Q.E.P.P.D.

Patricio Navia

Revista Capital, #96, noviembre 8, 2002

 

Para cuando aparezca esta columna, los chilenos ya van a estar cansados de escuchar sobre los escándalos de corrupción que han afectado a legisladores y ex funcionarios de gobierno de la Concertación. Aunque algunos se apurarán en dar por muerto al PPD o incluso al PRSD, lo cierto es que ambos partidos tendrán amplia oportunidad de reorganizarse y diseñar estrategias para volver a posicionarse ante el electorado. Mal que mal, sabemos que los electores tienden a votar más por los candidatos que por los partidos. Por tanto, aún si el partido tiene mala reputación, los candidatos de los partidos afectados podrán elaborar mensajes que los diferencien de los desprestigiados parlamentarios. Aunque aquellos independientes cercanos a la Concertación que consideraban ser candidatos PPD lo pensarán dos veces, y pese al título de esta columna, el PPD está lejos de desaparecer de la política nacional. Por cierto, una ventaja de tener partidos que no generan lealtades fuertes entre la población es que ante los casos de corrupción no hay demasiados decepcionados porque hay muy pocos militantes comprometidos de ese partido. 

 

El verdadero problema del reciente escándalo tiene más que ver con las debilidades del sistema político que éste dejó en evidencia. Más allá del ambiente donde la credibilidad de varias instituciones ha sido justificadamente cuestionada (iglesia católica, ejército y parlamento), el escándalo de las coimas desnudó la gigantesca amenaza que representa para el sistema democrático chileno la ausencia de un marco regulador adecuado para el financiamiento de la política. No es solo el financiamiento de las campañas lo que está en juego. Aquí se trata de establecer un mecanismo que transparente todo el proceso de financiamiento de los partidos, tanto en tiempo de elección como en época de formación de líderes, reclutamiento de militantes y elaboración de leyes y regulaciones en el parlamento y el gobierno.

 

Desde el retorno de la democracia en 1990, los chilenos hemos evitado abordar el problema del financiamiento de la política. Como una familia que tiene un miembro que se dedica a la prostitución, tráfico de drogas o robos a mano armada, hay evidencia incontestable de la relación carnal que existe entre intereses privados y el financiamiento de todos los partidos, pero hemos preferido hacer como que no vemos nada. Igual que la familia que aprovecha los bienes adquiridos por el pariente criminal con dinero mal habido, en Chile todos sabemos que las campañas políticas se financian con resquicios legales y triquiñuelas contables y que los partidos políticos pasan el sombrero a entidades de gobierno, empresarios y donantes extranjeros con meticulosa regularidad. Pero no hemos hecho nada al respecto.

 

Financiar la política sale caro. Las campañas electorales son cada vez más costosas, los servicios de expertos en marketing, publicidad, estrategias, discursos, mensajes e imagen son cada día más caros y sofisticados. Igual que posicionar una nueva marca, posicionar el nombre de un candidato nuevo requiere una gigantesca inversión de capital.

 

La política no puede ser como el fútbol. El fútbol es un negocio que genera plata y que atrae a personas interesadas en ganar dinero. Cuando pretendemos que los clubes de fútbol sean asociaciones sin fines de lucro, terminamos con gigantescos negociados donde participan, esencialmente, gente que uno no quisiera tener como socio de negocios o como gerente del banco donde están depositados los ahorros familiares. En la política pasa lo mismo, en la medida que nos obstinemos en desconocer la necesidad de financiar los partidos y transparentar todos y cada uno de los gastos de las campañas, los escándalos de corrupción seguirán apareciendo. Y lo que es peor, mientras más sigan aumentando los costos de promover candidatos en las elecciones, los escándalos de corrupción serán mayores.

 

La desregulación de la actividad política ha tenido consecuencias mucho peores que la desregulación en el transporte de Santiago. La contaminación no está solo en el aire que respiramos, pronto estará en todos los trámites públicos que realicemos, en todos los negocios en que nos involucremos, en todas las compras y transacciones que hagamos y en cada acción pública y privada de nuestra cotidianeidad. Seremos, aunque lo neguemos en las encuestas públicas y en nuestros discursos, un país corrupto más de América Latina.