En vez de la miseria

Patricio Navia

Revista Capital, octubre 18, 2002

 

Al iniciar su periodo, el presidente Lagos nos invitó a soñar con ser un país desarrollado para el bicentenario. Algunos desconfiados sugirieron que con una reforma constitucional que redujera el periodo presidencial a 4 años, Lagos podría volver a postularse el 2009 a los 71 años (la misma edad de Aylwin en 1989) y presidir las ceremonias del ingreso de Chile al selecto club. Pero incapacitados de crecer al 7% anual necesario para dar el salto, Chile tendrá que contentarse con seguir en la segunda división mundial por un buen tiempo más. 

 

Hace casi un cuarto de siglo, el entusiasta y polémico ministro de la dictadura, José Piñera, habló de ser un país desarrollado en menos de una década. Después que la idea no funcionó en dictadura y de dos fallidos intentos electorales, Piñera olvido el proyecto e inició una carrera de evangelista internacional de la privatización de los sistemas de pensiones. Pero los agoreros del ingreso de Chile al primer mundo han sido personajes recurrentes en la historia nacional. Ya en 1958, Jorge Ahumada (1916-1963), simpatizante DC y reconocido experto internacional en desarrollo económico, publicó En vez de la miseria, libro donde sugirió que Chile podía superar la extrema pobreza en de diez años.

 

La lectura de este texto publicado hace 44 años es para deprimirse. Ahumada identifica 4 grandes barreras al desarrollo económico chileno: el estancamiento de la agricultura, la inflación endémica, la desigual distribución del ingreso y el centralismo. Cuatro décadas después, de las cuatro barreras hemos eliminado sólo una, la inflación. La reforma agraria se ha tornado irrelevante, pero quedan dos gigantescos obstáculos: la desigualdad y el centralismo.

 

La falta de una estructura de incentivos adecuada para generar competencia interregional por los recursos públicos y por las oportunidades de negocios, y la ausencia de un marco legal que facilite las iniciativas locales de desarrollo siguen siendo desafíos que el país ha sido incapaz de abordar. Ni la división político-administrativa actual, ni el marco legal para el nombramiento de autoridades regionales y locales responde a un diseño razonable. La limitada descentralización que hemos tenido desde 1990 es resultado del esfuerzo por desmantelar la anacrónica estructura corporativista heredada de la dictadura que de un diseño institucional conducente a fomentar y facilitar las iniciativas de desarrollo regional.

 

Pero la desigualdad en la distribución de la riqueza y del ingreso en nuestro país es la barrera más difícil de superar para queremos convertirnos en una nación desarrollada. La advertencia de Ahumada sirve hoy de admonición para la izquierda y la derecha. Mientras la izquierda debiera de una vez por todas dejar de atribuir la desigualdad a las políticas de la Concertación o autoflagelarse por haber sido parte del gobierno en la década más exitosa de la historia nacional, la derecha debiera asumir la necesidad de enfrentar de una vez por todas el problema de la desigualdad. Hablar de combatir la pobreza es una cosa, generar las condiciones para la ampliación y el fortalecimiento de la clase media es otra. Mientras la lucha contra la pobreza se puede confundir con la caridad, el fortalecimiento de la clase media requiere de políticas públicas diseñadas para distribuir la riqueza y ampliar el número de chilenos que tienen acceso al capital y que pueden ahorrar un porcentaje de sus ingresos más allá de lo que imponen en las AFP.

 

Si Ahumada estuviera vivo probablemente sería un concertacionista autocomplaciente. Lo suyo no era quejarse por las metas no logradas, sino proponer ideas para lograrlas. Su llamado a invertir en capital humano e infraestructura, su insistencia en reducir el ya entonces abultado presupuesto militar, y su énfasis en mejorar la productividad son propuestas sensibles y atinadas cuatro décadas después. Hoy deberíamos añadir la necesidad de construir capital social e inversión en tecnología y capacitación más allá de la educación básica y secundaria.

 

De acuerdo, desde la publicación de En vez de la miseria hemos avanzado. La inflación ya dejó de ser un fantasma temible y las dinámicas de urbanización eliminaron la problemática de la reforma agraria. Pero mientras sigamos rehenes del excesivo centralismo y de esta vergonzosa desigualdad, las promesas de llegar a la primera división mundial del desarrollo seguirán siendo sueños imposibles.