Concertación por rendición

Patricio Navia

Capital, diciembre 6, 2002

 

Resulta incomprensible la facilidad con que los propios concertacionistas parecen dispuestos a supeditar su futuro a los intereses de sus propios partidos.

 

De acuerdo, nadie parece muy interesado en cuidar a la Concertación. En La Moneda siempre estuvieron convencidos que mientras la popularidad del presidente siguiera alta, la Concertación seguiría existiendo. Pero mientras el presidente siga más interesado en su propia popularidad que en el futuro de la coalición de partidos que le permitió llegar a La Moneda, nadie se debería sorprender que la Concertación termine balcanizándose. Pero en gran medida la decisión de Lagos de olvidarse de la coalición de gobierno responde a lo difícil que ha resultado gobernarla. Los partidos son imposibles de manejar y a diferencia de antes, la coalición de gobierno no tiene ni candidato presidencial ni forma clara de escogerlo.

 

Acostumbrado a ser un partido de oposición que recibe los beneficios de estar en el gobierno y seducidos por la inmediatez de la denuncia por televisión, el PPD se olvidó de construir un partido político de verdad. Ahora, después de la crisis, los ministros PPD tendrán que ir a conocer las sedes comunales y la mesa directiva deberá producir una plataforma de principios y creencias que identifique a sus díscolos y autónomos militantes. El PS está lleno de descontentos militantes que producen cartas y documentos expresando su molestia con el rumbo escogido por el gobierno. Aunque a la hora de contar votos, el PS siempre cierra filas con el presidente que intenta ocultar su identidad socialista, ese partido añora estar en la oposición. 

 

Pero el verdadero responsable de la crisis terminal de la Concertación es el PDC. Después de haberla inventado y haberla hecho viable, el PDC ahora parece solo buscar matarla. Desde comienzos de los 90, los presidentes del PDC no fueron capaces de manejar la máquina y eventualmente el ánimo de la militancia se fue al suelo. La vergonzosa derrota de Andrés Zaldívar en las primarias de 1999 y el indefinible error en la inscripción para las parlamentarias del 2001 fueron más dramáticos, pero igualmente dolorosos que la derrota de diciembre pasado. Al asumir la presidencia, la mejor forma de reposicionar al partido que encontró Adolfo Zaldívar fue debilitando a la Concertación. De acuerdo, la Concertación no puede existir sin una DC fuerte, pero una DC fuerte sin Concertación es volver a la patria joven, la revolución en libertad y el tercer lugar de Tomic en 1970.

 

Zaldívar es primero y antes que nada DC. Aunque entiende que sin Concertación su proyecto de relanzar a la DC no funciona, el colorín es profundamente anti-izquierdista. En su esfuerzo por devolver la identidad al partido y la motivación a sus militantes, el senador divorciado opuesto al divorcio cree que puede ser concertacionista oponiéndose a la Concertación. Al diferenciarse de la izquierda, Zaldívar entusiasma a militantes pero no gana electores de Lavín. Al debilitar al PPD y al PS, fortalece a la DC, pero auyenta a los izquierdistas. Incapaz de captar electores de centro y perdiendo simpatizantes de izquierda, Zaldívar va por el sendero de Jospin. Al final del día, Zaldívar podrá lograr la rendición incondicional del PS y el PPD y controlar a la Concertación. Pero ésta no será sino una débil coalición electoral sin cohesión interna ni programa, incapaz de dar garantías de gobernabilidad al país. Lo que es peor para él, el colorín no se podrá imponer como candidato. Zaldívar será el Longueira de Alvear. Pero para ganar, Alvear tendrá que intentar reconstruir la Concertación que hoy Adolfo se esmera en destruir. 

 

El origen del liderazgo de Zaldívar se explica por la pésima gestión de sus antecesores. Sin Zaldívar, la DC se habría terminado de morir pronto. Pero la estrategia escogida por el salvavidas de la DC precisa matar a la Concertación para salvar al partido. Para el 2005, Zaldívar buscará una Concertación por rendición de la izquierda. De lograrlo, será un acuerdo electoral similar al de 1964, donde ahora la izquierda se debería abstener para evitar el triunfo de Lavín. Si le funciona, el colorín cantará victoria, pero su partido volverá a caer en el mismo error de Frei Montalva, abogará por la vía propia y desconocerá la necesidad de gobernar en coalición y construir alianzas. Si no le funciona, Zaldívar será responsable tanto de haber apretado el gatillo que mató a la Concertación como de la desaparición de su propio partido.