Inscripción automática

Patricio Navia

Capital, #97, noviembre 22, 2002

 

Es un mito eso de que la votación es obligatoria pero la inscripción es voluntaria. La Constitución establece que el sufragio es obligatorio. De acuerdo, en la práctica, muchos optan por no inscribirse en el padrón, pero eso ocurre a través de un resquicio legal, con la complicidad del ineficiente servicio electoral. Pero el que haya un altísimo número de chilenos jóvenes no inscritos es evidencia solamente de la falta de rigurosidad de las autoridades para aplicar la ley.

 

Si el gobierno buscara hacer cumplir el precepto constitucional del voto obligatorio con la misma energía con que se asegura que paguemos impuestos, el porcentaje de no inscritos sería mucho más bajo. La responsabilidad ahí es compartida por el SERVEL, gobierno y oposición. Es cosa de ver las páginas web respectivas para cerciorarse que mientras el SII es líder mundial en innovación, el SERVEL sabe menos de Internet que cualquier hacker aficionado. No tiene sentido tener que entrar a una máquina del tiempo que nos lleva a 1950 cuando queremos adquirir nuestra condición de ciudadanos. En un país donde uno puede inscribirse en la universidad el mismo día que empiezan las clases, es insólito que para votar, haya que inscribirse 120 días antes de una elección.

 

Pero aunque urge que el SERVEL entienda que las máquinas de escribir son historia, el gobierno y la oposición también son cómplices del retrógrado sistema. Mientras sigan votando primordialmente las mismas personas que votaron en 1988, hacer campaña recordando la división del Sí-No favorece a la Concertación. Muchos chilenos que votaron en 1988 no votarán nunca por la derecha. Eso le da un piso muy alto a la Concertación. La Alianza, que se entusiasmó recién con la posibilidad de ganar una elección en 1999, tampoco quiere ver nuevos electores en el padrón. Confiados en convencer suficientes adultos como para ganar el 2005, la Alianza teme que la entrada de más de 2 millones de nacidos después de 1970 al universo electoral obligue a abandonar posturas más propias de una dictadura católica y militar que de una democracia del siglo XXI. Desde la ley de divorcio al financiamiento de campañas, desde los derechos de las minorías sexuales hasta la supremacía del poder civil sobre el militar, los chilenos más jóvenes son mucho más tolerante y libertarios que la derecha en el parlamento. Al dejar a los jóvenes afuera, la política chilena se puede mantener artificialmente en el eje Sí-No. Aunque ésta parezca una película del ciclo de cine clásico que una herramienta para abordar los problemas de la sociedad.

 

Para las parlamentarias del 2001, había 8,1 millones de chilenos inscritos. Pero el INE estimaba que había 10,4 millones de mayores de 18 años. Sabemos que la mayoría de los 2,3 millones de no inscritos eran menores de 31 años porque en 1988 se inscribió el 92% de los con edad para votar.  Porque un tercio de los que no se inscribieron en 1988 eran personas de la tercera edad, podemos estimar que muchos de ellos ya había muerto en el 2001.  El número de electores se ha mantenido constante desde 1993 porque se inscribe un número de jóvenes similar al número de adultos inscritos que fallece entre elección y elección. 

 

Los resultados preliminares del Censo del 2002 han corregido las estimaciones de población a la baja. Así, para el 2005 el número de electores debería estar 10,5 (estimaciones preliminares del censo) y 10,9 millones (estimados en 1999.) Si se mantiene la tasa de inscripción, los 8,1 millones de inscritos el 2005 representarán sólo entre el 75 y el 78% de los mayores de 18 años. Y aquellos que no tenían edad para en 1988 representarán sólo el 12% del padrón, pese a ser el 22% de los mayores de 18 años.

 

Uno puede estar en contra de la obligatoriedad del sufragio. Las razones sobran. Pero los que así piensan deberían buscar reformar la constitución, no aprovecharse de un resquicio legal que viola en la forma y en el fondo el mandato constitucional.  Los países serios hacen que sus leyes sean respetadas. Si las leyes no sirven, se derogan. Pero esto de tener preceptos constitucionales ignorados sistemáticamente por los ciudadanos y por las autoridades no habla bien de un país.   En Chile la votación es obligatoria. Pero la ineficiencia del SERVEL, con la complicidad de la Concertación y la Alianza, y la aprobación implícita de un aparato estatal que no hace cumplir la ley, permite que uno de cada cinco chilenos no sea ciudadano.