La meritocracia

Patricio Navia

Revista Capital, #101, febrero 2003

 

Uno puede entender la existencia de desigualdad. Es más, podemos militantemente defenderla. Hay gente que trabaja más que otra y al final eso rinde frutos. Si en mis ratos libres escribo columnas para una revista mientras mis amigos se van a la playa, nadie debería reclamar porque me llegue un cheque extra cada mes. La desigualdad en el ingreso y la riqueza existe también porque los que poseen más y mejores habilidades que sus pares son lógicamente recompensados. Si una gerente logra mejores resultados que otros, una empresa actúa inteligentemente si le sube el sueldo para evitar que emigre. Aunque algunos idealmente se entusiasmen con la idea de un estado que distribuya a cada quién de acuerdo a sus necesidades, lo cierto es que al existir una relación directa entre la productividad, creatividad y el ingreso personal, la sociedad entera se beneficia.

 

Pero cuando una sociedad de desiguales es también una sociedad donde no existe movilidad social, los principios éticos que justifican la desigualdad y los criterios de eficiencia sobre la qué esta logra legitimidad se ven seriamente cuestionados. Los recientes resultados de las PAA confirman un patrón identificado ya hace varios años. Los niños que asisten a escuelas privadas tienen mejores puntajes que los de colegios particulares subvencionados. En último lugar están los que asisten a escuelas municipales. Pese a que hay excepcionales adolescentes talentosos en colegios municipales, la educación chilena es en general casi tan determinista como la de los peores estados autoritarios detrás de la cortina de hierro soviética. Si a una niña le tocó escuela municipal, sus probabilidades de éxito en la vida son reducidas. Si en cambio le tocó colegio privado, le irá mejor. Los méritos personales poco cuentan cuando las expectativas de ingreso personal están determinadas por el hogar en que uno nació más que por los talentos personales o el esfuerzo individual.

 

Los defensores del Chile de Ñuñoa de las décadas del 40 y 50 enfatizan la existencia de una clase media que a costa de esfuerzo y trabajo lograba escalar posiciones hasta ingresar a la elite gobernante y poderosa del país. Hay cientos de historias de jóvenes de clase media que después de estudiar en instituciones públicas básicas, secundarias y universitarias lograron convertirse en empresarios, doctores, abogados, senadores, ministros y presidentes. Ñuñoa era el equivalente nacional al sueño americano. Pero los apologistas del Chile de antes olvidan que la vía de movilidad social hacia arriba de Ñuñoa estaba congestionada y dejaba mucha gente afuera. Chile tenía solo un Ñuñoa. El resto de la clase media (esto es, los chilenos que están sobre el nivel de la pobreza pero que no entran en el 20% de más ingreso) miraba las bondades del estado benefactor desde fuera. Es más, aunque no hay acuciosos estudios sobre la pobreza en los 40 y 50, lo más probable es que los ñuñoinos se ubicaban ya en el quintil de más altos ingresos. Así, el estado benefactor solo alcanzaba para un reducido segmento cuyo estándar de vida era ya bastante superior al de la mayoría de los chilenos. 

 

El nuevo Chile, hijo de la dictadura pinochetista e hijastro de los gobiernos de la Concertación, no tiene el mismo estado benefactor. Después que la dictadura es esmeró en reducir el tamaño del estado (no de las Fuerzas Armadas), la Concertación concentró sus esfuerzos la década de los 90 en reducir la pobreza y empujar más chilenos a esa mítica clase media con la que la mayoría del país soñaba. La Florida, Puente Alto y Maipú reemplazaron a Ñuñoa en el imaginario colectivo como las zonas residenciales de clase media. Pero el mayor cambio fue la reducción del papel del estado como agente facilitador de la movilidad social en el país. Así, este Chile post Pinochet que se acerca a la madurez se caracteriza por ser una sociedad de desiguales donde existen pocas posibilidades que aquellos que nacieron dentro de los quintiles de menos ingresos puedan a través de sus méritos y esfuerzo escalar posiciones en la sociedad.

 

Mucho más que hablar y promover políticas que contribuyan a disminuir los niveles actuales de desigualdad en el ingreso, tal vez valdría la pena comenzar a explorar posibilidades para promover mecanismos que permitan la movilidad social y promuevan la meritocracia de tal forma que los chilenos puedan ser efectivamente forjadores de sus propios destinos individuales.