de este socialdemócrata con visos liberales que en cualquier país estaría más cerca de la derecha liberal que de los nostálgicos de Marx.

 

Pero fue Adolfo Zaldívar quien confirmó su estrellato. Después que la DC abortara la negociación Insulza-Longueira por la llamada Ley de Rentas Municipales II, Zaldívar puso sus ojos en la SUBDERE. Después de doblarle la mano al presidente Lagos y congelar el proyecto, argumentando la defensa de una mítica clase media de ingresos superiores al millón de pesos (cuando el sueldo promedio de los hogares chilenos es 570 mil y el sueldo medio es de 350 mil pesos), Zaldívar logró desembarcar uno de sus hombres en la subsecretaría de Vidal. Pero antes de una semana, Vidal, demostrando osadía política, lo echó.

 

En el último cambio, más que echar a Vidal, Zaldívar quería a uno de los suyos en la SUBDERE. Al final el presidente sacó a Vidal, pero lo puso como vocero del gobierno. Esa tarea es particularmente difícil en un gobierno cuyo presidente habla en demasía con la prensa. Aunque Muñoz había logrado adecuarse al locuaz presidente, su salida estuvo determinada por el desgaste natural de ese complicado puesto y por la no siempre armoniosa relación que se desarrolla entre los ministros políticos de La Moneda.

 

Vidal, al haber sido subordinado de Insulza, no debería tener los mismos roces. Ahí hay un punto a su favor. Pero Vidal no tiene la cercanía con Lagos que tenía Muñoz. Acoplarse al estilo sobre-comunicador del presidente no será fácil. Pero sobre todo, el gran desafío de Vidal es demostrar que puede hacer bien un trabajo distinto al de distribuidor eficiente de platas fiscales a las regiones. En SeGeGob los desafíos son más complejos, más difíciles y más públicos. Mientras los errores en la SUBDERE pasan desapercibidos, aquellos en la vocería son el comidillo de la clase política. En ese sentido, Vidal puede caer víctima de su propio éxito. Si llegó tan alto fue por saber aprovechar bien la publicidad generada por sus encontrones con Longueira y Muñoz más que por hacer bien su pega como SUBDERE (¿se sabe de algún SUBDERE que haya hecho mal su pega?). Ahora tendrá que demostrar que puede trabajar en equipo y ser también un comunicador capaz de entender que más que brillar él, debe buscar resaltar los logros del gobierno, minimizar los errores y asegurarse que sea La Moneda la que siempre maneja la agenda política nacional.