La trampa de la pobreza y la felicidad

Patricio Navia

Revista Capital #102, febrero 28, 2003

 

En el último encuentro El Chile que Viene (II) de Expansiva/Harvard/CEP en el Valle Nevado a fines de enero, el grado de felicidad que experimentan los chilenos se convirtió en tema central de discusión. Después que varias presentaciones subrayaran que la satisfacción y felicidad de las personas resultaba de consideraciones más complejas que su nivel de ingresos, los invitados al encuentro discutieron con entusiasmo sobre las características que hacen de la nuestra una sociedad aparentemente poco feliz.

 

Varios de los presentes hablaron de características culturales determinantes. Otros enfatizaron la débil sociedad civil, los persistentes niveles de desigualdad y la reciente crisis económica como variables explicativas. No pocos insistieron que Brasil, pese a sufrir problemas similares, aparentemente muestra niveles de felicidad bastante superiores. No faltó quien señaló que organizar este encuentro en un centro de esquí en pleno verano era evidencia de que a los chilenos nos gustaba sufrir. Pero los organizadores correctamente señalaron que se buscaba aislar a los participantes para obligarlos a oír todas las ponencias.

 

Al discutir sobre la desigualdad de ingresos, Benito Beranda, del Hogar de Cristo, hizo mención a un estudio reciente de MIDEPLAN sobre el tema. “Dinámica de la pobreza. Resultados de la encuesta panel 1996-2001” (diciembre 2002) ayuda a aclarar algunas dudas sobre la distribución de la riqueza y la movilidad social en Chile. Utilizando datos de encuestas panel (realizadas a las mismas familias) de 1996 y 2001, el estudio concluye que en Chile los niveles de movilidad social (“rotación de la pobreza” en palabras de MIDEPLAN) son bastante altos.

 

En 1996, el 4,8% de los chilenos vivía en la indigencia. Pero sólo 1 de cada cinco de esos hogares se mantenía todavía en la indigencia el 2001. Dos de cada 5 hogares estaban ahora clasificados como pobres no indigentes, y los otros dos estaban por sobre el nivel de pobreza. No obstante, el total de hogares indigentes a nivel nacional había disminuido sólo al 4,3%. Lo que significa que un porcentaje de los hogares pobres (1 de cada 10) y no pobres (1 de cada 40) de 1996 habían caído a niveles de indigencia el 2001.  De hecho, sólo el 23,9% de los hogares indigentes el 2001 también lo habían sido en 1996. Por su parte, el 2,2% de los hogares no pobres el 2001 había estado en la indigencia en 1996. Como señala MIDEPLAN, “el 76,1% de los hogares indigentes en el 2001 lo componen hogares que en 1996 se encontraban sobre la línea de la indigencia.” Esto es, existe bastante movilidad social entre los sectores de menores ingresos.

 

Pero la movilidad social no alcanza a todos. Aunque existe ‘rotación de la pobreza’ en los estratos más bajos, Chile también es víctima de la trampa de la pobreza. Hay demasiados hogares en condiciones económicas tan precarias que son vulnerables a volver a caer en la pobreza e incluso en la indigencia. Pero los hogares que escapan esa trampa de la pobreza se pueden sentir relativamente seguros de no volver a tener que vivir en esa condición. El 81% de los hogares que en 1996 percibían ingresos superiores a 3 canastas de satisfacción de necesidades básicas, mantuvieron niveles de ingresos similares el 2001. Sólo el 1,7% de los hogares que en 1996 percibía ingresos de más de 3 canastas terminó percibiendo una canasta o menos el 2001.

 

Por su parte, sólo el 10,6% de los hogares que percibía menos de una canasta en 1996 estaba percibiendo más de 3 canastas el 2001. Uno de cada cinco hogares que percibía el equivalente de una canasta de ingresos terminó percibiendo más de tres canastas el 2001. Pero ese aumento responde un mejoramiento de la calidad de vida de todos los chilenos, ya que más de la mitad de las familias lograron mejorar su ingreso entre 1996 y 2001.

 

Las conclusiones evidentes del estudio son dos. Por un lado, un porcentaje muy alto de los chilenos se siente directamente amenazado por el flagelo de la pobreza. Por otro, hay un número no trivial de chilenos que ya se ha salvado de la trampa de la pobreza. Probablemente la mayoría de los asistentes al Valle Nevado estábamos en esa segunda categoría.

 

Tal vez los chilenos estemos cultural o geográficamente determinados a ser menos felices que los brasileños o caribeños, pero supongo que el temor a ser víctima del flagelo de la pobreza en nada ayuda a millones de chilenos en su búsqueda de felicidad personal.